Alejandro Lafluf (Uruguay) - EL ESPÍRITU DEL TOTALITARISMO




1.     Weber y el Espíritu del Capitalismo.
Los orígenes del capitalismo moderno se remontan a la acumulación de capital en Inglaterra. Marx estudió las formas capitalistas a partir de esta acumulación pero fue Weber quién se preguntó ¿Qué fue lo que condujo a semejante acumulación de capital? El filósofo alemán encontró la respuesta en la Ética Protestante. Según Weber la Ética protestante constituye el Espíritu del Capitalismo. En efecto, Calvino había establecido la teoría de la predestinación. Dios es omnisciente y por tanto ya conoce si seremos salvados o seremos condenados. Sin embargo nosotros no lo sabemos. ¿Cómo saberlo entonces? Los calvinistas respondieron de este modo: la ganancia es la señal divina de la salvación. La ganancia sustituyó así a la gracia divina. Todos los protestantes en Inglaterra dirigieron su acción a conseguir capital pues el capital era la señal de salvación. Esta ética fundacional condujo a la acumulación de capital y fundó las bases del Capitalismo moderno.
2.     Arendt y el Totalitarismo.
Del mismo modo Hannah Arendt ha estudiado los Orígenes del Totalitarismo y ha descrito con genial agudeza cuáles es el proceso que conduce finalmente a los reinados del terror total. Mires analiza magistralmente el pensamiento de Arendt y resume[1] el proceso totalitario del siguiente modo: El totalitarismo es la anulación de la política mediante el Estado. El Estado sin sustento político se convierte en Estado total. El pueblo, la nación, el partido, el gobierno y el Estado son entendidos como una unidad absoluta. El Estado total es a la vez el terror total.
La anulación del pensamiento político no es más que la manifestación política de la negación del pensamiento como tal. El totalitarismo por lo tanto no es “un tipo de sistema social”, sino el resultado institucional de la degradación del espíritu, tanto colectivo como individual. El totalitarismo surge, o puede surgir, sobre las ruinas del pensamiento político. Habiendo perdido la condición política, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en seres banales. Y si somos banales, todos nuestros actos, incluyendo nuestras maldades, serán banales. La banalidad del mal es para H. A. una de las condiciones imprescindibles de la radicalidad del mal.
La banalización del ser humano precisa de su des-moralización radical. La des-moralización, desde el punto de vista filosófico, significa la supresión de la “conciencia”, voz que nos indica, a través de ese dialogo dinámico que es el pensamiento, cuales son las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo verdadero y lo falso. Sólo cuando esa voz interior calla, o es enmudecida, somos definitivamente banales. Luego, el ser banalizado es el ser vaciado de bien. Sólo a través de ese vacío (o vaciamiento) de las nociones del bien puede penetrar en plenitud la presencia del mal. Cuando perdemos la noción del mal, perdemos a su vez la noción del bien. Y al no poder o saber diferenciar entre la maldad y la bondad, caemos en la banalidad total, condición a su vez ésta de la maldad radical representada en los campos de exterminio: el triunfo del principio de muerte (el mal) por sobre el principio de vida; el asesinato masivo configurado como un simple proceso de producción técnica del cual, en definitiva, nadie aparece como ejecutor total. La banalización de cada ser humano es precisamente lo que permite la sumisión al arbitrio ideológico y policial del líder total, representante del pueblo, de la nación, del partido y del Estado, a la vez.
