José Ignacio Torreblanca - ASALTO EURÓFOBO A LA UE

Asalto eurófobo a la UE
Es recurrente que con cada elección europea los europeístas griten “lobo” y llamen a todos los europeos de bien a salir a defender su proyecto de las huestes eurófobas que se aprestan a darle muerte en las urnas. Pero sea porque el tañer de las campanas finalmente surta efecto y los europeístas se movilicen y ganen en buena lid o bien porque la alarma haya sido exagerada y los eurófobos representen una amenaza mucho menor de la dibujada, los peores augurios nunca se han cumplido.
Lejos de tomar la fortaleza europea, las fuerzas antieuropeas no han logrado hasta la fecha obtener resultados que les permitieran trabajar juntos para bloquear el funcionamiento normal de las instituciones europeas. Fuera por ignorancia respecto a sus posibilidades, desprecio hacia un enemigo que consideran inferior o por pura debilidad numérica y organizativa, en lugar de utilizar sus escaños para demoler Europa desde dentro han utilizado el altavoz mediático y los recursos económicos y organizativos que les proporciona el Parlamento Europeo para reforzar su atractivo electoral en sus estados de origen. Gritar mucho en el pleno, cobrar las dietas por asistencia y volverse a casa lo más pronto posible ha sido su patrón de actuación.
¿Podría esta vez ser diferente? Sin ignorar el hecho de que todas las veces que se grita lobo se suele utilizar el argumento de que esta vez sí es diferente, pensemos en algunos factores relevantes. El primero, el contexto global de crisis de la democracia representativa. En las anteriores elecciones europeas, celebradas en el 2014, el horizonte estaba lleno de nubarrones populistas y eurófobos. Fruto de la crisis económica y financiera que comenzara en el 2008, las fuerzas antiestablishment ya lograron unos buenos resultados, aunque no decisivos. Desde entonces, las democracias liberales y los partidos tradicionales han vivido un auténtico tsunami electoral: desde el referéndum del Brexit en junio de 2016 hasta la elección de Trump, el auge de Marine le Pen en Francia y Alternative für Deutschland en Alemania, la victoria combinada de la Liga Norte y el Movimiento 5 Stelle en Italia y la caída de los gobiernos de Polonia e Hungría en una deriva iliberal, las fuerzas antiestablishment han logrado en algo más de dos años una serie de triunfos muy significativos. Tras la caída de Londres, Roma, Varsovia, Budapest o Viena en manos de fuerzas antieuropeas y/o xenófobas ya no hablamos de “enemigo a las puertas” sino de “enemigo tras las puertas”.
Segundo, como demuestran las elecciones estadounidenses, mexicanas o brasileñas, estamos ante un fenómeno global e interconectado entre sí. Los populistas han hecho diana en las suficientes ocasiones, tienen confianza en sí mismos y disponen de un catálogo de técnicas electorales y de comunicación no por fraudulentas menos efectivas. No es casual que el jefe de la exitosa campaña electoral de Trump y representante de la ultraderecha mediática y política estadounidense, Steve Bannon, se haya personado triunfal en la Roma xenófoba de Salvini y desde ahí haya promovido una fundación con sede en Bruselas (The Movement) que pretende agrupar a todos aquellos que quieren acaban con la UE. Los eurófobos pretenden convertir las elecciones de mayo de 2019 en un referéndum sobre la continuidad del proyecto europeo. Para ello vincularán a los partidos del establishment con la apertura de fronteras que ha llenado Europa de refugiados e inmigrantes que compiten con las clases populares por empleos escasos y precarios debilitando un frágil estado del bienestar. También los responsabilizarán del sometimiento de los valores cristianos de la civilización europea a un odioso relativismo multiculturalista. Si como hicieron con el referéndum del Brexit logran convertir las elecciones europeas en un referéndum sobre cuánta inmigración queremos, ¿mucha o poca?, los europeístas podrían pasarlo muy mal.
