Jorge Gómez Arismendi (Chile) - LA IZQUIERDA: LA RUPTURA DEL CONSENSO


A inicios de los años noventa, tal como Camilo Escalona me dijo en una conversación que quizás él no recuerda, a las izquierdas del mundo se les cayeron las grandes catedrales. La feligresía socialista quedó en la desolación. Sin embargo, esa especie de orfandad y pérdida de fe no fue igual para todos. El Partido Socialista ya había iniciado años atrás su proceso de renovación, tal como el propio Jorge Arrate me relató alguna vez en una entrevista, cuando primero abrazaron la democracia en contraste a la dictadura proletaria y luego el libre mercado en contraste a la economía centralmente planificada. En Chile, después del retorno a la democracia, una parte importante de la centro izquierda chilena dejó de mirar a los socialismos reales como referentes a seguir, para gobernar inspirándose en la socialdemocracia europea que gobernaba en el marco institucional y económico liberal. Otra parte asumía una posición monacal y devota ―confundida con consecuencia― que se negaba a asumir la muerte de dios, el fracaso estrepitoso del comunismo, sumiéndose en el ostracismo, bajo el eufemismo de lo extraparlamentario y lo testimonial.
Sin embargo, el pragmatismo razonable de los renovados en el poder no impidió mantener en ellos una disimulada afinidad con la fidelidad dogmática de la izquierda “testimonial” con regímenes como la RDA o Cuba. El mutismo frente a las dictaduras socialistas se convirtió en el consenso implícito de la izquierda durante los gobiernos de la Concertación. Quienes se atrevían a romper ese mutismo esbozando alguna crítica o demandando mayores libertades políticas eran considerados como viles traidores, mercenarios o a lo menos alienados. Muchos intelectuales latinoamericanos, como Octavio Paz, perdieron el beneplácito de la nomenclatura intelectual siendo tachados de reaccionarios debido a sus críticas, como cuando el poeta mexicano dijo que el régimen cubano era tan perverso como la dictadura de Pinochet. Paz era coherente y decía: “Si uno critica a una dictadura, también tiene que criticar a todas las dictaduras”.
Días atrás, a propósito del affaire Aylwin-La Habana, mientras el presidente del PC, Guillermo Teillier, seguía manteniendo ese consenso diciendo que Cuba no es una dictadura, Alberto Mayol, el sociólogo crítico del llamado modelo neoliberal, en una entrevista decía que el régimen cubano sí era dictatorial. Uno de los precandidatos del Frente Amplio, los mismos que consideran  como derecha a la Nueva Mayoría y el PC, estaba contraviniendo el consentimiento que por años la izquierda chilena, incluida la socialdemócrata, había mantenido a punta de eufemismos frente a los arquetipos de regímenes socialistas.
No tengo porque dudar de la sinceridad de la crítica a la dictadura socialista en Cuba que ha hecho Alberto Mayol. Sin embargo, creo que responde más bien a una estética y no necesariamente ética.
Quien refleja mucho mejor esa especie de dualidad es el propio diputado Boric, quien tiempo atrás, durante una sesión del Congreso a propósito de la caída del Muro de Berlín, dijo tajante que la RDA era una dictadura. Exhortó a las izquierdas a desembarazarse de las tiranías pues «ahí no se construyó el modelo que queremos para nuestros países». Sin embargo, luego de rechazar el autoritarismo y enaltecer la libertad y la igualdad, apeló a la lucha de clases como una situación objetiva e instó a tomar posición en esa reyerta. Claramente la visión que tiene el diputado, aunque aparentemente crítica del socialismo autoritario, es la misma que tenían los que hace más de 50 años gobiernan como partido único en Cuba, los que tienen a Venezuela en la miseria y es la misma que tenían los que construyeron el Muro de Berlín bajo la excusa de evitar el fascismo. Pero para el diputado Boric las brutalidades cometidas durante el totalitarismo comunista, en los diversos lugares donde se ha implantado, serían errores, desviaciones, pero en ningún caso serían producto del ideal que él abraza y cuyo fundamento es el odio de clases.
El camino al infierno está plagado de buenas intenciones.
El problema central de todo esto es que los nuevos cultores y promotores del socialismo en Chile, aunque se muestran a favor de la democracia, parecen desconocer que los objetivos que se trazan ―en favor de instaurar la justicia social y acabar con las desigualdades― son los que llevan inevitablemente al camino que lleva a una dictadura socialista o comunista. El propio diputado Boric dedicó en twitter sus respetos al fallecido Fidel Castro, lo que Rafael Gumucio muy bien definió como izquierdismo estético. Que mejor ejemplo de aquel izquierdismo que los estudiantes de la Universidad Católica que en sus cánticos naíf dicen ser hijos del Che, Fidel y Chávez, porque prefieren «las rimas a los hechos» tal como decía el escritor al criticar al diputado Boric. ¿Acaso no han mirado Venezuela y su socialismo del siglo XXI? De ese desastre ya no hablan muchos de los que hasta hace poco rendían pleitesía al modelo bolivariano. Es probable que muchos digan que no es ese tipo de socialismo lo que quieren para Chile sino algo al estilo escandinavo. Pero lo cierto es que en Escandinavia hay democracias liberales, muy capitalistas, con seguridad social. No hay socialismo en términos estrictos, menos al modo cubano o de la RDA.
Si aceptamos el maniqueísmo retórico imperante en Chile, de hablar de modelos políticos y económicos como si fueran camisas a cambiar, entonces surge la duda ¿Cuál es el tipo de régimen que proponen los miembros del Frente Amplio? ¿Una socialdemocracia capitalista al estilo escandinavo? ¿Un capitalismo al estilo suizo? ¿Una economía social de mercado a la alemana? ¿Una economía capitalista sin libertad política como China? ¿Un rentismo mono productor a la venezolana? ¿Hacia dónde están mirando? Más importante ¿Cómo pretender llegar a ello?

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