LAS ATROCIDADES DE ASAD NO PUEDEN QUEDAR IMPUNES (Editorial de El Mundo, España)


Desde el estallido de la guerra siria en marzo de 2011 se calcula que han muerto al menos 400.000 personas. Una cifra escalofriante a la que debemos añadir los 13.000 ahorcados en la cárcel de Saydnaya -próxima a Damasco-, en el marco de una abyecta campaña de ejecuciones extrajudiciales masivas impulsada por el régimen de Asad para eliminar a la disidencia. Así lo atestigua un demoledor informe de Amnistía Internacional, que denuncia una política de exterminio y prácticas que constituyen crímenes de guerra y de lesa humanidad autorizadas por el Gobierno sirio. No es la primera vez que testigos de las barbaries del régimen dan cuenta de torturas y ejecuciones para aplastar a la oposición. Pero, en este caso, estamos ante una operación de aniquilación sistemática y masiva, sostenida a lo largo de varios años. La comunidad internacional debiera actuar para que hechos de tal gravedad no queden impunes.
Por desgracia, hoy el único organismo que podría tomar cartas en el asunto es el Consejo de Seguridad de la ONU, con capacidad para impulsar una investigación en la Corte Penal Internacional, aunque Siria no se haya adherido nunca a este tribunal y no reconozca su jurisdicción. Pero el veto seguro de Rusia a una iniciativa así permite al régimen de Asad estar absolutamente tranquilo. El dictador sirio está parapetado tras un biombo de impunidad que le permite cometer atrocidades contra la población civil y contravenir las convenciones de Ginebra sobre derechos humanos, tratamiento de prisioneros de guerra y protección de las víctimas de un conflicto armado como el del país árabe. La situación es tan terrible que ya ha provocado el éxodo de cinco millones de refugiados, el mayor drama humanitario en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
La contienda prosigue, aunque desde la toma en diciembre por parte del ejército gubernamental de las últimas áreas de Alepo -la segunda ciudad siria- en manos rebeldes, hay una sensación de statu quo muy favorable para el régimen de Asad. Gracias al apoyo militar de Rusia e Irán, Damasco ha consolidado sus posiciones sobre el terreno y ha dejado muy debilitada a la heterogénea amalgama de grupos rebeldes que forman la oposición, y que incluye desde facciones laicas apoyadas por Occidente a milicias islamistas como Al Nusra, filial local de Al Qaeda. Lo que no ha conseguido de momento el Gobierno de Asad es repeler al Estado Islámico, que hoy controla en torno a un tercio de Siria. De hecho, el IS trata desde hace meses de contrarrestar la fuerte pérdida de territorio en Irak con ofensivas tan espectaculares y propagandísticas en suelo sirio como la protagonizada recientemente en Palmira.
Esa fuerza de los yihadistas también la aprovecha Asad en su propio beneficio, presentándose como el único baluarte capaz de frenar al mayor enemigo del mundo actual. "O yo o el caos y la victoria de los terroristas islámicos", viene a decir el tirano sirio, consciente de que su relato cada vez tiene más eco en las cancillerías occidentales. Hasta que Rusia acudió en socorro de su gran aliado en el mundo árabe, en septiembre de 2015, Asad no hacía sino perder terreno en la contienda, hostigado tanto por el IS como por los rebeldes. Su derrota final se daba por garantizada. Y Washington, pero también capitales como Londres o París, en un error de cálculo estratégico indudable, advertían que cualquier solución negociada al conflicto tenía que dejar fuera a Asad. Eran los tiempos en que le acusaban de genocida y respaldaban a la alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, que ya en 2013 acusó al dictador de crímenes de lesa humanidad.
Hoy el escenario es bien distinto. Y casi todos los gobiernos occidentales parecen dispuestos a taparse la nariz y ver en Asad un mal menor. Casi nadie se atreve ya a excluirle de una salida diplomática a la guerra. Mucho menos cuando el nuevo presidente de EEUU, Donald Trump, parece estar decidido a secundar a Rusia en Siria. Con esa posición de fuerza, los emisarios de Damasco y los rebeldes volverán a sentarse a finales de este mes en una nueva ronda de negociación en Ginebra.
Tal vez a corto plazo la realpolitik se imponga y Asad tenga que seguir jugando un rol político destacado en su país. Pero sería inadmisible que la resignación occidental llegue al punto de mirar hacia otro lado ante sus atrocidades. Y, antes o después, Asad y los suyos deberán responder ante la Justicia en algún tribunal internacional como los que en su día se crearon para que no quedaran impunes los crímenes en la antigua Yugoslavia o en Ruanda. De lo contrario, la sociedad de naciones estaría enviando un mensaje a dictadores como el sirio muy peligroso para la estabilidad y la paz globales.

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