GIOCONDA BELLI, LA REBELDÍA DE UNA ESCRITORA



Martes, 20 de septiembre de 2016
Por Daniela Mohor.
Entrevista / El Mercurio, Chile.

Creció en la “alta sociedad” nicaragüense, pero a los 21 años se sumó a la guerrilla sandinista que derribó la dictadura de los Somoza. Premiada internacionalmente por su obra, Gioconda Belli habla aquí de su participación en la lucha armada en los 70 y del poder transformador de la literatura.
En uno de los mundos imaginarios de Gioconda Belli, hay un país en que las mujeres gobiernan. En ese mundo, la erupción de un volcán provoca una nube tóxica que hace bajar los niveles de testosterona de los hombres. Más dóciles, son ellos entonces quienes que se quedan en la casa y las mujeres aprovechan la oportunidad para modificar la naturaleza del poder: cambian el concepto de “ciudadano” por el de “cuidadano” -de cuidar-, dicen que van a “limpiar” el país, “barrerlo y dejarlo limpio como una casa lavada”. Crean salas cunas en todos los lugares de trabajo, pintan los carros militares de rosado, ponen a los violadores en jaulas y los exponen al público en los parques los fines de semana.
-Eso es lo que menos le gustó a todo el mundo -se ríe Gioconda Belli-. Pero pienso que hay que provocar, provocar la imaginación, porque esta novela, “El país de las mujeres”, lo que hace es decir, “¿por qué tenemos que pensar siempre de la misma manera?”.
Gioconda Belli, una mujer de estatura media, tiene una melena que recuerda la de un león y una mirada felina. Habla con voz pausada y con el acento cantado de su Nicaragua natal. Al verla aquí en Santiago -donde vino a presentarse en la Cátedra Abierta en Homenaje a Roberto Bolaño de la UDP-, sentada ante un vaso de agua, en un café frente al Museo de Bellas Artes, es difícil pensar que esta poeta, que se ha ganado múltiples premios internacionales de literatura y que ha sido condecorada con la Orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia, que esta literata que viaja por el mundo a dar charlas, ha publicado cerca de dos decenas de libros, traducidos a más de 14 idiomas, y es considerada como una de las iniciadoras de la renovación de la poesía en su país, haya sido alguna vez una revolucionaria.
Pero lo fue. Y no cualquiera. Gioconda Belli creyó en la lucha armada, fue miembro del Frente de Liberación Sandinista, tuvo que abandonar a sus hijos y salir huyendo de su país. Estuvo en fiestas con Fidel Castro, tuvo cargos en el gobierno sandinista tras el triunfo de la revolución en 1979. Y finalmente, dejó de lado la política y se fue a vivir a Estados Unidos con su actual marido, norteamericano.
Y si eso no parece hacerles sentido a algunos es solo porque no entienden que, desde su inicio, la historia de Gioconda Belli se ha desarrollado siguiendo un solo hilo conductor: la fidelidad a sus propias convicciones, aunque estas vayan cambiando; el no conformarse con lo que se espera de ella.
-Yo tengo mi filosofía aristotélica -dice-. ¿Cuál es el sentido de la vida? Es la realización de tu potencial. Eso ha sido para mí bien claro.
El fin de un espejismo
De acuerdo con lo que cuenta Gioconda Belli, de 67 años, nada en su infancia tranquila permitió presagiar lo rebelde que sería más tarde. La escritora -segunda de cinco hermanos, hijos de un comerciante de origen italiano y de una mujer muy moderna para su época- recuerda de su infancia los veranos en la playa de Poneloya -no muy lejos de León, la segunda ciudad de Nicaragua- adonde llegaba su abuelo con libros y le hablaba de las estrellas.
-Él nos acostaba en la playa y nos enseñaba todas las constelaciones, todos los equinoccios. Era un tipo enciclopedista, sabía todo.
La influencia de ese abuelo fue esencial en el despertar de la curiosidad de Gioconda Belli. Como lo fue también su madre, una mujer moderna, que fundó el Teatro Experimental de Managua y determinó su esencia de mujer. Una esencia femenina que recorre toda su literatura, en la que muchas veces las protagonistas se rebelan ante el destino que otros trazaron para ellas.
