Rosalba Casteletti - ¿POR QUÉ RUSIA NO CELEBRA EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN?

Una sensación de catástrofe inminente acompaña al visitante que avanza por las salas de la muestra 1917-2017. Código de una revolución. En la entrada del salón dedicado a la Revolución de Octubre las luces de neón dejan lugar a un reflejo rojo oscuro, casi del color de la sangre, una alusión no demasiado velada al costo humano del levantamiento social. En otra parte, junto a un busto de Lenin con una sonrisa siniestramente sardónica, un cartel dice con claridad: “En Moscú la toma del poder por parte de los bolcheviques condujo a violentas batallas y a centenares de víctimas”. En línea con la postura oficial: las revoluciones provocan violencia e inestabilidad, deben evitarse a cualquier costo y todo menos celebrarse.
1917 fue el año que puso fin a un imperio secular, generó dos revoluciones e inauguró la era del comunismo, cambiando irrevocablemente el curso de la historia de Rusia y del mundo entero. Y mientras que un siglo después Occidente recuerda con documentales, libros y reseñas los eventos que en 1917 vieron el paso de la abdicación del último zar Nicolás II al primer gobierno comunista del mundo en pocos meses, el Kremlin se dedica a formular una respuesta unívoca sobre cómo debe tratarse el centenario. “Las lecciones de la historia son necesarias sobre todo para reconciliar, fortalecer la armonía política, social y civil”, dijo el presidente ruso Vladimir Putin en diciembre, invocando “un análisis profundo, honesto y objetivo de 1917”. De este modo ha desviado el aniversario al ámbito académico. Eventos de perfil bajo, preferiblemente privados. Ninguna fanfarria.
1917-2017. Codice di una Rivoluzione, inaugurada el 22 de marzo cerca del Museo de Historia Contemporánea de Moscú, conocido hasta 1998 como Museo de la Revolución, es una de las pocas iniciativas abiertas al público. Pero público se ve poco. Hay solo un grupo de turistas portugueses. La guía que los acompaña les muestra las reliquias, pocas, a decir verdad, de la “Gran Revolución Rusa”. Es la fórmula adoptada hace diez años en los manuales de historia: engloba en un único bloque tanto la Revolución de Febrero como la que llaman la “Gran Revolución socialista de octubre” e igualmente la guerra civil. “En este esquema los blancos y los rojos han luchado todos por una Rusia más fuerte: imperial los blancos, soviética los rojos”, sostiene Korine Amacher, profesora adjunta de historia de Rusia y de la URSS en la Universidad de Ginebra.
En esta versión unificadora de la historia rusa que el gobierno procura construir –una larga marcha hacia la grandeza– 1917 encaja mal. Un siglo no ha alcanzado para ponerse de acuerdo con la herencia de aquel año tumultuoso. “¿Pasaron solo cien años o ya pasaron cien años?”, pregunta Anatoly Torkunov, jefe del comité organizador del jubileo y rector de la Universidad Estatal de Moscú.
La eliminación y desacralización de la revoluciónno es un hecho nuevo. En los setenta años de la URSS la toma del poder por los bolcheviques el 7 de noviembre —25 de octubre según el calendario juliano adoptado en aquel entonces—, se celebraba con grandes pompas y el imperio zarista era demonizado. Todo cambia a fines de los años ochenta con la perestroika y la apertura de los archivos sobre los horrores del régimen. Después de la caída de la URSS hay un vuelco por el cual se ve a la familia real canonizada y al levantamiento ya no como locomotora de la historia, sino como un “golpe” o una tragedia nacional. En 1996 la fiesta del 7 de noviembre es sustituida por una vaga Jornada de la Unidad y la Reconciliación, que en 2004 pierde incluso el estatus de festividad. Hoy en noviembre desfila en las calles solo un puñado de comunistas nostálgicos. Los liberales prefieren recordar en cambio la Revolución de Febrero, que llevó al nacimiento de la vanguardia y a reformas como el sufragio universal. Los oficialistas están convencidos de que las revoluciones son peligrosas por definición y están orquestadas por fuerzas externas. Se trate de la de febrero, auspiciada por los británicos, de la de octubre, financiada por los alemanes, o de las más recientes “revoluciones de colores”.
Pero basta con moverse por Moscú, la capital adoptada en lugar de San Petersburgo, que hace cien años pasó a ser el corazón del país, para notar cómo la iconografía de la Revolución sigue estando intercalada en el tejido de la vida cotidiana, aunque de manera confusa. La momia del fundador del comunismo ruso, Vladimir Lenin, yace en el mausoleo de mármol de la Plaza Roja que está frente a las grandes tiendas de lujo Gum. Diversas calles tienen nombres ligados a él: ulitsa Krupskaia está dedicada a la esposa de Lenin, ulitsa Maria Ulyanova a la madre y ulitsa Dmitri Ulianov al hermano. También las estaciones más céntricas del subterráneo recuerdan la Revolución: Oktyabrskaya, delante de la cual se yergue una monumental estatua de Lenin y están la Leninsky Prospekt (cada ciudad rusa tiene una), Biblioteka Imeni Lenina y por último Ploshchad Revolyutsii a espaldas de la Plaza Roja. En los monasterios y en los hogares los fieles más fervientes veneran como un mártir a Nicolás II, canonizado en 2000.