El profesor Mires también resume[2] magistralmente los orígenes del Totalitarismo para H.A. Al respecto expresa lo siguiente: “Los orígenes del totalitarismo hay que encontrarlos en el derrumbe (desintegración) de las estructuras que conforman la llamada sociedad de clases. Para H.A. las clases constituyen el andamiaje arquitectónico que da sentido y forma a la sociedad. Por lo tanto sin clases no hay alianzas de clases ni asociaciones de clase. Cada clase comporta la existencia de asociaciones, las que son inter y extraclasistas. Sin clases no puede hablarse de asociaciones y sin asociaciones no hay, por supuesto, “sociedad”. De acuerdo a Arendt el derrumbe de las estructuras clasistas –que no es lo mismo que la desaparición de las clases- no proviene ni da origen a una sociedad igualitaria sino a una sociedad de masas la que a su vez origina la desigualdad más radical posible que es la que se da entre un pueblo masificado y un Estado que reclama para sí el monopolio absoluto de la política. Según H. A. todo régimen totalitario es precedido por movimientos sociales de masa que se articulan simbólicamente en torno a la figura de un Führer (conductor). De este modo, las clases, aún existiendo, asumen la forma de masa y la masa la forma de populacho (Mob). Este, al que podríamos llamar “momento populista del totalitarismo”, es una condición ineludible a toda formación totalitaria”.
Degradación espiritual individual, desintegración colectiva, Masa-Elite, Ideología, Banalización, Populismo, Totalitarismo, Violencia, Terror y Maldad radical son así las distintas manifestaciones o expresiones que asume el fenómeno totalitario. Sin embargo me importa destacar que la anulación del pensamiento que tiene lugar con la Ideología, si bien es reforzada por la Banalización, resulta finalmente clausurada por la violencia del régimen. En efecto, cuando el Estado total irrumpe con toda su fuerza para reprimir por todos los medios la libertad de pensamiento, de expresión y de asociación, permitiendo exclusivamente aquellos pensamientos, expresiones y asociaciones identificadas con el régimen, ya no hay salida. Se cierran todas las puertas y el terror queda servido. Los opositores son simplemente aniquilados y la maldad ya no encuentra límites personales ni institucionales. Hay un momento en que las posibilidades para el pensamiento (ergo, para la crítica y la política) se clausuran definitivamente. Ese momento llega con la violencia sistemática que introduce el régimen (por lo general a través de la militarización). Es importante establecer esto porque la banalización – como consecuencia de la ideología – es poderosa para anular el pensamiento pero no para clausurarlo. La ideología y la banalización en todo caso preparan el camino. La ideología puede convertir libros en ceniza  (quema de libros) pero será el Estado total el que convierta a las personas en ceniza (campos de concentración). Con la ideología hay banalización pero todavía hay política (residuos o reservas), con la violencia desaparece definitivamente la política y es sustituida por el terror  - que al carecer de límites – se convierte en terror total-. Como enseñaba H.A. cuando no hay política hay violencia.
3.     El Espíritu del Totalitarismo.
Me interesa establecer claramente el pensamiento de H.A. porque lo que me propongo hacer en este trabajo es precisamente trascenderlo. Y digo trascender porque no voy a cuestionar o criticar de modo alguno el marco teórico propuesto por H.A.. Estoy profundamente de acuerdo con la autora acerca de cuáles son las distintas manifestaciones del fenómeno totalitario y los distintos momentos que recorre el fenómeno hasta su consumación final.
Lo que me propongo es llevar la tesis de Arendt hasta sus últimas consecuencias. Lo que me propongo es indagar ¿cómo es posible que la anulación del pensamiento se produzca? ¿cómo puede la ideología anular el pensamiento y bloquear su desarrollo? ¿cómo es posible que emerjan formas totalitarias desde el interior mismo de la democracia? ¿Por qué las formas totalitarias regresan, una y otra vez, a pesar de su conocido fracaso y de su mejor conocido desastroso final?
Estoy de acuerdo con H.A. incluso en que la explicación última del fenómeno es existencial, es decir, no radica en la política sino en la propia naturaleza humana. Como dice la propia H.A.  “el ser humano no es democrático por naturaleza”.
Sin embargo la pregunta vuelve: ¿por qué la naturaleza humana está reñida con la democracia? En otras palabras ¿cómo es posible que el pensamiento pueda ser anulado y bloqueado por la ideología para convertir al ser humano en un ser banal capaz de atrocidades indecibles?.
 4. En busca de las raíces del Espíritu del Totalitarismo.
La Religión y el Totalitarismo.
El pensamiento religioso es espiritual (místico). Busca darle alas al hombre para que trascendiéndose a sí mismo pueda alcanzar la visión y la experiencia espiritual. El pensamiento religioso pretende liberar al hombre no encadenarlo y por lo mismo no lo disminuye sino que lo ensalza.
