Fernando Yurman - CONTROVERSIA Y MEMORIA EN LA OBRA DE HANNAH ARENDT

Hanna Arendt era heterogénea, de inspiración espasmódica y desigual, y en la crónica sobre Eichmann que dio lugar al título La banalidad del mal, muestra su versátil don para cruzar sin mediación del ensayo al periodismo. Por un confuso escándalo, la frase cimentó su definición más famosa, y también difamó la reflexión de mayor calado que fue su obra.
Una década antes, en Los orígenes del totalitarismo, había encarado un trabajo sistemático y ambicioso, fundiendo el sesgo existencial con la sociología, como había hecho Erich Fromm, pero con un ímpetu sugerente y un rigor que no heredó la crónica sobre Eichmann. Sostenía, a pesar de su disciplina, una diversidad que no permitió clasificarla escolásticamente como historiadora, socióloga o filósofa, aunque esos perfiles la potenciaban. Pensadores actuales, reconocidos filósofos, tienen a la ‘actualidad’ como su pasión mayor, pero entonces no era frecuente que el difuso presente que trata el periodismo se atravesara con los aristocráticos pensamientos de la filosofía.
Ese cruce no previó que aquella crónica para el New Yorker arrojase retroactivamente una mala sombra sobre su obra. Había sido sionista, y no como tibia ilusión juvenil, porque mantuvo la simpatía en Berlin, Francia, y hasta Nueva York en la década del cuarenta. En su estudio sobre el totalitarismo, publicado en 1949, a diferencia de La banalidad del mal, sostenía el concepto del mal radical para el régimen que definía los hombres como superfluos. En 1946, durante su intercambio postal con Jaspers, afirmaba una posición contraria a la de 15 años mas tarde. En tal oportunidad, le había planteado a su maestro que un crimen como este no tiene parangón, escapa a las normas jurídicas, y rompe los modelos (aludía anticipadamente al estado de excepción y el borde que excede lo jurídico, que tratarían pensadores posteriores como Agamben o Foucault). Frente a esta prevención, Jaspers respondió que una epidemia es generada por bacterias, y aunque sea amplia y mortal, las bacterias siguen siendo bacterias, y el crimen sigue siendo banal. La banalidad del mal parece tener estos polémicos orígenes, pero entregó un veloz titulo al New Yorker y la dejó atrapada en su efecto.
Con el tiempo, hubo certeza que Eichmann no era un banal burócrata insignificante, sino ferviente nazi y antisemita apasionado. Eso no debería cambiar la legitimidad del concepto, polémico y complejo, aunque excede una descripción que parece intuida a través de un vidrio. Esa postura creció luego en arrogancia y  la dejó situada en el centro de la controversia para sus colegas y críticos mayores. Era difícil no asociar su énfasis con la influencia de Heidegger, su profesor y antiguo amante. La otra tesis irritante de su crónica, el juicio lapidario y simplificado de los consejos judíos de los guetos controlados por nazis, también fue desmontada por muchísimos análisis y relatos posteriores. En aquel tiempo, 1960, el conocimiento del genocidio (que todavía no se llamaba holocausto) estaba encubierto, y no se conocían los textos de Primo Levy, Vassily Grossman, Eli Wiesel, tampoco los estudios de R Hilbert o  D Goldhagen, y había una sorda resistencia a diferenciar la ‘Solución final’  de la debacle de la guerra. Tanto los libros como la filmografía evitaban tácitamente el tema, y la creciente documentación no hacía mella en la concertada ignorancia. El film Hanna Arendt repuso el dedo en esa llaga. Margareth Von Trotta había estado reconstruyendo una memoria para entender los tiempos oscuros que la precedieron. Ella pertenecía, como Wenders, Herzog, Fassbinder, al nuevo cine alemán, muy atento para revisar la historia, a veces para explicarla, muchas para excusarla y algunas para interrogarla. Este  film fue su caso especial.
El pasaje de un libro a la imagen es siempre un desafío, pero una construcción de largo aliento, como la obra de Arendt, resulta impracticable. Como había observado la misma directora, es muy  difícil filmar el pensamiento. Hanna Arendt fue testigo, cronista y pensadora, y todos sus actos se enlazaron con esforzados conceptos. La directora actuó con destreza, seleccionó de la numerosa experiencia el momento culminante, un episodio que sintetiza la controversia de su figura, pero también la deforma. El film escenificó esa anécdota con fidelidad puntual, excepto pocos detalles: el director del New Yorker no se sometía a la corresponsal, sino al revés; también hubo malicia en la alusión de algunos trozos de La banalidad del mal. La cineasta intentaba tenazmente filmar el pensamiento y para ello desató una poderosa batería de citas que empujaba el relato. Consiguió un film muy hablado, sembrado de referencias veloces de un cosmos complejo.
