Susana Seleme Antelo - Una mujer con nombre y apellido:






“Se aprende a ser madre, despacito, despacito”, le dijo Asunta a Clotilde, y le entregó al niño. Eran fines del S. XIX e inicios del XX, pero Alcides Parejas Moreno, nuestro autor, se toma una licencia literaria e introduce un detalle contemporáneo de música popular de éxito mundial: “Despacito”. Particular detalle que habla de su ingenio creativo.
Asunta y su marido encontraron al bebé en la mesa de la cocina, días antes de que la patrona llegara a la hacienda. Había una carta que decía: “Señora Clotilde. Lo dejo en sus manos. Sé que lo va a criar y amar”.  Y Clotilde aprendió a ser madre, milagro que la naturaleza le había negado, mientras pensaba que Asunta era una sabia mujer. Sí, aprendió a ser madre ‘despacito, despacito’ a puro amor.
Parejas dice que esta es la última novela de la zaga que empezó con “La francesita”, llevada al teatro de la mano de René Hohenstein.  Siguió con “Mi nombre es Clotilde” y termina con “Clotilde la señora de Eldorado”. La tríada relata en clave de ficción el supuesto romance que tuvo la joven Clotilde, nacida en Santa Cruz de la Sierra, con el investigador francés, Alcides d’Orbigny, él sí real, hacia 1830. De aquel imaginativo romance nació José Alcides del que d’Orbibny, por supuesto, nunca supo.
Enviado por el Museo de Historia Natural de París, a sus 23 años, el joven naturalista recorrió durante ocho años gran parte del Continente. A su regreso a Francia escribió su monumental obra: Voyage dans l'Amérique Méridionale.
Como todos los libros de Alcides Parejas Moreno, desde que empezó a escribir novelas siendo Doctor en Historia, rescato tres huellas. La primera: su sentido de pertenencia a lo nuestro, al Oriente, a ‘ElDorado’, al Chiquitos de las Misiones Jesuíticas y los chiquitanos, sus antepasados, lejanos y cercanos. Es un sentido de pertenencia total: soy de estas tierras, les pertenezco y me pertenecen. Es el compromiso militante del autor con Santa Cruz región y con Santa Cruz de la Sierra ciudad, en todas sus novelas. Es un hilo conductor permanente. Compromiso/amor con su gente desde sus orígenes, con el proceso de mestizaje enriquecedor entre los nativos y los conquistadores. Es además parte de la labor pedagógica que contienen los libros de Alcides, que también se reclama boliviano, dice, “porque me da la gana”.
Hoy esa su frase es una respuesta directa a una autoridad oficialista que sindicó a una joven cruceña -y a todos los cruceños- como “extraños”. Y solo porque en otro departamento exigimos respeto al voto del 21F, cuando democráticamente en un Referéndum nacional el NO le ganó a la pretendida re-re-reelección inconstitucional de Evo Morales.
Con ello, Parejas descubre su otra huella: su oficio y su pasión por la historia, que le permite contárnosla no de manera lineal, como si fuera letra muerta, sino como historia viva, dialéctica y con diversidades contundentes. Y ahí se inscriben las alusiones al centralismo político, administrativo, económico y cultural de la sede de gobierno, en el Occidente del país, hacia el resto del territorio nacional, el Oriente, que ocupa dos tercios del mismo. En ellos, después de siglos de abandono, Santa Cruz es hoy motor de la economía que alimenta a 70 % de la población y contribuye con cerca de 30 % al PIB gracias a su economía productiva agroexportadora con valor agregado.
Aquí no hubo oro, ni plata, ni pudo ser habido el Dorado que buscaban los conquistadores. Tampoco fue importante para el ‘ser minero’ de la República desde su creación en 1825, hasta más allá de 1952. “El Dorado” fueron sus fértiles tierras como factor de producción y riqueza. Sus llanuras, selvas y bosques con el verde en todos sus tonos y colores, sus costumbres, sus quehaceres, su temperamento y su carácter.  “Santa Cruz era una Fiesta” dice el autor que manifestó d’Orbigny, cuando llegó a estos lares.
Parejas evoca y convoca emociones, pues describe la construcción de la identidad regional desde la historia, la funde con la ficción, entre pasados y presentes, contextos históricos cercanos y lejanos mediante una prosa que fluye sin altibajos, cargada de impactos amorosos, políticos, tradiciones y localismos. También de regionalismos entendidos, como los describió el peruano José María Arguedas ya en 1926: “la expresión de un malestar y de un descontento” ante el abandono del centralismo, para concluir que “Regionalismo no quiere decir separatismo.”
Una tercera huella es su sensibilidad frente a la mujer cruceña, y a la mujer en general, siempre en último lugar, en la vida y en la historia de Bolivia, en la cocina generalmente y aprendiendo a ser madre ‘con despacio y sin despacio’. Y aborda lo que yo califico “cuestión de género”, producto de la cultura patriarcal de ayer y hoy. Es decir, la segregación e inequitativa distribución de oportunidades, de educación, de poder, de presencia social, entre hombres y mujeres. En todos sus libros hay una defensa sin cortapisas a la mujer.  Alcides me recuerda la frase de Rosa Luxemburgo: "Por un mundo en el que seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres".
Siempre le digo que él es feminista, que no es una mala palabra, por favor. Ni de la primera, ni de la segunda ni de la tercera ola. Lo es porque valora a la mujer en sí misma, y a la mujer cruceña que supo durante siglos administrar la pobreza de esta región, donde según Gabriel Rene Moreno, “éramos hermosos como el sol y pobres como la luna”. Alcides es un feminista de la igualdad.
El autor se da otras licencias, ya en la “zona de pre embarque” pues quien relata es un hombre mayor al que sus fantasmas no lo dejan dormir. Aquí me quedo para que lean a esta Clotilde, nieta de aquella que enamoró y se enamoró del andante francés y pagó muy caro el amor como entrega y medida de todas las cosas. Clotilde, la Señora de Eldorado, mujer con nombre y apellido, corrobora la idea de nuestro común amigo Ruber Carvalho de que “El amor es la única ideología que no acaba”.


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