Ahora bien, cuando el pensamiento religioso se degrada en ideología o en “negocio” (estoy pensando en todas esas religiones sin espiritualidad) deja de ser religioso. No estoy hablando de  los fundamentalismos. Los fundamentalismos son en todo caso un pensamiento religioso ritual y mítico. El peligro yace en los extremismos. Los extremismos no son religiosos sino ideológicos. El islamismo por ejemplo no es sino una ideología construida con elementos extraídos arbitrariamente del Islam como enseña Mires. El islamismo tiene tanto que ver con el Islam como la Inquisición tenía que ver con Cristo. Es decir nada.
En breve: la Democracia puede convivir con la religión en su versión mística e incluso en su versión fundamentalista sin embargo la democracia no puede convivir con la religión en su forma ideológica.
La Religión no es el problema porque la verdadera religión impide la radicalidad del mal. Quizás no impida la banalización (sobre todo en su versión mítica o fundamentalista), es cierto, pero no hay duda que impide la radicalidad del mal. Y la impide porque como bien intuía H.A. amenaza con el castigo divino, amenaza con el infierno, contra todo aquel que atente contra la vida o ejerza violencia. Para todas las verdaderas religiones Dios es Amor y por tanto ninguna de ellas puede afirmar el Principio de Muerte o justificarlo. Solo cuando la religión es convertida en ideología esta amenaza desaparece y es sustituida por los juicios de Dios, por las Inquisiciones o por los falsos martirios (Marcos Aguinis). Solo cuando la religión es convertida en ideología puede alguien matar en nombre de Dios y pensar que con ello se asegura el paraíso. Solo cuando la religión es convertida en ideología puede alguien quemar a una persona en la hoguera y pensar que está purificándola con el fuego divino. Ese malentendido solo es posible cuando la religión se pervierte y ello ocurre en el preciso instante en que uno de sus términos radicales (utilizo aquí el término radical en sentido etimológico) es negado: el demonio y con ello la posibilidad del infierno.
El problema de la radicalidad del mal entonces no encuentra su raíz en la religión sino en la ideología. Pues como afirma H. A., una de las propiedades de las ideologías modernas (marxismo, fascismo, liberalismo) es haber eliminado el temor al demonio, o lo que es igual: la creencia en el infierno. Fernando Mires tiene razón cuando parafraseando a Karamazov afirma “Si el demonio no existe, todo está permitido”, porque “sin la presencia amenazante del mal no reconocemos la posibilidad del bien, y al no poder diferenciar el mal del bien nos convertimos en seres no pensantes (banales). Como escribiera H. A. en su libro Ich will verstehen (Yo quiero entender): “Yo estoy segura que toda la catástrofe totalitaria no habría sobrevenido si la gente hubiera creído más en Dios, o por lo menos en el infierno” (1998: 85).
La Ideología y el Totalitarismo.
La ideología divide a la realidad primero y a las personas después. La ideología divide con la finalidad de anular las diferencias pues al dividirlo todo en dos partes ya no queda espacio para la diversidad. La división inaugura así una lógica de guerra, de amigos y enemigos, una dinámica que termina por generar adhesiones irracionales en uno y otro bando. La gente deja de pensar y empieza a creer. Y para creer no se necesita de ningún esfuerzo. Solo basta saber quién lo dijo. Si lo dijo alguien de mi bando entonces es algo bueno, justo y verdadero, si lo dijo alguien del bando contrario entonces es algo malo, injusto y falso. Esa banalización del discurso lleva a la banalización de la política lo que conduce  finalmente a la banalización social. Y cuando esto ocurre la violencia está servida. La ideología como enseña Mires es un “sistema de ideas petrificado”.
