Jorge Gómez Arismendi - EL 1 DE MAYO Y LA REVOLUCIÓN

Cada 1 de Mayo, Día del Trabajador, se recuerda a los mártires de Chicago, anarquistas ejecutados en noviembre de 1887 tras las huelgas que durante mayo del año anterior habían paralizado a gran parte de Estados Unidos, y cuya demanda esencial era una jornada laboral de ocho horas. ¿De qué se les acusaba? De haber participado, supuestamente, en los atentados del 4 de mayo en Haymarket Square, donde murieron 38 obreros y un policía. Sólo Oscar Neebe se salvó de la horca y fue condenado a 15 años de prisión. Adolf Fischer, August Spies, Albert Parsons, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab y Samuel Fielden no tuvieron esa suerte, aunque nunca se probó su real culpabilidad. No por nada Spies dijo durante el juicio: “Si la muerte es la pena por declarar la verdad, pues pagaré con orgullo y desafío el alto precio. ¡Llamen al verdugo!”.
Probablemente muchos, este 1 de Mayo, enarbolarán banderas en las calles ―con hoces y martillos― recordando los 100 años de la Revolución Rusa y, sobre todo, el asalto al Palacio de Invierno. Sin embargo, pocos tendrán en mente que luego de la derrota del despotismo zarista sobrevino una contrarrevolución brutal y represiva que restauró la tiranía del Estado. Porque en cada 1 de Mayo mucho se habla de las brutalidades cometidas por Estados capitalistas contra los trabajadores, pero poco se reflexiona acerca de la triste historia de la clase obrera en los Estados socialistas o comunistas. Esa que cuentan los (poco leídos) anarquistas como Volin, Rudolf Rocker, Alexander Berkman y otros. Porque ahí, en esos supuestos paraísos de igualdad y dignidad, los trabajadores fueron masacrados, perseguidos, encarcelados y esclavizados, en nombre de los propios trabajadores.
Y es que, como dice Fernando Mires, aún no ha sido narrada la historia del comunismo anti-obrero. Ese que destruyó sistemática y brutalmente sus diversas organizaciones, negándoles la libre asociación y el libre contrato, para ser sometidos bajo el poder burocrático de un solo partido y un solo hombre, como advirtió el propio Trotsky, el mismo que luego se jactaba de barrer con escoba de hierro a los ácratas.
En Rusia, los bolcheviques —los comunistas— no hicieron triunfar la libertad, sino que la aniquilaron, restaurando el autoritarismo y el Estado policial, usando incluso las cárceles y campos de trabajo forzado zaristas, convirtiéndose así en los nuevos amos de la clase obrera y campesina. Porque los bolcheviques no sólo crearon una policía política secreta, la Cheká, sino que con ella ejercieron el terror y la represión sistemática, sentenciando a muerte a blancos, zaristas, obreros, anarquistas, mutualistas, socialdemócratas, socialistas e inclusive viejos bolcheviques. Simplemente por ir contra la verdad oficial de aquellos que se alzaban al poder sin ninguna clase de escrúpulo, vistiéndose como los supuestos paladines del pueblo: la nomenclatura comunista.
A todos ellos los bolcheviques los acusaban de pequeños burgueses, de reformadores, de enemigos del pueblo. Hoy en Chile, tal como Lenin lo hacía hace más de cien años, algunos pretenden alzarse como sumos sacerdotes de la pureza moral, acusando a otros de ser simples reformistas o de tener intereses espurios.
Cada año hay quienes pretenden apropiarse del 1 de Mayo con un gran carnaval, como diría Jean François Revel, obviando o negando las luchas que obreros y trabajadores tuvieron que emprender en contra de quienes, en su nombre, los subyugaban de manera total y brutal, como ocurrió en la disuelta URSS, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y otros países. Muchos marchan el 1 de Mayo sin pensar en la represión sufrida por los obreros y trabajadores de Petrogrado por quejarse del abuso y autoritarismo de los comisarios bolcheviques. Tampoco recordarán que en el funeral de Kropotkin, el mensaje los ácratas era claro: abajo el Estado bolchevique. Muchos marcharán sin recordar la tragedia de Kronstadt, donde Zinóviev ―encargado de suprimir las protestas obreras y siguiendo lo hecho por Trotsky durante la guerra civil― llamó a tomar de rehenes a niños y mujeres, para luego acribillar a esposos y padres, obreros y marineros.
El poder no era para los soviets, como prometía Lenin, sino que era para el partido bolchevique. Se cumplía así la advertencia de Bakunin acerca de las ideas de Marx, en su carta de 1872 a La Liberté: “Después de un corto momento de libertad u orgía revolucionarias, ciudadanos de un Estado nuevo se despertarán esclavos, juguetes y víctimas de nuevos ambiciosos”.
Probablemente este 1 de Mayo muchos agitarán banderas rojas con la hoz y el martillo, sin saber que esos ambiciosos e insaciables de poder no eran otros que los bolcheviques.
 Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación Fundación Para el Progreso

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