-Ella me afirmó mucho el valor de ser mujer, el celebrar el ser mujer. Y siempre me metió en la cabeza que yo podía hacer lo que quería. Me decía que yo era capaz de dar vida y tenía un cuerpo muy complejo en comparación con el de los hombres. Que eso me daba un poder extraordinario. Entonces, siempre me sentí poderosa.
A los 17 años, Gioconda Belli, tras estudios de periodismo y publicidad en los Estados Unidos, ya trabajaba. Solo tenía 18 años cuando se casó, de blanco y virgen, con un hombre con un esquema de vida más convencional que el suyo.
-Usted ha dicho que su vida antes de entrar al sandinismo era como un espejismo.
-Sí, porque, a pesar de que mi mamá me metió todas estas cosas en la cabeza, yo estaba programada para cumplir ese rol que les asignaban a las mujeres. Me casé muy joven porque quería independizarme y tener mi vida de adulta. Y me rebelé muy joven también, porque no me gustó esa sensación de que esa iba a ser mi vida. Cuando ya me sentí casada, metida en ese patrón de la sociedad nicaragüense muy tradicional, donde en las fiestas las mujeres se ponían de un lado a hablar de la píldora o del servicio doméstico, y los hombres hablaban de política y cosas interesantes, no me gustó la idea de que ahí se acababa.
Esa revelación la llevó a tener conflictos con su primer marido. Ella quería seguir trabajando, él quería una esposa modelo. Hasta que Gioconda Belli, ya madre, conoció en la agencia de publicidad en la que trabajaba a unos sandinistas. Y ella, que venía de una familia que se oponía al régimen de Anastasio Somoza, pero nunca había sido políticamente activa, decidió unirse a su causa.
-Fue muy lindo porque yo empecé a escribir poesía más o menos al mismo tiempo. Me integré al Frente (de Liberación Sandinista) y empecé a escribir en el 70, porque de alguna manera eso me liberó por dentro, me hizo sentir útil, me hizo sentir parte de un sueño, parte de gente que quería cambiar el país. Y me permitió escribir. Me afirmé. Me encontré.
Empezó escribiendo poemas, sensuales y románticos -“pornográficos”, según sus detractores- que despertaron suficiente interés en el mundo editorial como para que en 1972 se publicara su primer libro, “Sobre la Grama”, por el que se ganó el premio de poesía más prestigioso de su país en esa época.
-Siento que (antes) había una mirada de la mujer como objeto sexual, pero yo hablé como sujeto de mi propia sexualidad. Creo que ahí estribó el escándalo también, porque no fue que yo usara palabras fuertes, es una poesía muy llena de símbolos. Y ¡no es pornográfica! Pero hice una profesión de fe de mi propio ser mujer. No hay una posición de víctima, de vergüenza, de modestia, sino afirmativa, asertiva. Lo más importante es eso: pasar de ser objeto a ser sujeto.
-Volviendo a la política, ¿usted sigue creyendo en la lucha armada?
-No, ya no.
-¿Cuándo cambió eso?
-Es que ha cambiado la situación del mundo. Todos los que estuvimos en la revolución también vivimos la realidad de lo que pasa después y te das cuenta de que muchas de las ideas preconcebidas que teníamos no funcionan en la realidad. Por ejemplo, la idea del socialismo, de la dictadura del proletariado, todas esas cosas muy esquemáticas y dogmáticas. Lo que aprendimos fue que la libertad, la democracia, aunque no sea perfecta, es el sistema que mejor se adapta a nuestra mentalidad como seres humanos.
Durante sus años revolucionarios, Gioconda Belli fue “compañera” del actual Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y de su mujer, Rosario Murillo. Hoy sin embargo, la escritora critica al Jefe de Estado que buscará en las elecciones presidenciales de noviembre próximo mantenerse en el poder por un cuarto mandato en Nicaragua, y que ha sido criticado internacionalmente por concentrar el poder entre sus familiares, derogar leyes constitucionales para conseguir mandatos sucesivos y acallar la oposición con violencia policíaca, entre otras cosas. En entrevistas y columnas en medios internacionales, Gioconda Belli ha dicho que Ortega está instaurando un sistema “monárquico”, una nueva “dictadura”. Hoy habla de “desilusión”.