Un discurso petrificado intentará, para mantenerse vigente, subsumir, sujetar, y si es posible, determinar los hechos. Pero la vida y la libertad son tercas y constantemente producen hechos y acontecimientos nuevos, complejos, dinámicos y contingentes (que son nuevos, complejos, dinámicos y contingentes porque son vitales) que no permiten semejante subsunción y determinación. Como la ideología no puede sujetar la realidad, ni evitar los acontecimientos, tiene que crear, para sostenerse, su propia realidad (hiper-realidad). Cuando eso ocurre la banalización está servida. La Ideología necesita seres banales porque trabaja precisamente con esa “hiper-realidad” (construida en base a propaganda) que solo seres banales pueden creer.
Con la banalización la gente deja de pensar y empieza a creer. En semejante estado de banalización finalmente la gente termina creyendo lo que sea, incluso estupideces. Cuando ese momento llega lo que queda servido es la barbarie pues como advertía Voltaire “cuando los pueblos empiezan a creer estupideces, terminan por cometer atrocidades”.
La Ideología y el Espíritu del Totalitarismo.
La Ideología juega un papel fundamental en la anulación del pensamiento y en la banalización del ser humano y por tanto juega un papel aún más fundamental en la constitución de ese Estado Totalitario. Sin embargo la Ideología no constituye de ningún modo el Espíritu del Totalitarismo.  Es cierto que la ideología anula el pensamiento y bloquea su desarrollo pero lo hace a posteriori. La ideología nace de un pensamiento bloqueado, es la consecuencia de un pensamiento cuyo desarrollo ha sido bloqueado. Pero el origen de ese bloqueo no se encuentra en la Ideología sino en la propia naturaleza humana como advirtió H.A.. El origen de ese bloqueo se encuentra en la propia estructura del pensamiento. La ideología – como demostraré - nace de un pensamiento que está organizado de tal modo que puede ser ideologizado (ergo, banalizado). La forma en que está organizado el pensamiento porta consigo el germen de la ideología y ello porque la forma en que está organizado el pensamiento explica la predisposición para que ese bloqueo ideológico se produzca.
El carácter y organización del pensamiento es lo que condiciona y ambienta su bloqueo. Es ese carácter lo que “naturalmente” dificulta la construcción de una conciencia crítica que impida, precisamente, que el pensamiento asuma forma ideológica.
Por lo tanto la pregunta vuelve ¿Por qué los seres humanos se dejan arrastrar por la ideología? o lo que es lo mismo ¿cómo es posible que el pensamiento pueda ser anulado y bloqueado por la ideología para convertir al ser humano en un ser banal capaz de atrocidades indecibles?
5.      Tesis: El Deseo y el Espíritu del Totalitarismo.
Freud nos ha enseñado que existen dos pulsiones fundamentales que operan en el ser humano: el principio de vida y el principio de muerte. El principio de vida se expresa a través del placer. El deseo por tanto es causa inmanente. Si hay hombre hay deseo y si hay deseo hay hombre. Ninguna filosofía, incluso la budista, niega el deseo. El deseo que quiere matar Buda no es el deseo propio sino el deseo del otro que se halla incrustado en cada uno y que debemos matar para poder emanciparnos y ser definitivamente libres.
El deseo es radical. El deseo viene primero. En efecto, primero deseamos, luego pensamos. Cuando el niño llora para descargar su ansiedad y la madre se acerca para amamantarlo, asumiendo que llora por hambre, ese niño aprende, en ese solo acto, cómo se conecta el deseo con su satisfacción. El pensamiento se organiza así en función del deseo y en pos de su satisfacción. Siguiendo a Deleuze[3] el hombre es un individuo. Un individuo es un cuerpo. Un Cuerpo no es una entidad cerrada sino una relación organizada. Un cuerpo se relaciona con otros cuerpos, busca “componerse” con otros cuerpos. Esa relación es el deseo. Y el deseo es “agenciamiento” con otros. Un agenciamiento que tiene dos resultados posibles: atracción o repulsión. El niño es - como decía Freud - un polimorfo perverso ¿por qué? Porque en esos momentos su cuerpo todavía se encuentra indiferenciado y por tanto el niño puede extraer placer de cualquier parte de su cuerpo. Solo después, su cuerpo (ergo, su deseo) empieza a territorializarse.
