CUATRO COLUMNISTAS CUBANOS ESCRIBEN SOBRE VENEZUELA



Traje a la medida
Por Armando Chaguaceda

Que el Gobierno de Cuba sirve al de Venezuela como sostén es cosa sabida. Sus aparatos de inteligencia convierten la militancia de oposición en disidencia perseguida.

El control y propaganda comunicacionales, que invisibilizan la crisis política y humanitaria venezolanas, amplifican su mensaje vía Telesur.

Los hoy maltrechos servicios básicos —con los que Chávez remontó su impopularidad de 2002— fueron eficaces para el clientelismo de barrio. Así, en la dimensión práctica de la política, Cuba es una variable decisiva para el mantenimiento de un régimen que goza hoy de menos del 20% de apoyo poblacional.

Donde la referencia ha sido más accidentada y velada es en el carácter modélico del diseño institucional cubano, como horizonte deseable del chavismo. Si bien tuvo siempre en su seno y liderazgo pulsiones autoritarias, su heterogeneidad social, el eclecticismo ideológico y el contexto electoral de su ascenso al poder impidieron que la brújula del proyecto de Chávez fuese una Constitución autocrática.

La Constitución de 1999, combinando el respeto a los derechos civiles y políticos de matriz liberal y las instituciones de la democracia representativa —partidos, tripartición de poderes— expandió la participación —en lo comunitario y lo pleisbicitario—, la inclusión social y los derechos humanos de forma innovadora y generosa.

Fue posliberal, no antiliberal e incluyó mecanismos que permitieron al soberano —el pueblo real, diverso y dinámico— apoyar unas propuestas del Ejecutivo (revocatorio presidencial de 2004, introducción de la reelección en 2009) y desestimar otras (reforma constitucional de 2007). Siempre mediante el voto universal, libre y secreto.

Por eso cuando Maduro huérfano de apoyos, convoca a una Constituyente popular ad hoc, es una trampa. Su "pueblo" es una fracción minoritaria, sujeta al control político y la lealtad ideológica, de la ciudadanía. Menguada por el número y la filiación. A la que pretende usar, mediante un esquema corporativo y designación vertical, para asesinar la Constitución vigente. Y en eso, ahora desde el lado normativo, soplan vientos caribeños.

El parto de la Constitución cubana fue la antítesis de la democracia y el republicanismo. Su redacción fue obra de un órgano de 20 miembros, designado por la máxima dirección estatal y partidista, de la cual recibió indicaciones especificas en cuanto a contenidos y principios básicos. A diferencia de sus predecesoras liberal (1901) y social (1940), la Constitución estalinista de 1976 no emanó de una asamblea convocada y electa. Su Anteproyecto fue probado en el Primer Congreso del Partido Comunista, único. La deliberación popular en el "proceso constituyente" fue conducida centralmente, sobre pautas preestablecidas. Sin posibilidad de que la diversidad social y política pudiera reconocer(se), comunicar horizontalmente ideas, contrastar puntos de vista entre sí y respecto a la propuesta oficial. Se trató de una participación fragmentada, con escasa posibilidad de control de la agenda.

Luego, esa Constitución ha sido reformada dos veces (1992 y 2002), siempre bajo los designios del poder. La Asamblea Nacional cubana es un "parlamento" que no delibera ni legisla, que sesiona poco y vota unánime. Como a sus primas del mundo soviético, la Constitución le otorga formalmente la primacía; pero el poder real reside en los Consejos de Estado y Ministros y, por encima de todo, en el Politburó del Partido único. Hacia allí quiere dirigirse Maduro. A suprimir, de jure y/o facto, la pluralidad, debate y autonomía políticos, incluidos los de sus aliados. Para ello trae, desde La Habana y con ciertos bordados mussolinianos, un traje a la medida.


La traición de Maduro a Chávez y al Socialismo del Siglo XXI
Por Pedro Campos

Porque se ha hecho costumbre llamar al desastre implantado en Venezuela, Socialismo del Siglo XXI, se hace indispensable recordar que las ideas originales con ese nombre no corresponden a Chávez, mucho menos a Maduro, sino que fueron expuestas por el alemán Heinz Dieterich, quien fuera asesor de Chávez y terminó separándose de él, precisamente porque lo que este venía haciendo, se distanciaba cada vez más de aquellas ideas.