Los conocedores de sus textos, a favor y en contra, logran entrever la punta del iceberg. Cada palabra es una breve ola del mar teórico, y deja bajo la superficie el banco de ideas. Así la mención central del pensar: el nazismo ocurre porque hay gente que decidió no pensar, tema tan genérico que puede incluir desde Heidegger hasta Kant o la verdulera de la esquina. Resulta, en el mejor caso, una contraseña hermética para iniciados en esa filosofía. Por otra parte, se trasunta el elitesco grupo de pensadores alemanes en el pretencioso ambiente neoyorquino, los ingeniosos desafíos y recios duelos entre los epistemólogos más rápidos del oeste. Esta fue una película sobre intelectuales, pero no es una película intelectual, no lee el pensamiento de Arendt, porque la imagen no puede dar cuenta del debate. Quizás sirva, como tantas películas sobre escritores, para no leerlos, dejarlos situados en un apaciguado saber de farándula.
Ella había visitado a Heidegger en los cincuenta, después de haber publicado su libro mayor, cuando regresó a Alemania. Muchas impresiones acerca de la alienación tecnológica, la burocracia que impide pensar (en el sentido existencialista de ver mas allá de la superficie) es directo influjo de Heidegger. Antes había expresado con mayor sencillez esa idea Paul Valery: como los crímenes son actos de sonámbulo, la moral consiste en despertar  a tiempo al terrible durmiente.
Heidegger había criticado acerbamente la técnica, y sobre la guerra la bomba atómica, pero nunca las cámaras de gas. Sin un pensamiento que devuelva la autenticidad al ser, este sería arrojado por la tecnología en la alienación  y la banalidad: en esta tesis las cámaras de gas no tendrían autor, y Europa no debería revisar su antisemitismo raigal. El antisemitismo, como analizó Arendt en Los orígenes del totalitarismo, es una ideología del siglo XIX, porque incorpora la dimensión racial en la organización del otro. En cambio la judeofobia es antigua, tiene casi dos mil años, e incluye pero no comienza con la superficialidad que Heidegger achacaba al siglo de sus contemporáneos.
El nazismo tomó sus cuadros políticos —Hitler, Himler, Heydrich, Hess— de los albañales, pero estuvo acompañado en muchos tramos por gente que es difícil llamar banal. Tuvieron un filosofo como Heidegger, un jurista como Carl Schmitt, un psicólogo como Carl G Jung, un músico como Richard Strauss o Furtwangler, una cineasta legendaria como Leni Riefenstahl, un escritor como Ernst Junger. No eran banales, pensaban mucho, pero pensaban mal.
De sus años crepusculares, resuenan tres frases de Hanna Arendt que son breves y significativas, y permiten montar un esbozo de sentido. Una es una declaración final que hace en una melancólica entrevista: “Lo que me queda es la lengua materna”. Otra  en una carta a su  amiga Mary Macarthy, refiriéndose al holocausto:  “eso no debía haber sucedido”, la tercera es la respuesta a la misma Mary Mcarthy cuando la interroga sobre su amor: “hay aspectos íntimos que son indecibles”.
Con respecto a la lengua materna, debe observarse que el vínculo nostálgico de un escritor en exilio, como sería Sandor Marai extrañando el húngaro o Nabokov el ruso, no se aplicaría a este caso. La lengua madre para una pensadora como Hanna Arendt, era la lengua del pensamiento, del saber que compartía con otros. La filosofía, desde el siglo XIX, hablaba en alemán, y en esa lengua se desarrolló una expectativa de saber absoluto; el proyecto moderno y el romanticismo balbuceaban esa lengua. Desde el alemán pensaban Kant, Hegel, Shopenahauer, Nietzche, por decir pocos, y luego fue el idioma que usaban Freud, Heidegger, Max Weber, y en el que ella misma aprendió a pensar. Jaspers, Husserl, Karl Lowit, Hans Jonas, Benjamin, Marcuse y toda la escuela de Frankfurt, crecieron en ese idioma.
Esa generación, que en su juventud trataba de entender el trauma de la primera guerra, no suponía una segunda, y menos como ocurrió. La lengua madre era entonces la lengua perdida de esa esperanza. Esa lengua, como lo reseñó Víctor Klemperer, se había pervertido, y hasta después de la guerra continuaba afectada. La otra frase —“eso no debió suceder”— se vincula con esta, y cuenta con un brillante análisis de Milner, un psicoanalista francés que la interpretó como “eso no debería haber ocurrido por que yo y mi generación pertenecía a una esperanza que apostó al saber y no al poder, y ahora quedamos afuera¨. Fueron muchos los concernidos por una apuesta al saber y al pensamiento que resultaron traicionados por esa historia. Lo indecible de la tercer frase señala lo que esta más allá de la razón, el mundo oscuro de la pulsión, eso que sucede en el amor y en la guerra, y no porque se piense mucho o poco, sino porque atraviesa el pensamiento.
Aquello indecible, lo que no se sabe, la sustancia oscura, el íntimo barrio chino universal, es también parte de la singularidad del holocausto. La frase de un rabino que reproduce Lanzman en El ultimo de los injustos, podría aplicarse piadosamente a Hanna Arendt: “Los judíos siempre han tenido muchos mártires, pero pocos santos”. Su larga obra cruza sobre su famosa fractura y sigue invitando: desigual, rica y sugerente. También su crónica del New Yorker testimonia las dos heridas que le dejó la historia, la banalidad del amor y la del pensamiento.
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Fuente:   http://www.ideasdebabel.com/la-punta-del-iceberg-controversia-y-obra-en-la-memoria-de-hanna-arendt-por-fernando-yurman/



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