El deseo se mueve, es un flujo. Somos “maquinas deseantes”. Y la forma en que satisfacemos esos deseos es conectándonos con otros cuerpos. Ahora bien, la forma fundamental de esa conexión es binaria. La boca del niño conectada al seno materno es el modelo arquetípico de esa conexión. El deseo es binario porque su satisfacción es binaria. O la boca se conecta al seno materno y la energía fluye y el niño está satisfecho o no se conecta al seno materno y el niño padece y llora. Este mecanismo luego se diversifica con la aparición de otros deseos. Incluso llega a sofisticarse cuando somos adultos pero opera siempre del mismo modo. Y opera siempre del mismo modo porque opera sobre aquella huella mnémica inicial, originaria y radical.
En breve: El deseo es binario. El deseo se vale del pensamiento para su satisfacción. Como la satisfacción de ese deseo es binaria el pensamiento tiende a organizarse del mismo modo. No significa por supuesto que el pensamiento no pueda trascender esa estructura binaria. Pero ocurre que el pensamiento durante mucho tiempo – sobre todo en la niñez – se ordena exclusivamente en función del deseo y por tanto su predisposición inicial (originaria) es binaria. El pensamiento tiende a recorrer la huella mnémica que el deseo ha trazado.
La estructura binaria del deseo lleva al pensamiento binario. El pensamiento está ordenado en principio para satisfacer el deseo. Si el deseo es binario entonces el pensamiento también tiene que serlo porque está ordenado para su satisfacción. De este modo el pensamiento se organiza también de forma binaria. Y aquí yace a mi juicio la primera raíz del espíritu del totalitarismo. ¿Por qué? Porque la ideología también adopta una estructura binaria cualquiera sea su versión: socialismo o muerte (Castro) democracia o muerte (Bush) proletariado o burguesía (marxismo) economía o ética (liberalismo) un pueblo un imperio un líder (nazismo) libertad o disciplina (fascismo) revolución o contra-revolución (Stalin), etc. Esa ideología binaria termina por anular el pensamiento y bloquear su desarrollo. Pero la Ideología no crea esa anulación sino que la refuerza. Dicho de otro modo: la ideología puede reforzar esa anulación porque la estructura binaria del pensamiento lo permite. Solo un pensamiento binario puede ser ideologizado. La ideología es binaria y si puede prosperar es porque trabaja sobre las ruinas del pensamiento, o lo que es lo mismo, sobre un pensamiento binario. Si el pensamiento no fuera binario la ideología no tendría la menor chance de prosperar para reforzar esa anulación. La desintegración individual está dada por la estructura binaria que adopta el pensamiento.
El deseo es binario y por tanto el pensamiento es binario. Como el pensamiento es binario la ideología puede hacer su trabajo. La ideología refuerza ese pensamiento binario y termina por bloquearlo definitivamente, pero en todo caso, esa es la consecuencia, no la causa. La ideología retroalimenta ese proceso de supresión y anulación del pensamiento – qué duda cabe - pero no explica el origen o la razón última por la cual el pensamiento puede ser anulado. La ideología no bloquea originariamente el desarrollo del pensamiento porque la ideología como tal presupone la anulación del pensamiento, ergo, no puede ser su causa. Si existe un pensamiento crítico la ideología no puede surtir efecto. Un pensamiento crítico no puede ser anulado, solo un pensamiento binario puede ser anulado, o mejor, ideologizado y banalizado. La ideología (que es binaria) aprovecha la disposición binaria del pensamiento y lo (re)subordina en una nueva dualidad – puesta al servicio de su banalización y posterior bloqueo -.
Reitero, la ideología consolida ese bloqueo, lo refuerza pero no explica su origen. La ideología es un discurso, un discurso petrificado como afirma Mires pero se trata de un discurso que avanza, crece, prospera y se consolida porque avanza sobre las ruinas del pensamiento, crece como consecuencia de un pensamiento anulado. La ideología aprovecha y consolida esa anulación pero no la crea.
