Rafael Quiñones - POLÍTICA Y VOCACIÓN


El tema sobre las implicaciones políticas, jurídicas y sociales de los Acuerdos de la Mesa de Diálogo entre el Gobierno de Venezuela y la oposición representada en la Mesa de la Unidad darían a lugar a un largo análisis que escapa de la brevedad de estas líneas. Sin embargo, es bueno resaltar que es necesario analizar los Acuerdos de acuerdo a tres enfoques: La primera, sus implicaciones. Segunda, el lenguaje en que fueron redactados. Y tercero, lo rápido con que el gobierno de Nicolás Maduro ha procedido a violarlos, lo cual se tocará muy por encima en estas líneas.

Tan inquietante como los Acuerdos en concreto, es que algunos asesores y defensores de los políticos que elaboraron los mismos, traten de reivindicarlos como éxitos tanto a nivel de fines como de medios, especialmente usando argumentos sostenidos por el genial Max Weber en su famoso trabajo “La política como vocación”. Dicho trabajo o al menos una parte de él es considerado con frecuencia como una interpretación y actualización del pensamiento político de Nicolás Maquiavelo, es decir, la  tensa relación entre medios y fines en política, entre la ética de conseguir el fin supremo de la política y la ética que regula la moral individual de cada persona.

Este aún vigente trabajo de Weber está siendo inadecuadamente promocionando, dándole sesgadamente más énfasis en el tema de la  diferencia abismal entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, es decir con fundamento esencial en los principios y valores o según la ética de la responsabilidad, que ordena tomar en cuenta las consecuencias previsibles cada acción. Weber es utilizado de manera deshonesta cuando se dice que cuando la oposición negocia con el gobierno en términos iguales, aceptando que para alcanzar los acuerdos  en la Mesa de Negociaciones, era necesario hacer concesiones tanto política como lingüísticas para alcanzar un fin mayor, ergo, la salida del actual gobierno y el posterior RENACIMIENTO de la democracia en Venezuela. En consecuencia, los valores éticos de responsabilidad a la hora de negociar debían otorgar poca importancia a  términos como “guerra económica”, “personas detenidas” “sabotaje”, “desacato a la Asamblea Nacional”; al igual que acceder a aceptar la tesis del fraude en las elecciones de Amazonas y por ende acceder a concebir que el actual parlamento está en situación de ilegalidad, sólo son instrumentos accesorios hacia  un fin mayor: Acabar con el autoritarismo en Venezuela. Lamentablemente nada de esto se sostiene.

La Oposición fue a las Mesas de Diálogo con el fin de encontrar de manera pacífica el fin de reemplazar el actual gobierno autoritario del país, por medios más éticos y humanamente menos costosos que la confrontación directa, sea pacífica o violenta. El fin era establecer una salida a la crisis política del país con el relevo de los actuales gobernantes, aunque el medio por algunos sectores podría ser cuestionable, poniendo en entredicho determinadas garantías constitucionales. Esto añade más gravedad cuando algunos de los voceros de la MUD que participaban en este diálogo afirmaban que si el diálogo no concluía en una salida electoral, debería suspenderse el diálogo. Conclusión, concretar una salida electoral en los diálogos era Ética de Responsabilidad (alcanzar una solución concreta) y de Ética de Convicción (cumplir la palabra dada a los ciudadanos).

Todo aquel que lea los acuerdos verá que términos como “salida electoral”, “referendo revocatorio”, “elecciones anticipadas” o “cronograma electoral”, ni siquiera aparecen como una futura posibilidad. Es decir, se faltó a la palabra ante la opinión pública (Ética de Convencimiento) y al objetivo del diálogo (Ética de Responsabilidad). Los apologistas de los Acuerdo tratan de sostenerse con un par de argumentos: Toda negociación es larga (aunque se haya dicho “el 11 es la cosa”) y que hay acuerdos implícitos que en los documentos no aparecen (lo cual ante un gobierno que reiteradamente viola acuerdos explícitos, legales y hasta constitucionales suena cuando menos ingenuo). Pero lo peor de todo, el gobierno logró convertir a la oposición tanto en acuerdos como a través del lenguaje en su cómplice en violar la Constitución. Los Acuerdos fueron el equivalente de venderle el alma al Diablo sin lograr nada a cambio. Un político que promete lo que sabe no podrá cumplir es doblemente irresponsable si culpa al público y sus adversarios por "no comprender”.

Ya todo lo anterior de por sí grave, se incrementa con ciertos aspirantes a ser consejeros de príncipes renacentistas, que jugando a Maquiavelo y Weber, tratan de callar toda voz que objete esta forma de hacer política, ya no con argumentos sino descalificaciones y lugares comunes al mejor estilo fascista. Es verdad que lo que se refleja en los medios de comunicación y en el caso específico de las redes sociales muchas veces no refleja la auténtica opinión pública en democracia. Ni en la mejor democracia el político puede regir su conducta a raja tabla con base a la opinión pública más depurada. Pero de lo anterior es muy diferente al despreciar las protestas concretas de ciudadanos confundidos y expertos connotados en estas lides como “canallas”, “mercenarios” y el famoso “¿Y tú que propones?”. Si un aliado o adversario lo que tiene contra ti son descalificaciones, hay que ignorarlo. Pero si tienes argumentos sólidos, hay que rebatirlos, no ceñirse contra su persona ni presumir de una sabiduría superior, PORQUE ESO NO ES DEMOCRACIA.

Los consejeros de príncipes que invocan a Weber para convertir una derrota política en una victoria, olvidan que en el mismo Weber nos deja claro que para alcanzar un determinado fin político, todo se construye sobre personas reales y concretas, a las cuales hay que rendir cuentas y recompensarlas de acuerdo a lo que dan para dar fuerza al poder de un político. Weber oscila esas recompensas desde lo más inocente a lo más perverso. Lo que jamás diría Weber  es que el político no debe responder a quienes pusieron sus esfuerzos y confianza en él. Ni siquiera en los autoritarismos se hace eso dentro de la lógica weberiana, mucho menos en  democracia en que los ciudadanos usan a los políticos para operacionalizar su derecho soberano a elegir.

La MUD cometió una gran equivocación, pero las equivocaciones se corrigen. Es verdad que las voces histéricas en las redes ya desde hace mucho piden la disolución del mejor éxito político que ha tenido Venezuela en mucho tiempo y no conciben más que clichés desgastados como opción. Una cosa es obviar y desdeñar voces histéricas sin argumentos que piden esta aberración, otro insultar quienes con racionales argumentos objetan que se ha cometido error puntual  y que se debe enmendar cuanto antes. 

Quienes creen que el político profesional auténtico es aquel que no  está sujeto su persona y su acción a la opinión pública debería objetarse su vocación, ya sea como asesores como de políticos. Venezuela no puede tolerar más una fiesta de  histéricos en sus cuatro costados.  

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