-Es tremenda. Ahorita estoy bien, pero hay un ex compañero (Daniel Ortega) que está volviendo a repetir toda la práctica política del dictador que echamos. Es sumamente desconcertante, doloroso y te da mucha rabia pensar en toda la gente que murió para liberar Nicaragua de este tipo de régimen y que se esté volviendo a instalar uno similar al que derrotamos.
Una doble vida
De su niñez, la escritora recuerda dos episodios específicos. Una muerte violenta y una manifestación.
-Yo desde muy niña había estado consciente de que estábamos en una dictadura que asesinaba a personas y era represiva. Uno veía fotos en los periódicos y a un estudiante lo mataron cerca de mi casa.
Esa fue una de las primeras imágenes fuertes que tuve: ver la sangre en la pared y saber… Era un muchacho que jugaba béisbol con mis hermanos en el barrio y de repente lo matan. También recuerdo una manifestación que hubo. Empezaron a disparar y tuvimos que salir corriendo. Corrimos sobre cientos de zapatos. La gente salía corriendo y botaba los zapatos. Ahí murieron como 300 personas. Fue terrible. Fue otro momento en que me di cuenta de que con Somoza no había una salida cívica.
Al unirse al Frente, Gioconda Belli comenzó una vida de secretos. Le asignaron el rol de correo: le tocaba llevar a operativos clandestinos a distintos lugares de Managua o llevar cartas entre los sandinistas. También tuvo que extraer documentos, conseguir fondos, preparar casas de seguridad, organizar distintas acciones armadas, en las que nunca la dejaron participar.
-En esos tiempos ya tenía un perfil como poeta, me habían dado el Premio Casa de las Américas de Cuba, entonces había muchos foros a los que podía ir a hablar de lo que estaba pasando en Nicaragua, y hablaba inglés. Se consideraba que era más útil haciendo esas cosas -dice hoy.
Varias veces, mientras trasladaba a clandestinos tuvo que arrancar de los disparos de la policía somocista. Una vez la descubrieron y después de que negara toda participación en el Frente, una patrulla de seguridad del Estado la siguió durante meses. Vivió con miedo y vio a “compañeros” morir por la represión. El primer riesgo que esquivó, sin embargo, fue más doméstico: que la descubriera su marido.
-Cuando empecé a militar me daban papeles para leer: los estatutos, las medidas de seguridad. Entonces yo me encerraba en el baño, abría uno de los paneles que tenía arriba y escondía los papeles. Cuando me metía al baño me subía arriba del inodoro, los bajaba y los leía. Mi marido no supo que militaba hasta que me tuve que ir al exilio. Tuve que decirle porque tuve que huir de Nicaragua.
-O sea que tenían una relación muy distante.
-Sí y él tenía mucho miedo. No hubiera jamás participado en eso. Cuando tuvimos un problema que yo ya quería dejarlo, le dije “vos sos muy apático, nada te preocupa”. Entonces me dio una pistola para el Frente y dinero. Eso me sirvió enormemente, porque cuando me fui al exilio (primero a México, luego a Costa Rica), él quiso quedarse con mis hijas. Yo le dije “mándame a las niñas”, ya tenía dos, y él me dijo: “no, porque te voy a acusar de abandono del hogar”. Y las niñas ni siquiera las tenía él, se las fue a dejar a mi papá y mi mamá. Yo estaba desesperada, porque para ese tiempo ya me había condenado (en ausencia) un tribunal militar a siete años de cárcel. No podía volver a Nicaragua. Era fugitiva. Entonces se me ocurrió decirle: “Bueno, me voy a regresar y te hago responsable de lo que me pase y además, cuando me agarren y me torturen, les voy a decir que vos me diste un arma y dinero para el Frente Sandinista”. A la semana siguiente tenía a mis hijas en Costa Rica. Ellas tenían cinco y un año. ¡Tremendo! ¡Chiquitas!
En Costa Rica, Gioconda Belli siguió trabajando para el Frente, como miembro de la comisión político-diplomática. En el exilio también se volvió a casar y tuvo a Camilo, su único hijo hombre y el único en vivir hoy en Nicaragua, como ella. La relación no prosperó porque Gioconda Belli se enamoró de otro sandinista, a quien llama Modesto en sus memorias (“El país bajo mi piel”) y quien fue uno de los amores que más la hizo sufrir.
