Fernando Mires - LA NOCHE NEGRA DE LORIS KARIUS (y la realidad del Real)


El partido prometía no solo porque era la final sino porque los dos se merecían. Al comienzo Zidane quien, hay que reconocerlo, tiene un sexto sentido futbolístico, había programado una delantera de tres grandes. De fútbol y de estatura. Ronaldo, Benzema y Bale. Se veía muy lindo en el papel, pero había un inconveniente: los tres juegan adelantados, los tres son de juego largo y los tres esperan los pases que les llegan desde atrás para sembrar el pánico. Al fin Zidane decidió no incluir a Bale y puso al movedizo Isko quien estaba haciendo un buen partido hasta que, en un momento del segundo tiempo, Zidane, como si le hubiera llegado un mensaje del cielo, decidió cambiar a Isko para que entrara Bale. Iban uno a uno. 
El gol de Benzema, una fatalidad. Una de esas que no deben suceder nunca  a un arquero profesional. Creo que ni siquiera a un arquero de barrio le meten uno así. Pues lo primero que aprende un arquero es a atajar y segundo, a sacar el balón. El gol de Benzema fue, sin discusión, un gol de Karius. No solo sacó apresuradamente la pelota sin que nadie lo exigiera. Además la hizo rebotar -si se lo hubiera propuesto quizás no lo habría logrado- en la pierna de Benzema. El primer sorprendido al haber hecho un gol que ni pensaba hacer fue el propio Benzema. Las cámaras enfocaron a Ronaldo moviendo la cabeza, como diciendo ¡esto es increíble!
El partido había comenzado bien. Algo mejor, o si no mejor, algo más fino, Liverpool. Su juego acostumbrado. Mediocampo marcando fuerte, con garra y la delantera – Salah, Firmino y Mane, bordando filigranas a un tiempo vertiginoso. Hasta que   ..... Hasta que se lesionó la estrella: Salah.
Salah quien había estado a punto de no jugar para guardar los rituales del Ramadán debe estar todavía pensando en que Alah maldijo su hombro por haber dado más importancia a su equipo que a su religión. Pues Salah es a Liverpool lo que Ronaldo es al Real. Puede que a veces, como Ronaldo anoche, no haga un gran partido, pero está ahí. Si no está, su ausencia es aún más gravitante que su presencia. Por eso al irse creó un vacío más psicológico que futbolístico. Uno que ni siquiera un tan buen jugador como Lallana podía llenar. Uno que ni siquiera la lesión del madrileño Carvajal podía compensar (al fin, Nacho jugó mejor que él)
Después de la salida de Salah, Liverpool perdió fluidez, las piernas comenzaron a enredarse, su intensidad bajó un par de grados. La orden de Clopps  fue retrasar un poco a Lallana a fin de que Mane rotara por las dos puntas, tratando de suplir de algún modo a Salah. Pero nunca pudo llenar el vacío dejado por el egipcio. Mane es Mane, un gran jugador sin duda, mas no Mane y Salah a la vez. Su gol, un bombón de esos que hacen amar al fútbol. El del recién ingresado Bale, aún mejor. En plasticidad y potencia, una de las más hermosas “chilenas” que he visto en mi vida. Tan buena que el propio Karius perdió un par de segundos valiosos en mirar la jugada de Bale. Pero la “chilena”, grandiosa sin duda, era atajable. Así lo dejó ver la cámara lenta. El balón, fortísimo, entró casi por el centro y a media altura. Cualquier buen arquero lo ataja. Hasta Karius lo habría hecho si esa no hubiera sido la noche negra de su vida. El tercer gol, el segundo de Bales, una mierda. La pelota, sin apelaciones, le dobló las manos a Karius. Penoso.
En resumen: un primer tiempo en el cual vimos al mejor Liverpool y a un Real jugando como una máquina recién aceitada, tratando de apaciguar el juego. Un segundo tiempo en el que vimos a un arquero viviendo una pesadilla. Por eso y nada más ganó el Real. ¿Pero no es también un mérito del Real saber usar la suerte -incluye a los postes - a su favor?  Cuando chocan dos grandes no siempre gana el  mejor. Gana, en algunas ocasiones, el que sabe controlar mejor su destino. El que hace menos fallas. El que no comete el error decisivo.
Un error decisivo, está bien, pase. Pero ¡tres errores decisivos en una final Karius! ¿No es un poco como mucho?