Del mismo modo si aceptamos con Deleuze que el deseo es colectivo entonces el individuo – llevado por el deseo – también es colectivo. Si el individuo es colectivo entonces puede convertirse en Masa. La segunda raíz del espíritu del Totalitarismo es precisamente el carácter colectivo del deseo. Ese carácter es el mismo que adopta el individuo y que lo convierte en Masa. La estructura binaria y colectiva del deseo propicia la desintegración individual que conduce luego a la desintegración social. La ideología opera finalmente sobre individuos convertidos en Masa. La materia prima de la ideología es la Masa. La ideología es la que da forma ideológica a esa Masa.
En breve: El deseo es binario y colectivo, ergo, somos seres binarios y colectivos. El carácter binario del pensamiento explica la Ideología. El carácter colectivo del deseo explica la Masa. La ideología opera sobre la Masa y le confiere forma ideológica. Esa masa ideologizada es la que finalmente se banaliza y crea las condiciones para el Estado total. Luego el Estado total utiliza la violencia (para impedir la libertad de pensamiento de expresión y asociación) y clausura definitivamente el pensamiento y con ello cualquier posibilidad de emancipación. Cuando ello ocurre el terror total está servido y con ello la posibilidad de la maldad radical.
La tercera raíz tiene que ver con el Principio de Muerte. Somos seres binarios y colectivos pero sobre todo somos seres conservadores. Este carácter conservador viene dado por aquella huella mnémica y se vincula directamente con la repetición. Nos aterra el cambio porque tememos abandonar la huella a la que está conectada la satisfacción del placer, razón por la cual nos repetimos. De este modo tendemos a restaurar el estado anterior de las cosas antes de crear un nuevo estado de cosas. Es este carácter restaurador y conservador lo que explica por qué los “populismos” regresan. La aparición del populismo tiene que ver con el carácter binario y colectivo que hemos señalado. Pero el regreso de estos populismos  - aún cuando hayamos visto adónde nos conducen  - tiene que ver con el Principio de Muerte (léase, condición conservadora) que está incrustada en nuestro ser y que tiende apostar por la repetición antes que por lo nuevo. En algún recóndito lugar de nuestro ser pensamos que la culpa no radica en el deseo (y en su forma de organización binaria) sino en el objeto del deseo y por ende tendemos a pensar que si cambiamos el objeto de nuestro deseo las cosas serán diferentes y nuevas. Por supuesto lo que ocurre es exactamente lo contrario y las cosas vuelven a repetirse bajo distintas formas – nada más -  y cuando lo advertimos, por lo general, ya es demasiado tarde.
No tratamos nunca de cambiar la forma colectiva y binaria de pensar sino que simplemente asumimos que si buscamos un nuevo objeto de deseo las cosas serán distintas. Es tan absurdo como pensar que si sustituimos a Mussolini por Stalin o a ambos por Hitler las cosas serán diferentes. Nunca reparamos en las condiciones que nos condujeron a entregar nuestro pensamiento y nuestro destino a personajes como Mussolini, Stalin o Hitler sino que personalizamos las cosas y volvemos a apostar del mismo modo sin alterar en lo más mínimo el mecanismo que creó las condiciones para que semejantes personajes aparecieran y crecieran en la escena pública. Es prácticamente igual al ejemplo del niño, que siendo retado por su padre para que no toque el enchufe de la cocina, acata la orden pero luego va y toca el enchufe del living o del cuarto.
Y la clave de este comportamiento (repetitivo, binario y conservador) no remite a ningún SUPERYO o a ninguna racionalización que nos haga “proclives a justificar los peores actos en nombre de ideales superiores y cósmicas ideologías”. Esas racionalizaciones aberrantes solo son posibles cuando ya estamos frente a seres banalizados. La banalización arruina al YO. Ahora bien, que el YO esté banalizado no significa que no tenga uso de razón lo que ocurre es que tiene una razón banalizada, por eso es capaz de racionalizaciones aberrantes - que no son sino el único producto que esa razón banalizada  puede producir -.
