Pablo Sanginetti -MACRI Y LA "ENFERMEDAD ARGENTINA"


Entre las perplejidades que plantea Argentina al observador extranjero aparece una recurrente: ¿por qué un país rico y educado lleva décadas en declive? A lo largo de casi 20 años como emigrado, confrontado una y otra vez con esa pregunta, me vi destilando la respuesta hasta reducirla a una fórmula mínima: «Por desprecio a lo institucional». Conocer el significado de ese «desprecio a lo institucional» es el mejor modo de entender la Argentina actual y los desafíos que afronta Mauricio Macri, porque se trata del primer presidente moderno que, más allá de aciertos y fracasos, plantea la recuperación de lo institucional como el pilar de su mandato.
En términos ideales, lo institucional propone un orden horizontal diáfano que se sitúa por encima de lo personal y ofrece una ley igual para todos. Es el antídoto contra su opuesto: el verticalismo de un orden arbitrario que se mueve oscuramente por encima de la ley y depende del carisma de una personalidad que divide el mundo en amigos y rivales, favorecidos y malditos.
La fascinación un tanto adolescente por el héroe capaz de instaurar su propia ley, el romance de los argentinos con la épica y su admiración por todo lo que escapa a la norma produjeron genios en campos como la literatura, la ciencia o el deporte, además de una sociedad cálida, divertida, intensa. Aplicados a la política, esos mismos ingredientes derivaron en desastre.
«Enfermedad argentina» lo llamó en 2012 la fundación alemana Bertelsmann en su Índice de Transformación, un estudio bianual sobre calidad democrática. El duro término aludía al mecanismo por el que «las crisis y la debilidad institucional tienden a reforzarse mutuamente». El resultado, añadía el informe en pleno auge del kirchnerismo, es un sistema político «personalista y populista, basado en la lealtad personal y en redes clientelistas más que en instituciones políticas fuertes y representativas y normas constitucionales».
También los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson se detienen en el estancamiento argentino en su celebrado Por qué fracasan los países. Tienen un buen motivo: la respuesta a la pregunta que plantea el título del libro -si se me permite el spoiler– reside precisamente en la falta de instituciones transparentes, inclusivas y fiables. Lo único que falta en un país que, por lo demás, parece tenerlo todo en abundancia.
¿De dónde proviene ese desprecio a lo institucional? El escritor y luego presidente Domingo Faustino Sarmiento se plantea ya en 1845 esa pregunta en Facundo, un retrato del caudillo Facundo Quiroga que sirve al autor para remontar el violento caos argentino hasta las particularidades geográficas, sociales e históricas del país. «Tú posees el secreto, ¡revélanoslo!», clama Sarmiento al fantasma de Facundo -asesinado 10 años antes- en el shakesperiano inicio de la obra. El secreto se revela en el arquetipo del caudillo forjado en la naturaleza salvaje, la enormidad de la llanura vacía, el gaucho que la recorre comandando una tropa obediente. Rasgos que, para Sarmiento, instalan en la vida argentina «el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia del más fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los que mandan, la justicia administrada sin formas y sin debate».
Aunque admiraba el Martín Fierro, Jorge Luis Borges lamentaba que fuera ese poema gauchesco y no Facundo el «libro nacional» de Argentina: «Otra sería nuestra historia, y sería mejor». (Yo preferiría otro libro canónico: uno que explorara la diversidad de paisajes, nacionalidades y formas de vida que caracteriza a Argentina no en los términos confrontativos de «civilización o barbarie», subtítulo de la obra de Sarmiento, sino como lo que realmente es: una fuente de riqueza).
Sarmiento trabajó en su presidencia (1868-1874) por frenar el desprecio a lo institucional fundando la institución crucial: una educación laica, gratuita y obligatoria. Pero ese impulso quedó truncado. El punto de inflexión podría situarse simbólicamente en 1930, año del primer golpe de Estado de una serie de cinco que culminó con el de 1976, el punto más hondo en la historia argentina. El protofascismo del caudillo volvió a florecer también, antes de Perón y sobre todo en Perón, con el estallido del fascismo en sí, un virus que -ya sea en Italia, Alemania o Argentina- prende mejor en identidades nacionales conflictivas y sedientas de mitos.