Ya he escrito otras veces sobre el tema, con conocimiento de causa, pues tuve la oportunidad de relacionarme con aquel movimiento y conocer personalmente a Dieterich, discutir esas ideas y sus basamentos científicos y participar junto a él en  dos eventos internacionales en el 2006 y en el 2007, en Bolivia y en Ecuador, respectivamente, donde expusimos y debatimos publicamente las esencias del Socialismo del Siglo XXI.

Tales eran tres: 1-la democracia participativa y decisoria, con presupuestos participativos locales, cada vez más directa gracias al desarrollo  de Internet, con respeto a las libertades y derechos civiles, elecciones periódicas, y referendos revocatorios y para las leyes principales; 2-el estímulo al desarrollo de las formas  asociativas, autogestionarias, cooperativas de produccion, y 3-el intercambio de equivalentes en el mercado, tratando de minimizar los efectos de la Ley de Oferta y Demanda.

Chávez inicialmente gustó del nombre de Socialismo del Siglo XXI, se asesoró unos años con Dieterich, generó la Constitución democrática bolivariana de 1999, con garantías para los derechos civiles y los tres poderes independientes, en la que se establecían principios básicos de la democracia participativa directa, y empezó a estimular el desarrollo de cooperativas de todo tipo, ofreciendo financiamiento, igualmente apoyó el establecimientos de procesos autogestionarios bajo control de los trabajadores en algunas empresas estatales. 

Ni Fidel Castro ni su hermano apoyaron jamás esas ideas y nunca mencionaron las palabras Socialismo del Siglo XXI. En el 2007 personalmente dejé en las oficinas de ambos un CD con un conjunto de trabajos e investigaciones realizados junto con otros compañeros sobre la necesidad de desestatizar la sociedad y especialmente la economía, con el fomento del cooperativismo y  la autogestión empresarial. Nunca recibí siquiera acuse de recibo. Siempre supe, por su “vanguardismo” de la oposición de los Castro al poder del pueblo y los trabajadores, pero entonces intentábamos influir desde dentro, aprovechando el auge de aquella ideas impulsadas por el líder venezolano, con la esperanza de que podrían lograr simpatías en Cuba.

Pero fue al revés. Chávez, bajo la influjo de Fidel se fue separando cada vez más de las ideas del Socialismo del Siglo XXI, pero siguió usando el nombre, -como mismo han hecho los Castro con el vocablo socialismo- mientras las cooperativas que financiaban se convirtieron en fuentes de corrupción, las empresas inicialmente  convertidas a la cogestión fueron totalmente estatizadas, y se impuso la idea general del estatalismo asalariado, característico del estalinismo y el castrismo.

A pesar de lo incómoda, por lo democrática, el entonces presidente de Venezuela se mantuvo fiel a los  principios de la Constitución bolivariana que enarbolaba constantemente, demostrativa de la legitimidad de su gobierno.

Sin embargo, luego de su muerte, ya el chavismo en decadencia como se mostró en su intento reeleccionista, el poder fue traspasado a Maduro, un procastrista empedernido, que ganó la primera elección por una diferencia que siempre trajo suspicacias, pero en vez de tener en cuenta la correlación de fuerzas,  todo cuanto hizo después solo sirvió para acrecentar el desastre económico, aumentar la oposición y profundizar la división del chavismo, trayendo como consecuencia la pérdida en elecciones, de  la mayoría en la Asamblea Nacional.


El “Socialismo del Siglo XXI” defendido por Maduro no estaba siendo más que una versión venezolana del estatal socialismo voluntarista cubano, con todas sus desastrosas consecuencias en la economía y  en la sociedad. Su posterior oposición al constitucional referendo revocatorio, el precipitado movimiento para controlar el tribunal supremo de justicia antes de que tomara posesión la nueva Asamblea de mayoría opositora y los intentos de desconocerla, vienen a coronarse con su reciente llamado a una nueva Constitución, a todas luces, destinada a excluir de la Asamblea a la oposición y evitar la convocatoria a elecciones presidenciales.

En fin tratar de garantizar el control del poder por el grupo madurista, que declarándose heredero del chavismo y el socialismo del siglo XX, pretende echar por tierra lo mejor que dejó Chávez: la Constitución bolivariana del 99.