Esas racionalizaciones son poderosas y reales pero en todo caso constituyen el efecto de la banalización no su causa. La raíz del problema remite al ELLO, o lo que es lo mismo, a la estructura del deseo. Esa estructura binaria determina una conciencia binaria. No se trata de que los seres humanos no sepan o no quieran pensar. La clave es que no pueden pensar, o mejor, no pueden pensar sino de forma binaria, su pensamiento no puede trascender esa forma y se organiza y se despliega bajo las formas talladas por el deseo. Einstein dijo una vez “la gravedad se encuentra tallada en la geometría del Universo”. Parafraseando al físico alemán podríamos afirmar que “el pensamiento se encuentra tallado en la geometría del universo del deseo”. Esa geometría es binaria, ergo, el pensamiento es binario. Todos los seres binarios son carne de cañón para el pensamiento ideológico. No se trata de que no quieran, o no sepan, o no puedan pensar sino que solo quieren, saben y pueden pensar de forma binaria. Este modo de pensar es lo que ambienta y predispone al ser humano a la ideología y a la banalización.
En breve: primero deseamos y pensamos en forma binaria, luego caemos en la ideología y nos convertimos en masa, luego se anula definitivamente nuestro pensamiento y nos banalizamos y finalmente cometemos atrocidades.  
6.      ¿Cómo trascender el pensamiento binario, colectivo y conservador
Solo un pensamiento binario puede ser anulado. Un pensamiento crítico es por definición complejo y por tanto no puede ser anulado. Si nos aseguramos la producción de un pensamiento crítico entonces la Ideología (ergo, la banalización) no puede prosperar. Para construir y asegurar un pensamiento crítico no hay necesidad de suprimir o matar el deseo. La idea no es negar el deseo o intentar que adopte otra estructura. Es imposible matar, negar o modificar el deseo y el mecanismo binario que lo gobierna. Incluso aunque lo diversifiquemos la matriz seguirá siendo binaria: mi equipo de futbol gana o pierde, salgo con esa chica o no salgo con ella. Podemos diversificar o incluso sofisticar el deseo pero no eliminar su mecanismo básico[4].
Ahora bien, lo que no vale para el deseo sí vale para el pensamiento y ahí radica la esperanza. El pensamiento que se diversifica se torna complejo y por ende deviene necesariamente crítico. Lo que podemos hacer por tanto es desacoplar el deseo del pensamiento. Seguiremos deseando igual pero podemos pensar diferente. Podemos romper la atadura inicial y deshacernos de la estructura binaria del pensamiento. Para trascender esa estructura es necesario simplemente diversificar y complejizar el pensamiento; no para modificar nuestros deseos (y su forma binaria de satisfacción) sino para modificar nuestro pensamiento (y su forma binaria de organización). Si el pensamiento se diversifica entonces se complejiza y se torna crítico y no hay modo de que la ideología (por definición, pensamiento binario) pueda cooptarlo. Una sociedad culta no puede ser una sociedad ideologizada. Y digo bien: una sociedad culta, no una élite culta. La cultura y la educación han de llegar a todos. Este es el único antídoto contra la ideología. La Educación es la clave para diversificar y complejizar el pensamiento y desacoplarlo de la estructura binaria del deseo. La educación es la única esperanza para la formación de una conciencia crítica. Si el régimen – ya sea que estemos en democracia o en dictadura, es lo mismo – se apodera de la Educación y promueve una educación ideológica entonces no habrá forma de evitar que la democracia se convierta en dictadura.





[1] Fernando Mires, “Hannah Arendt El Totalitarismo y la Maldad (dos ensayos)”.
[2] Idem ob cit.
[3] El Anti Edipo. Capitalismo y Esquizofrenia. Gilles Deleuze y Félix Guatari.
[4] El consumismo y el populismo son dos caras de una misma moneda. El consumismo es la contracara económica del pensamiento binario y el populismo es la contracara política del pensamiento binario. El consumismo (no el consumo) se deja orientar por la misma lógica de satisfacción binaria y repetitiva del deseo. En el consumismo se ve claramente como el pensamiento opera sin mediación para la satisfacción del deseo. Repitiéndose una y otra vez y recorriendo, una y otra vez, la misma huella mnémica – que a pesar de la aparición de nuevos productos no se altera un ápice y reproduce una y otra vez el mismo proceso bajo la misma estructura-. 

Comentarios