Tercero, el sistema electoral que rige en las elecciones europeas tiende a sobrerrepresentar a las fuerzas euroescépticas y antisistema en relación a las elecciones nacionales. A lo que se añade la naturaleza de “segundo orden” de estas elecciones, que hace que al no elegir gobierno muchos electores decidan ejercer un voto de castigo, optando por partidos o fuerzas que no recibirían su confianza en unas elecciones nacionales. Desde España, tradicionalmente libre de fuerzas eurófobas, las elecciones europeas se contemplan con menos aprehensión. No obstante, al igual que en 2014 Podemos utilizó con éxito la plataforma electoral europea para aglutinar el voto de protesta anti sistema contra la crisis económica y la corrupción, Vox podría en esta ocasión captar el sufragio de aquellos que quieren votar en clave nacionalista y xenófoba y enviar así un toque de atención gratuito a PP y Ciudadanos.
En las elecciones europeas de 2014, populares, socialistas y liberales lograron el 61% de los escaños. Ahora, los partidos del establishment europeo podrían quedar solo ligeramente por encima de la mayoría absoluta que permite al parlamento aprobar la legislación más importante. Solo con un 1/3 de los escaños, los eurófobos podrían protegerse a sí mismos de las sanciones que en virtud del artículo 7 la Unión se dispone a imponer a Hungría. Y si lograran superar ese umbral, pondrían en riesgo o ralentizarían un importante número de políticas europeas, que generalmente requieren de consensos amplios entre populares, progresistas, liberales y verdes. Alemania, Francia, Italia y Polonia, cuatro países grandes con importantes partidos de derecha xenófoba, eligen 303 eurodiputados, el 43% del total de los 705 en liza.
Casi más inquietante que un bloqueo del Parlamento o de algunas de sus políticas resulta la posibilidad de que esta vez las fuerzas eurófobas decidan, en lugar de conformarse con gritar en el Pleno e ignorar el día a día del trabajo parlamentario en las comisiones, cambiar la UE desde dentro en lugar de destruirla. Aunque la UE sea el espacio de valores más profundo y avanzado del mundo, imprimir un giro iliberal y soberanista a la UE es posible, especialmente en materia migratoria y de asilo y refugio.
Como sabemos, el Aquarius no naufragó, pero sí la llamada a la solidaridad europea que pretendía. En lugar de facilitar cauces para la inmigración regular, invertir en políticas de integración y acordar vías para la reubicación de asilados y refugiados, las capitales europeas prefieren políticas que pongan el énfasis en el control de fronteras exteriores (e interiores cuando estos primeros fallan), zonas de desembarque y procesamiento común y una diplomacia de chequera con los países de origen y tránsito orientada a la repatriación antes que una política global y equilibrada a largo plazo. Como Italia y Alemania atestiguan, los gestos bienintencionados hacia los refugiados pueden acabar siendo corrosivos y abrir las puertas a la xenofobia. Ojalá España no acabe igual.
En esta Europa henchida de miedo al futuro, los eurófobos podrían encontrar en las urnas la manera de hackear el proyecto europeo para que sirviera a sus intereses. Para ello no necesitarían una victoria ni mucho menos completa sino que las derechas europeas decidieran abrazar la causa del lobo bien por miedo a las consecuencias electorales de oponerse a él o bien por abrazar íntimamente sus motivaciones. La votación sobre Hungría en el Parlamento Europeo, en la que sólo 115 miembros del Partido Popular Europeo lograron encontrar en su interior la fuerza moral para aprobar las sanciones contra las políticas iliberales de Viktor Orbán (57 votaron en contra y 28 se abstuvieron), pone en evidencia que los populares europeos están más que dispuestos a aceptar el caballo de madera que la extrema derecha le deja a las puertas tras cada elección. Si Europa cae no será porque los eurófobos derriben sus muros, sino porque sus guardianes les abran las puertas.
José Ignacio Torreblanca es profesor de Ciencias Políticas en la UNED y director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR).