Trino Márquez, Enrique Ochoa-Antich, Simón García - LA DISOLUCIÓN DE LA OPOSICIÓN VENEZOLANA



  Trino Márquez AD y la disolución de la oposición

La salida de Acción Democrática de la Mesa de la Unidad Democrática, o de lo que queda de ella, refleja la alarmante crisis que afecta a la dirección opositora. Resulta evidente que esta desintegración, que parece una desbandada, según todos los indicios, se debe a las continuas derrotas y fracasos sufridos por los dirigentes. Los errores de cálculo. El optimismo ingenuo. La fe ciega en salidas milagrosas o en hechos portentosos que no aparecen en el horizonte, influyen en esa imagen de frustración que proyectan nuestros conductores.
            La fragilidad opositora contraste con la aparente fortaleza del régimen. La camarilla gobernante, a pesar del desastre que ha desatado y de sus inocultables grietas y rencillas personales, parece cohesionada e imbatible. Los obscenos aumentos de sueldo a los oficiales, la ratificación por tercer año consecutivo de Padrino López como ministro de la Defensa  y los minúsculos movimientos que se produjeron en la cúpula castrense, muestran la sólida alianza tejida entre los rojos y los uniformados. Este es un gobierno más militar-cívico que nunca antes. La institución castrense se erigió en la columna central sobre la cual se soporta todo el muro bolivariano y el socialismo del siglo XXI.
            La evidencia indica que frente a la unidad tan férrea del gobierno, debería haber una unidad igualmente granítica de la oposición. Por paradójico que parezca, esta no es la conclusión lógica a la que llegó Acción Democrática. Todo lo contrario. Partió del principio stalinista según el cual las divisiones -o depuraciones- fortalecen. Extraña conclusión, pues desde hace dos décadas los oficialistas han demostrado hasta la saciedad que han logrado preservar el poder, en medio de tanta incompetencia, corrupción, aislamiento y condena internacional, exclusivamente porque han sabido sortear sus dificultades internas y agruparse en torno al único objetivo común que los reúne: mantenerse encadenados a  Miraflores.
            Los argumentos esgrimidos por los voceros del partido blanco resultan insólitos. Unos dicen que no soportan la “hegemonía” del G-4. ¿Cómo? O sea, no toleran su propia hegemonía, pues los adecos siempre han formado parte del cogollo más reducido de la MUD. Otra razón: dentro de la MUD no es posible llegar a acuerdos. ¿Y entonces? Si no logran acuerdos con sus socios, ¿cómo aspiran los señores de AD a ejercer el gobierno, si el país que les tocará dirigir en el futuro, una vez el madurismo dé paso a una opción democrática, quedará fracturado en numerosos pedazos que habrá que recomponer y con los cuales será muy arduo llegar a convenios negociados? El ejercicio unitario tiene que partir de afianzarse con los aliados naturales: aquellos grupos con los cuales compartes el proyecto democrático y las ideas básicas de los cambios que deben impulsarse. Las prácticas conciliadoras tampoco las toman en cuenta.
            Lo que resulta más sorprendente es la forma como AD le anunció al país que dejaba la MUD, pero sin “divorciarse” de ella: lo hizo de forma intempestiva, unilateral e inconsulta.  AD, entre otras razones,  no apoyó la candidatura de Henri Falcón en las elecciones presidenciales de mayo pasado porque el excandidato había decidido acudir a esos comicios sin consultar, ni tratar de convencer, a las organizaciones integrantes de la alianza. La incongruencia es obvia. Hoy no puede invocarse como razón, lo que hace apenas unas semanas se condenaba. Si romper la unidad era un error antes, sigue siéndolo ahora.
            Pareciera que detrás de todo es este entuerto se encuentra la posibilidad de la participación de AD en los comicios municipales previstos para el 9 de diciembre. Si ese fuese el motivo real para desprenderse de la MUD, las acrobacias de la dirigencia adeca no se justifican. Bastaba con plantear el debate dentro de la instancia unitaria, fijar una posición y tratar de ganarse la mayoría para que todas las agrupaciones decidieran concurrir a esa cita electoral. No era necesario escribir una comedia.
            El resultado final se reduce a que tenemos una nación desmoralizada y perpleja frente a la destrucción sistemática que el régimen perpetra.  Mientras tanto, nuestros dirigentes se dividen en un archipiélago de pequeños feudos, donde no existe ni la menor posibilidad de reunir la fuerza necesaria para desplazar a los verdugos del país. La ausencia de una alternativa frente al caos representa el drama más profundo que vivimos los venezolanos. Nuestros dirigentes no están divorciándose de la MUD, sino de Venezuela. Avanzan hacia la disolución.
            @trinomarquezc



Enrique Ochoa-Antich - Unidad y deslinde
No cabe duda: la separación de AD de la MUD abre una nueva etapa en la conformación de la oposición venezolana. Hasta hace pocos días, juntos, el colectivo al cual pertenezco, pensaba sugerir que la Concertación le propusiese a la MUD una coordinación semanal, y así, más allá de las diferencias, poder acordarnos en puntos como alianzas electorales y protestas de calle. Pero ahora no sé si una propuesta como ésa tiene sentido o viabilidad. Una constatación: la MUD está pagando el costo de haberse separado de la ruta democrática al proponer la abstención para el 20M. Fue un error grave que no podía pasar impune.
Se está produciendo, tal vez más cruentamente de lo esperado, el deslinde que algunos propusimos en 2014. Ese año, luego de las criminales guarimbas impuestas como hecho cumplido por Voluntad Popular, María Corina Machado y ABP/Ledezma, varios voceros de la MUD recomendamos, incluso por escrito, que AD, PJ y UNT conformaran una nueva alianza en todo comprometida con la ruta democrática: pacífica, civil, electoral, constitucional, dialoguista y ajena a todo tutelaje extranjero. Pero el unitarismo, es decir, esa atrofia de convertir a la unidad en un fin en sí mismo, terminó por imponerse tratando de conciliar lo irreconciliable: voto y abstención, paz y violencia, diálogo y golpe militar, sanciones y soberanía. Hoy puedo decir sin temor a equivocarme que, como lo alertamos entonces, el costo de ese deslinde habría sido mucho menor en 2014 de lo que ha sido ahora.
La candidatura de Falcón y la articulación de la Concertación por el Cambio, plenamente comprometida con la ruta democrática, y el llamado a la abstención de la MUD y ahora la separación de AD, son expresiones de ese deslinde tardío pero necesario. Claro, la unidad es importante, sin embargo no puede ser convertida en un tótem. La unidad es algo deseable pero no asegura por sí misma el éxito: todos unidos, tomados de la mano, por el camino incorrecto, nunca llegaremos a la meta: lo fundamental es la estrategia que escojamos, no sólo la unidad. En política a veces las sumas restan y las divisiones multiplican porque, como decía Mitterrand, la política y la aritmética no son hermanas gemelas.
Echemos una ojeada a la conformación actual de la oposición. En ella coexisten tres modos diferentes de hacer oposición:
Una oposición es la extremista, la que, como propone Machado, busca “salir por la fuerza” del gobierno: se trata de una oposición que es siempre abstencionista, que nunca participaría de ningún diálogo, que acepta la protesta violenta, que propicia un golpe militar y/o una intervención militar extranjera: eso sí, su virtud es la coherencia: María Corina, por ejemplo, dice lo que piensa y hace lo que dice.
Otra es la democrática, que también es coherente, representada hoy por la Concertación por el Cambio, que siempre defenderá el voto como un instrumento principalísimo de lucha popular, siempre estará disponible para el diálogo y la negociación, que propicia la protesta social de calle pero pacífica, y que nunca favorecerá ni golpes ni invasiones extranjeras.
Y hay una tercera, la que representa la MUD, que me gusta llamar con las debidas disculpas “oposición merengue”: un pasito para allá y otro para acá, que hoy se abstiene pero mañana participa, que va al diálogo pero se levanta intempestivamente de la mesa de negociaciones, que dice creer en la ruta electoral pero no le incomoda una salida militar nacional o extranjera: es como si hubiese ingerido el memorable bebedizo del Dr. Jekyll y del fondo sombrío de su alma le surgiese por períodos cada vez más prolongados algún terrible Mr. Hyde: su principal defecto, como perciben los ciudadanos, es la incoherencia, esa trágica y perpetua contradicción consigo misma.
Si queremos pensar en un nuevo modelo unitario, debemos aceptar, aunque resulte paradójico, que ahora la unidad debe construirse a partir del reconocimiento de este deslinde entre extremistas y demócratas, participacionista y abstencionistas, pacifistas y violentos, dialoguistas y no dialoguistas, soberanistas e intervencionistas. Cada partido y organización debe escoger de qué lado está, y, comprometiéndose todos a coexistir dentro del respeto y sin descalificaciones, dejar que el pueblo decida cuál de estas visiones determinará el rumbo de la oposición y del cambio político. Quizá en este escenario ya la MUD no tenga razón de ser.
Podríamos desanimarnos ante este espectáculo. Pero la oposición ha probado en el pasado una enorme capacidad de recuperación:
Luego de que el extremismo se apoderara de ella de 2002 a 2005 (intentona golpista, paro, abstención), la candidatura de Teodoro removió las aguas estancadas y luego el pacto Petkoff-Rosales-Borges dio paso a la ruta democrática que de inmediato, en 2007, obtuvo una importante victoria durante el referendo constitucional y contra el más poderoso, popular y adinerado Chávez.
Luego de las derrotas de 2012 y 2013 (elecciones presidenciales, elecciones municipales) y de que el extremismo hiciese de nuevo de las suyas en 2014 (protestas de calle violentas con saldo lamentable de vidas humanas, por cierto, causadas mitad/mitad por lado y lado), la oposición ganó la AN y haciendo uso del sistema electoral mayoritario ideado por el chavismo, conquistó sus dos terceras partes.
Así que ya lo hemos hecho. Estoy cierto de toda certeza de que lo volveremos a hacer. Lo que vivimos hoy son los dolores de un parto largamente esperado. Una nueva oposición está naciendo.
La oposición se encuentra en el escenario menos deseable que se le pueda imaginar:

Simón García - Signos sinuosos
Maduro gobierna de facto y se legitima mediante el uso del Estado y la Fuerza Armada. Aumenta su control sobre la sociedad.
Se afirma el país invivible con una doble reacción: una población obligada a la adaptación y un gobierno que maneja el hambre como mecanismo de sumisión y dependencia.
Las protestas políticas son sofocadas mediante represión y las reivindicativas, aisladas y carentes de carga de cambios, hasta ahora son vigiladas y relativamente toleradas.
La oposición continúa fragmentándose y parte de ella se fuga hacia una dimensión ficticia llena de réplicas de órganos del Estado, en el exilio y sin poder.
La comunidad internacional parece inclinarse a presionar un nuevo diálogo con Maduro y guardar en la cajita de las amenazas no creíbles la solución militar.
Es cierto que el régimen tiene enormes debilidades, tropieza con demasiadas dificultades, está aislado internacionalmente y lo afecta fuertemente las crisis que él ha creado. Pero su hegemonía puede convertirse en un poder crónico por ausencia de fuerzas y presiones internas eficaces para combatirlo.
 La oposición se ha menguado. No hay motivos para el optimismo y apenas si tiempo para refugiarse en la razón y mantener, frente a evidencias en contra, la voluntad de cambio.
 Los signos en los cuales pudiera descifrarse una nueva situación son sinuosos, ocultan más que lo que sugieren. Entre ellos:
 El lento final de la MUD que el retiro de AD explicita. Para el partido más vinculado a la consagración del voto universal, directo y secreto debía resultar incómodo entretenerse en distinguir, frente a una dictadura, las diferencias entre votar y elegir o adivinar donde reside la legitimidad de un régimen que existe contra la Constitución. AD ya no podía ceder más.
Ahora la oposición partidista es pluripolar y debe explorar una nueva concepción unificadora. Su eje debe ser cuál estrategia y para qué.
Ni el descontento, ni las protestas sociales están afectando al núcleo central del bloque hegemónico. Las contradicciones en su seno no se expresan en corrientes internas, sino en figuras que demandan ajustes sin alterar la estructura de poder. Son minorías periféricas y fugas de base todavía inocuas.
El descontento busca cauces al margen de los partidos. Despuntan actores, invisibles y visibles, que están constituyendo redes de organizaciones sociales con autonomía, pero que para construir un horizonte de cambios políticos requieren una nueva relación con los partidos. Y pueden no quererla.
El rumbo sigue incierto, los medios no tienen consenso y la ruta no está clara. La lucha de las enfermeras y de los profesores universitarios es un desafío a que los partidos hagan una política diferente a las fórmulas convencionales. Hacia adelante tendrán que asumir la elección de concejales y probablemente el referendo sobre la nueva Constitución. La oposición está urgida de recuperar un mecanismo para la acción conjunta en torno a iniciativas concretas y de ejercer la política como orientación a los ciudadanos sobre qué hacer. O si no, ¡para que existe?







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