-Tenía la idea de que tenía que ser auténtica y seguir los dictados de mi corazón. Y he aprendido que hay dictados del corazón ¡que no conviene oír! -se ríe Gioconda Belli-. Vivíamos en el filo de la navaja. Decíamos “vivamos que mañana no sabemos”. Era una mentalidad diferente.
-¿Hoy se siente desencantada con la ideología que marcó esa época?
-No. Pienso que vivimos en sociedades muy desiguales y que la idea de un mundo más justo y equitativo no es el problema. El problema es cómo hacerlo. Necesitamos una gran dosis de imaginación para plantearnos cuál es la manera de abordar los problemas. No es un asunto ya de una ideología que derrote a la otra. Hay que ver cómo agarrar lo mejor de los dos sistemas y tratar de hacer un híbrido, una cosa nueva. Lo que encuentro triste es que no hemos podido salir del pensamiento rígido.
Una “freelancer”de la revolución
A mediados de los años 80, en plena guerra civil entre el frente sandinista y los “Contras” apoyados por Estados Unidos, Gioconda Belli conoció a Charles Castaldi, un periodista de la radio estadounidense NPR, quien había trabajado también en cine. Él llegó a entrevistarla cuando ella era vocera del Frente Sandinista en la campaña presidencial de 1984. Y no se separaron más. La relación, sin embargo, les trajo dificultades. Los sandinistas temían que Gioconda le revelara a su novio estadounidense información secreta. Y la escritora ha contado que el Departamento de Estado de Estados Unidos acusó a Castaldi de colaborar con los sandinistas y difundir su propaganda.
-Fue difícil, pero estoy acostumbrada, porque fue difícil empezar a escribir la poesía que escribí también. Y yo nunca le he dado mucha importancia a cómo me juzgan.
Mediados de los 80 también fue la época en que Gioconda Belli le dio un nuevo giro a su vida: decidió privilegiar su rol de escritora por sobre el político. Tenía la inquietud de escribir otra cosa que poesía y se lanzó.
-Fue difícil, porque me preguntaban “¿Qué estás haciendo?”, y yo decía “estoy en mi casa escribiendo”. No se oía muy bien porque estábamos en la revolución. Pero yo seguía haciendo trabajos, decía que era “freelancer de la revolución”.
Así nació su primera novela, “La mujer habitada”.
En 1990, Gioconda Belli y Charles Castaldi se instalaron en Los Angeles, donde él trabajaba en cine. Juntos adoptaron a Adriana. Para Gioconda, fue una maternidad diferente. Esta vez, fuera de la política, se pudo “dedicar a ser mamá”. En 2013, cuando Adriana entró a la universidad, la pareja regresó a Managua, donde Gioconda Belli siempre había querido volver.
-Ese es mi lugar en el mundo -dice.
Hoy trabaja en la redacción de una nueva novela, que ocurre en Francia en 1848 y que la llevó a investigar en archivos de la revolución en París. En su obra hay mujeres que se rebelan contra sus circunstancias (“La mujer habitada”, “El pergamino de la seducción”, “En la avanzada juventud”), hay utopías (“El país de las mujeres”, “Waslala”), hay relatos de amor y de guerra (“El país bajo mi piel”, sus memorias).
-¿Todas sus novelas tienen un trasfondo de reflexión social?
-Sí, porque creo que la literatura es transformadora. La posibilidad de ver otras vidas y cómo se transforman es lo que nos ayuda a reflexionar. Solo somos un nombre, tenemos una vida, un destino y la manera en que uno se multiplica y entiende la multiplicidad es a través del arte, de la literatura, del cine.
-Para usted, ¿ha sido más transformadora la política o la literatura?
-Ambas. Lo que enriqueció mucho mi vida fue participar en ese proceso político. No sería la misma escritora si no hubiera tenido esa experiencia, porque entendí lo que es el esfuerzo colectivo, lo que es realmente que se cumpla un sueño que has tenido. Aunque lo hayas perdido, no es cualquier persona la que cumple un sueño.
“Empecé a escribir poesía al mismo tiempo que me uní al frente Sandinista. Eso me hizo sentir útil, parte de un sueño, parte de gente que quería cambiar el país”.
“Creo que la literatura es transformadora. La posibilidad de ver otras vidas y cómo se transforman es lo que nos ayuda a reflexionar”.




Comentarios