De esa manera Maduro y su grupo,  evidentemente asesorado por La Habana y tratando de repetir la esencia antidemocrática de la Constitución “socialista” de 1976,  traicionan definitivamente el legado de Chávez y las ideas originales del Socialismo del Siglo XXI que  siguen enarbolando  con el mismo cinismo con que los Castro han hablado de socialismo en todos estos años.

Ese paso, junto a la salida de Venezuela de la OEA y la intención de armas a miles de chavistas, en una sociedad muy dividida, marcada por la violencia y los asesinatos, se perfila como el preámbulo de una agudización de las contradicciones en Venezuela y en la región de consecuencias terribles, no solo para los venezolanos.

Se trataría, a la vez de un intento por frenar, a la fuerza, la caída en picada de la ola populista estatalista, -incluida la debacle del gobierno castrista-,  iniciada con la llegada de Chávez al poder y el estímulo de Fidel Castro a una segunda intentona de establecer en la región, esta vez por vía democrática,  un polo de poder antiestadounidense, supuestamente antiimperialista y socialista, sustentado en el poder económico derivado del petróleo venezolano y apoyado por potencias europeas.

Pero el mundo ha cambiado, la contradicción fundamental que lo mueve hoy no es izquierda-derecha ni capitalismo-supuesto socialismo, sino democracia-dictadura.  Los que no se percaten de ello y pretendan seguir imponiendo dictaduras descubiertas o disfrazadas, pagarán las consecuencias, más temprano que tarde.

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¡Agárrate, pana! (1)
Por Germán M. González

La Historia se repite, primero como tragedia y luego como comedia.

En Rusia la Revolución que derrocó al régimen zarista y dio origen a una fragilísima democracia de muy corta duración resultó interrumpida y liquidada por el pusht protagonizado por el ala bolchevique del Partido Socialdemócrata de Rusia, la minoría dentro de un partido minoritario que sin embargo, convertido en Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, único permitido, ejerció un poder absoluto (sus máximos dirigentes) mientras duró esa unión. Represión, genocidios, geofagia, irrespeto a los más elementales derechos humanos caracterizaron los poco más de setenta años de su existencia.

En 1933 el partido Nacionalsocialista Obrero de Alemania (Nazi por sus siglas) logra mediante una  alianza con otros partidos en el parlamento una Ley habilitante que confirió a Adolfo Hitler, su jefe, poder absoluto. No se celebraron más elecciones, los horrores del nazismo aterran a quien los conoce y se desata la II Guerra Mundial cuyas consecuencias aún sufre Alemania y la humanidad.

En China una historia similar. La inmensa mayoría del pueblo chino, analfabeto, ni siquiera conocía de la existencia del término “socialismo”, muchísimo menos de Marx o Lenin, sin embargo el Partido Comunista Chino ejerce aún una dictadura que ha provocado hambrunas de millones de muertos, épocas tan trágicamente absurdas como la del “Gran Salto Adelante” o la “Revolución Cultural” y hoy ha generado 40 millones de millonarios y 900 millones de chinos por debajo del nivel (del chino) de pobreza. Millones emigran hacia cualquier parte a pesar de los pregonados éxitos económicos del país.

Corea sufrió una cruenta guerra cuando el norte gobernado por el Partido de los Trabajadores de Corea invadió en sur, llegando a tomar su capital, obligado a retroceder, luego de la entrada de tropas chinas vuelve a avanzar. Las tropas de la Organización de la Naciones Unidas (ONU) con mayoría absoluta estadounidense los obligan a retirada y al fin se firma un armisticio, no la paz, hasta hoy. Hambrunas desoladoras y represión en un país convertido en búnker artillado son hoy las consecuencias de que el citado PTC se negara a participar en las elecciones libres auspiciadas por la ONU en 1948 y en consecuencia se concretara la división del país.

En Cuba, un golpe de estado en 1952 interrumpió la estabilidad democrática y el proceso de cubanización de la economía, la lucha por restaurar la avanzada Constitución de 1940 y su Código electoral de 1943 que involucró a todo el pueblo cubano. Derrocado el dictador, la cúpula fidelista junto a habilísimas maniobras urdidas por estalinistas nativos con asesoría soviética provocaron miles de fusilados y encarcelados por largas condenas dictadas en juicios “sumarísimos” sin elementales garantías procesales, frustrando el anhelo libertario.

