Rafael Quiñones - DE LA SOCIEDAD DE MASAS A LA SOCIEDAD DE BANDAS


Las instituciones son “Las reglas de juego en una sociedad, o, formalmente, los constreñimientos u obligaciones creados por los humanos que le dan forma a la interacción humana”. Si hay alguna actividad humana en sociedad donde es imperativo tener instituciones, es la violencia, donde por lo general las reglas de juego determinan que sólo el Estado tiene la potestad de ejercerla (lo que Weber llama Monopolio de la Violencia Legítima). Pero el chavismo, en su búsqueda de crear una  hegemonía política en que no existieran contrapoderes que regularan su dominio sobre Venezuela, manifestó desde el principio su deseo de destruir todas las instituciones. Obviamente todas las Revoluciones de la Modernidad tienen como fin anular las instituciones vigentes para reemplazar por las otras, las revolucionarias, las que crean un nuevo orden social. Pero el chavismo, emulando al hitlerismo, no buscaba destruir el Estado para sustituirlo por otro, sino que no existiera ninguno. Sin instituciones no hay regulación del poder, y así se reina de manera absoluta por medio del caos. 

La ruptura de toda institucionalidad, más allá de la autoridad carismática de Chávez (Weber nuevamente), obviamente genera desintegración social. Si la sociedad sólo se organiza de acuerdo a los caprichos del caudillo carismático, la población se convierte en masa, perdiendo  su capacidad de organizarse en colectivos conscientes y por lo tanto no hay sociedad. Se concreta esto porque de esta forma existe el terreno fértil en sociedad para que toda vida social sea ocupada por el Estado. Pero como hemos dicho, el Estado como tal ha sido destruido para encarnarse en el caudillo carismático que a su vez se arropa toda representación de la nación y de los colectivos que hacen vida en ella. La desintegración social que auspicia el convertir la sociedad en masa es peligrosa, ya que el pensamiento de las masas es automático, dominado por asociaciones estereotipadas y clichés registrados en la memoria, sirviéndose de imágenes de la realidad pero no de experiencias de la realidad en concreto. Esto lleva que para comprender la realidad las masas no busquen las pruebas palpables por medio de la experiencia para comprenderla, sólo le es necesario las imágenes en su mente que se encadenan para definir esa realidad, sugestionándolas para actuar por medio de la violencia.

Si el chavismo ha disuelto los lazos institucionales para hacer una transición de una sociedad de clases sociales (con instituciones políticas representativas) a una de masas (donde toda representación es en torno al caudillo mesiánico), la sociedad entra en lo que se llama Anomia: Un ente en proceso de desintegración. Pero las sociedades como los organismos vivos se resisten a morir y tratan de reconstruir algún tipo de institucionalidad, y en el caso venezolano, unas nuevas normas de interacción humana, que macabramente están fundadas en la lógica de la violencia. Una institucionalidad que el Estado no ha dudado en aliarse y fortalecer para dominar la nación.

Una de estas nuevas instituciones es el pranato, una mega-organización delictiva que intenta crear una integración paraestatal  de carácter autoritario en Venezuela. El pran originariamente era el líder informal de los presos en las cárceles venezolanas (el término parece haberse importado desde Centroamérica)  y por lo tanto dirigía la vida delictiva dentro de un penal. Con el desarrollo de la Revolución Bolivariana, estos “líderes negativos” empezaron a ocupar todos los espacios de poder de las cárceles venezolanas, inclusive las estatales, para luego integrar grandes asociaciones delictivas que operan fuera de la cárcel, cristalizando gigantescas sociedades delictivas que van desde simples actos de sicariatos, tráficos de drogas y extorsiones (tanto dentro como fuera de las prisiones) hasta la protección de comunidades enteras en los centros rurales y urbanos del país. Hay fuertes indicios periodísticos que esas organizaciones funcionan con el estímulo y consentimiento del Estado venezolano, para reforzar más su poder en la sociedad, creándose en las zonas populares las llamadas “Zonas de paz”, donde la acción policial está prohibida por el gobierno. Pero la lógica de estas organizaciones está lejos de querer una subordinación política

Otra macabra institución violenta que se ha masificado en Venezuela, es el linchamiento. Ante el vacío originado por un Estado que no monopoliza la violencia, la ciudadanía institucionaliza acciones de masas que con una eficacia casi quirúrgica, concretan la tortura y ejecución de delincuentes. En esta situación, las comunidades se organizan y matan a criminales de poca monta (y en muchos casos, civiles inocentes) con unos procedimientos casi militares, que muchas veces culminan con la incineración de la víctima viva. Esto es muy frecuente en los procesos de interacción entre las zonas clase media con las clases populares, donde toda presencia de ciudadanos de estratos bajos es vista como una potencial amenaza, procediendo a su linchamiento como “ataque preventivo”. 

Las clases populares a su vez, crean en su interacción con las clases medias y altas, instituciones violentas propias para regular su interacción social y así satisfacer sus necesidades, cobrando "vacunas" para costear la compra de servicios públicos a particulares ante la crisis del Estado y sus atribuciones. Un ejemplo específico de esto fue cuando habitantes de un sector popular de Pampatar, en la Isla de Margarita, bloquearon la salida de los vecinos de una urbanización de clase media imponiéndole una curiosa suerte de secuestro, exigiendo un pago en metálico para costear el pago de las cisternas de agua potable que necesitaban en su barrio justo al lado.

Podríamos enumerar una gigantesca lista de nuevas instituciones sociales en la Venezuela actual que se han masificado y hecho dominantes sobre la lógica de la violencia. Una seudo-institucionalidad que socializa la psique de los ciudadanos en el no reconocer humanidad en los otros, donde los diferentes  ya no son pares ni siquiera competidores, sino enemigos. Una dinámica completamente coherente con el ethos que motiva la lógica de este gobierno  y su expresión pura en la confrontación física y la violencia, subsidiando el Estado esta forma de violencia para-estatal. 

Vale destacar que si un Estado tiene el deber de monopolizar la violencia, no es sólo para garantizar la paz. Si se monopoliza la violencia es para garantizar la civilización, porque solo la civilización crea la paz. Y la paz se conquista para obtener justicia, porque la justicia es la base fundamental de la civilización. Una civilización injusta se construye sobre la arena y ésta no sobrevive por mucho tiempo a una tormenta.

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