Al igual que otros líderes latinoamericanos, Perón importó del fascismo la figura vitalista, divinizada y violenta del Duce, pero con fines en cierto modo opuestos. Lo explica el historiador marxista Eric Hobsbawm: «Mientras que los regímenes fascistas europeos aniquilaron el movimiento obrero, los dirigentes latinoamericanos inspirados en esos regímenes lo crearon».
Esa ambigüedad explica las dificultades para entender el peronismo desde Europa y la división que el movimiento genera aún en Argentina. Desde una lógica personalista y a corto plazo, Perón fue un héroe social; desde una lógica institucionalista de largo plazo, una catástrofe que Argentina sigue pagando.
Más allá del debate, el peronismo dominó la vida política argentina hasta hoy. Desde su aparición en los años 40, ninguno de los cuatro presidentes no peronistas elegidos democráticamente pudieron acabar su mandato, un hecho siempre traumático en una democracia presidencialista como la Argentina. Macri, el quinto, recibió ya sus avisos. «Nos está llevando a una catástrofe social. O sacan el pie del acelerador o vamos a tener un final violento», dijo en febrero Eugenio Zaffaroni, ex juez kirchnerista de la Corte Suprema y actual de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, además de prologuista del último libro de Baltasar Garzón.
La «catástrofe social» a la que aluden los críticos se refiere a la serie de reformas que viene implementando Macri y que pueden compararse con las aplicadas durante la crisis por su modelo Mariano Rajoy, de visita esta semana en Buenos Aires.
Pero es sobre todo en la lucha contra ese déficit institucional argentino donde Macri puede representar una novedad. Desde su asunción en 2015, su discurso gira en torno a la idea de «recuperación de la calidad institucional» y derivados como «diálogo» o «reinserción internacional». Un largo pasado de fantasmas que inquietaban ya a Sarmiento se agita cuando suenan esos conceptos.
¿Tiene Macri la cura a la «enfermedad argentina»? La respuesta es simple: no. Independientemente del juicio que merezcan sus políticas liberales, el presidente parece más un estratega hábil (un empresario) que un héroe refundador. Y esto es una buena noticia al menos por dos motivos. En primer lugar, el impulso de regeneración institucional actual no discurre del Gobierno hacia la sociedad, sino al revés: fue la sociedad la que exigía un discurso institucional tras una década de liderazgo personalista y escándalos de corrupción con ambos Kirchner. Prueba de ello es que el partido de Macri ganara ampliamente las elecciones legislativas de octubre pese a los ajustes y la situación económica adversa. Es difícil recordar otro momento en que el votante argentino, siempre impaciente, respaldara en las urnas un proyecto a medio plazo que aún no da frutos.
En segundo lugar, Macri encarna lo contrario a un mito. Creció en una familia rica, tiene una dicción modesta, suena artificial cuando apela al sentimiento y celebra sus victorias electorales bailando entre globos en fiestas de partido. Nadie vota a Macri sumido en el éxtasis casi religioso que inspiraba Cristina Kirchner. Felizmente. La carencia de idólatras podrá hacer algo más débil a un presidente, pero también más sana y más fuerte a una democracia.
Si Macri llegara hasta el final de su mandato en 2019, si una mayoría social siguiera vacunada contra liderazgos paternalistas, si el peronismo llenara el vacío que dejó Cristina Kirchner con una figura de convicciones republicanas que aspirara a gobernar desde una oposición democrática, Argentina daría pasos decisivos para curar su larga enfermedad política. La «sombra terrible» de Facundo invocada hace 170 años por Sarmiento podría volver a cerrar los ojos, por fin, y empezar a desvanecerse en el pasado.
Pablo Sanguinetti es escritor y periodista argentino y corresponsal de la agencia alemana DPA.


Fuente;  https://www.almendron.com/tribuna/macri-y-la-enfermedad-argentina/

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