Todo eso provocó la guerra civil que convirtió a Cuba en teatro de la pugna entre los soviéticos, suministrando al gobierno todo tipo de recursos, y los estadounidenses haciendo lo mismo en menor escala con los opositores, llegando a casi el desencadenamiento de una guerra nuclear. Al final se consolidó un régimen dizque “socialista” de estatalización total del país y negación de elementales derechos humanos.

En Cuba no se eligen gobernantes en ninguna instancia desde 1948 ¡69 años!

Con esos antecedentes puede pronosticarse lo que espera a los panas dentro de 50 años si no logran garantizarla democracia: Habrá desaparecido o casi la industria petrolera y petroquímica (como la azucarera en Cuba). Ídem flota mercante, de pesca en fin, el resto de los sectores económicos. El llano inmenso estará cubierto de marabú. La dieta cárnica y láctica se habrá sustituido por soya importada. Los autos de hoy serán los almendrones (2) del futuro.
Maduro será Primer Ciudadano Eterno u otro título rimbombante (pos vitae).
De sus dirigentes solo sabrán que reciben, presiden, despiden llaman, exhortan, constatan.
De lo anterior se enterarán por el único diario con cuatro paginitas y un Noticiero de TV.
Los accesos incómodos a Internet estarán bloqueados. Sus salarios y pensiones se congelarán, pues no será necesario su voto. Nada sabrán de sus futuros Miguel Cabrera en la Gran Carpa.
Carecerán de privacidad, el Gran Hermano observa.

Completar el pronóstico llevaría varias páginas, por ahora: ¡Agárrate pana!

1-Apelativo amistoso en Venezuela.
2-Autos estadounidenses de los
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El poder constituyente y el origen de la dictadura
Por Rafael Rojas
En los años 90 el marxista italiano Antonio Negri escribió un libro, El poder constituyente (1992), que logró alguna resonancia en círculos de la izquierda latinoamericana. Negri recapitulaba las teorías constitucionales de Maquiavelo y Rousseau, Jellinek y Schmitt, y exploraba el papel de las revoluciones en la refundación jurídica de las naciones.

Pero Negri, en un giro teórico acorde al contexto de la post-Guerra Fría, insistía en que no sólo las revoluciones liberales (británica, norteamericana o francesa) sino también las comunistas, especialmente la bolchevique, habían activado sus propios procesos constituyentes.

Hugo Chávez entró en contacto con las ideas de Negri desde la cárcel, tras su fallido golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992. Y en cuanto llegó a la presidencia en 1998 propuso activar el mecanismo para rebasar la Carta Magna de la Cuarta República de 1961, que juzgaba “moribunda”. Dado que el poder constituyente reconocía la soberanía originaria del pueblo, el nuevo presidente convocó a una consulta nacional sobre el propio proceso constitucional y luego sometió el nuevo texto a referéndum popular.

La Constitución de 1999 honró ese origen, estableciendo el derecho a referéndum y el poder constituyente del pueblo. Ahora el gobierno de Nicolás Maduro, luego de negarse a aceptar la convocatoria a referéndum revocatorio y posponer las elecciones locales y regionales, apela a los artículos 347 y 348 para anunciar la instalación de una nueva Asamblea Constituyente. Está dentro de las atribuciones del presidente lanzar la convocatoria, pero los procedimientos de consulta, referéndum y elección por sufragio universal, directo y secreto de los asambleístas, al parecer, serán desechados.

Lo que busca Maduro es un parlamento de partidarios del gobierno, como la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba. Pero, ¿por qué necesita reformar la Constitución de 1999 para gobernar? Sencillamente, porque aquella Constitución, la chavista, es democrática y garantiza el gobierno representativo, la división de poderes y la competencia electoral, tres premisas que son, ahora mismo, obstáculos para el régimen madurista. Con esta nueva iniciativa, el gobierno venezolano da la razón a quienes en los últimos años han señalado que a Maduro no le interesa resolver el conflicto de poderes con la oposición legislativa, ni convocar las elecciones previstas por la ley, sino, simplemente, preservar el mando.

Luego de intentar transferir la función parlamentaria al Tribunal Supremo de Justicia, el madurismo tensa aún más la cuerda y aspira a una Constitución ad hoc, negación palmaria de la Carta del 99, que legó Hugo Chávez. En esa nueva Constitución estaría representado el propio madurismo, por lo que la crisis política venezolana no tendría solución y la posibilidad de una guerra civil seguiría nublando el futuro inmediato del país suramericano

  

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