Fernando Henrique Cardoso - BOLSONARO Y EL FUTURO POLÍTICO DE BRASIL



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El resultado de la primera vuelta de las elecciones muestra un país barrido por un tsunami. Los políticos y partidos tradicionales se desmoronaron en las urnas. La percepción inmediata pone de manifiesto que los electores han votado por el miedo del crimen organizado —que ha aumentado—, del futuro de la economía —a la que le cuesta salir de la recesión provocada por el Gobierno de Rousseff— y del desempleo —que se ha estancado en un 13%—. También ha votado por la indignación ante la corrupción, desvelada principalmente por el caso Petrobras, que expuso las bases podridas sobre las que se asentaban el Gobierno y los partidos. Los “dueños del poder” —o los que presuntamente lo son— han sido objeto inmediato de la indignación.
Con ello, un oscuro parlamentario, el capitán retirado del Ejército Jair Bolsonaro, apoyado por un partido casi inexistente, el PSL (Partido Social Liberal), que fue autor de proyectos en defensa de su categoría profesional y que siempre ha votado en contra de la ruptura de los monopolios del Estado y en contra de las leyes de responsabilidad fiscal, aparece como victorioso. Se ha convertido en el símbolo de lo que la izquierda llama “neoliberalismo”, ahora con un fuerte cariz autoritario. Su lema de campaña ha sido la defensa del orden (con la ley en un segundo plano) y la lucha contra la corrupción. Derrotó a los candidatos “centristas” (en general, pertenecientes a los partidos que van desde la centroizquierda hasta la centroderecha), y también superó al candidato “de izquierdas” —o sea, al del Partido de los Trabajadores, de Lula—, sin contar a los de extrema izquierda, minúsculos.
Con Lula encarcelado (acusado y juzgado en dos instancias por corrupción, y no por “persecución política”), Fernando Haddad surgió como su ersatz. Fue derrotado en las varias regiones de Brasil (excepto en el noreste, donde también perdió en varias capitales), en las varias franjas salariales (a excepción de los que ganan dos veces el salario mínimo o menos) y en las diversas categorías de formación escolar (excepto entre los menos educados, pero de forma aplastante en la de aquellos que tienen títulos universitarios). Solo cuando uno mira los datos por sexo percibe una pequeña diferencia (menos del 5%) a favor de Haddad: las mujeres le votaron más a él que los hombres.
Haddad y Bolsonaro han pasado a la segunda vuelta. Los sondeos iniciales arrojan que las diferencias han aumentado a favor de Bolsonaro, que le saca 16 puntos de ventaja, diferencia que muy difícilmente se reducirá en los pocos días que nos separan de la segunda ronda. Aun así, el PT y algunos de sus aliados recurren a líderes y segmentos democráticos para formar una especie de frente popular (como en los viejos tiempos…). Afirman que no gobernarán hegemónicamente, controlando a los que sean “cooptados”, ya que aceptarán la diversidad democrática. ¿Quién se cree eso? Lo que no desobliga a los demócratas a oponerse a Bolsonaro, desde este momento, y especialmente en el futuro. Si gana y se desvía de la regla constitucional, de los valores de la democracia y de la lucha por una mayor igualdad, tendrá que encontrarse con un muro de oposicionistas que dificulten su avance.
Por detrás del tsunami y de las fuerzas que lo mueven existen causas más profundas (en este momento hay un odio irracional al PT por lo que hizo y a todo lo que no sea “orden”). Las elecciones demostraron lo que se imaginaba: la sociedad contemporánea, la de la cuarta revolución productiva, es diferente a la que se constituyó en el capitalismo financiero-industrial. Parece ser más tecnológico-financiera, está fragmentando las viejas clases y disolviendo sus cementos de cohesión, volviendo vacías las ideologías que les correspondían.
Los partidos, las creencias políticas y los sindicatos —en suma, la institucionalidad política del pasado— se han vuelto pequeños para hacer frente a los retos que Internet simboliza. La comunicación directa, aun siendo momentánea y fragmentaria, las noticias, aun siendo falsas, se sobreponen al juicio, a la razón que, bien o mal, los “medios tradicionales” (incluyendo radios y televisión), si bien no reflejaba, le rendía cuentas. Bolsonaro es una hoja seca impulsada por el vendaval de todas estas transformaciones. Simboliza el ansia del orden ante el miedo a lo desconocido.
De inmediato, lo que se haga poco modificará la tendencia de voto. En el futuro hay mucho por construir. Sin que entendamos lo que está por detrás de las “oleadas” predominantes y sin que los partidos y los líderes derrotados hagan autocrítica y se dispongan a encarar y a luchar en las nuevas circunstancias por los valores esenciales de la libertad, democracia y mayor igualdad, presenciaremos la “barbarie”. No se trata de la vuelta al fascismo: la historia, en este caso, no se repite. Se trata de otras formas de pensamiento y acción no democráticas. Ya no vivimos en los tiempos de la Guerra Fría. No se trata de la vuelta del autoritarismo militar con la bandera del anticomunismo. Lo que sucede hoy no lo han planificado las Fuerzas Armadas, aunque, paradójicamente, estas aumentarán su voz por la decisión de las urnas. Asimismo, espero que también sirvan de muro de contención contra explosiones de personalismo autoritario o de “justicia por las propias manos” de grupos exaltados.
La batalla que se ha de librar es la de la reconstitución de la institucionalidad democrática en sociedades interconectadas y fragmentadas. Hecha la autocrítica (los partidos se bañaron en la corrupción y los poderosos de la economía no entendieron que la desigualdad puede llevar a la desesperación), debemos seguir luchando por el futuro de Brasil y de su pueblo, sin ser masa de maniobra en pro de uno u otro líder o partido. Quienes lucharon contra el autoritarismo saben lo difícil que es, pero también saben que la lucha es factible y necesaria. Así pues, quienes tienen el pasado como testigo de su sinceridad no necesitan el análisis moral de quienes, también de buena fe, piensan de otra manera.
El País
19 de octubre de 2018