Es la misma ambigüedad de Putin.Se arrodilla en la iglesia, pero no rompe su viejo carnet del Partido Comunista. Se presenta como heredero de los zares, pero siente nostalgia por los días gloriosos del imperio soviético. Sin embargo, prefiere no indagar demasiado en su momento fundacional: la Revolución derrocó a los zares que él evoca, pero hizo nacer la URSS que exalta como modelo. Se resiste a enterrar a Lenin, pero lo acusa de haber colocado bajo los cimientos del nuevo Estado una “bomba de tiempo” que provocó la disolución, “la más grande catástrofe geopolítica del siglo XX”, como la definió. Y ha rehabilitado a Josef Stalin, dictador sanguinario que no obstante triunfó en la Segunda Guerra Mundial y construyó la grandeza de la URSS.
“Putin es una criatura de la KGB,pilar del partido en el poder de la ex URSS, siente los vínculos que lo encadenan genéticamente al pasado soviético y de aquel pasado mantiene el sentimiento de gran potencia y el espíritu imperial, pero detesta los alzamientos desde cuando aparecieron a las puertas de Rusia las ‘revoluciones de colores’”, nos dice Lev Gudkov, director del Instituto de Encuestas Independientes Levada Center. El mantra de Putin es restaurar la estabilidad posterior a los cambios que siguieron a la caída de la URSS y devolver Rusia a la gloria del pasado. Por eso conmemoró con entusiasmo los 400 años de la dinastía Romanov o el 70° aniversario de la victoria sobre el nazismo: exaltaban muy bien la grandeza imperial de Rusia. En 1917, en cambio, no ve ningún mito edificante. El punto es cómo conmemorar un acontecimiento que se opone a todo lo que él promueve.
Paradójicamente, la respuesta de los pensadores liberales y oficialistas es unánime. “El centenario se conmemora, sí, pero no se lo celebra, ni festeja. Se lo entiende íntegramente como medio para sacar conclusiones y extraer enseñanzas”, dice Lev Gudkov. De igual parecer, Dmitri Zimin, empresario y fundador de la Fundación Dinastía, nombrado agente extranjero: “El siglo pasado es un siglo de pérdidas, de saltos fallidos. Se disolvió todo”. Julia Shakhnovskaia, a cargo del Museo Politécnico, sube la apuesta: “No podemos festejar la Revolución como el nacimiento de una nueva Rusia porque no somos sucesores de aquella época. No hay continuidad hasta nuestros días”. “Nada de aquel año puede usarse hoy en propaganda”, sostiene Mikhail Zygar, ex director del canal independiente de TV Dozhd y autor del best-seller publicado en varios idiomas como Todos los hombres del Kremlin.
A Zygar se debe uno de los pocos esfuerzos por conmemorar el centenario dentro del vacío de iniciativas gubernamentales. Es el cerebro de Project 1917, que relata en ruso y en inglés la Revolución en tiempo real en un sitio de Internet y en los medios sociales a través de perfiles de centenares de protagonistas de la época, no sólo políticos sino también artistas e intelectuales. Ha excavado en los archivos nacionales para transformar fragmentos de cartas, diarios, telegramas y memorias en la actualización de situaciones y restituir instantáneas de cada día, incluidos la meteorología, el precio del pan y un falso noticiero de televisión. “Debemos aprender a hablar de nuestra historia de manera tranquila; con frecuencia se habla nerviosamente”, dice. El grupo de medios progubernamentales Rossiya Segodnya ha lanzado un proyecto similar abriendo en Twitter la agencia de prensa ficticia Russia Telegraph. No obstante, son iniciativas relegadas a confines virtuales. En Occidente, de Irlanda a Francia, que aún agita la llama revolucionaria, el silencio ruso resulta extraño.
“La última Navidad en Moscú le pregunté a todo el mundo: ‘¿Qué pasa entonces el año que viene para el centenario?’. La gente eludía la pregunta”, cuenta Valerio Festi, cofundador del grupo homónimo. “De todos modos hemos elaborado un proyecto sobre los cien años de la Revolución y después lo presentamos en una gira porque no encontramos interlocutores en San Petersburgo”. Y así el 6 y 7 de noviembre la plaza del Palacio frente al Museo Hermitage se convertirá en un escenario con actores, bailarines y proyecciones. “El nuestro será el único evento que conmemore la toma del Palacio de Invierno. La relataremos desde el punto de vista social. Los protagonistas serán el pueblo y las vanguardias. La política quedará en el fondo, única condición puesta para aprobar el proyecto”, explica Monica Maimone, regista y directora artística. En suma, si la Rusia de Putin celebra al menos el día clave del centenario de su Revolución, será gracias a un grupito de emprendedores obstinados y artistas, todos italianos.
©La Republica

Trad.: Román García Azcárate

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