Norberto Rabinovich - POLETICA (La Voz del Amo)




Como casi todos los pueblos de Latinoamérica los argentinos hemos padecido durante varios períodos el yugo de dictaduras militares. La lógica política de estos regímenes no es muy diferente de la que reinó a lo largo y ancho del planeta desde los orígenes de la historia: el que ejerce el poder (reyes, faraones, emperadores, señores feudales, etc.) se atribuye el derecho  de imponer su voluntad al pueblo. Pueden o no invocar ser representantes de una autoridad superior, divina, pero detentan de hecho el derecho de ser sus intérpretes  indiscutibles. Para sostener el orden dentro de esta lógica política, no se necesita otro recurso que la coerción y el castigo. Quiero decir, que no requieren que el pueblo tenga fe en sus versiones para subordinarse a su autoridad, aunque no excluye el intento de ganarse luego cierta popularidad.

El tema que interrogo aquí concierne a otra lógica política, aquella donde un gobierno autoritario o tiránico, es construido y legitimado por voluntad expresa de sus subordinados. Cuba es un ejemplo claro. Desde el triunfo liberador de la dictadura encabezado por Fidel, su gobierno durante décadas le arrebato a su pueblo la posibilidad de decidir su destino, a menos que sean manifestaciones de adhesión al régimen. Así quedo establecida una forma nueva de la dialéctica del amo y el esclavo y lo paradójico es que el esclavo es el capital social del poder del amo. 

Para emplear un término simple, muy impreciso como concepto pero descriptivo, denominaré “populismo” a esta lógica de gobierno, sin importar el contenido de los fines que proclama: nacionalistas, socialistas, nacional-socialistas, etc., como tampoco si tuvo su origen en una confrontación armada o por los carriles de una elección democrática. Aquello que estoy intentando delimitar con este término, se refiere a un modelo de gobierno cuyo poder se basa, como dije, en el apoyo de naturaleza religiosa de las masas por su líder. Contando con esta transferencia de poder, el conductor asume facultades extraordinarias para gobernar  imponiendo el reinado de su caprichosa voluntad. El primer cartel de propaganda que leí viajando del aeropuerto de la Habana a la ciudad, decía: “El compañero Fidel quiere que este año la cosecha de azúcar supere las x toneladas”. El argumento de la meta anunciada reforzaba el principio moral  que el fundamento de un programa de gobierno es a voluntad del líder. La tarea de los prosélitos debe ser cumplirla sin chistar. La consecuencia inevitable de estos modelos de gobierno, es que el líder, ungido en redentor de los oprimidos se convierte en el dueño del destino de sus fieles seguidores. 

Con la consigna de mantener la unidad de los desprotegidos frente a las ambiciones de algún enemigo externo (el imperialismo, las elites económicamente privilegiadas, etc.), los súbditos del líder no advierten su condición de vasallaje y experimentan como un deber moral  tener que sacrificar su libertad de opinar o cuestionar al poder para consolidar la unidad frente a la amenaza de quienes pretenden apoderarse de los bienes y la libertad del pueblo. 

Por regla general, cuando se trata de condenar los regímenes totalitarios, los políticos o filósofos apuntan sus fusiles contra las ambiciones irrestrictas de sus líderes, el abuso de autoridad, la arbitrariedad, la corrupción, etc. Contando con los descubrimientos del psicoanálisis, mi interés en este trabajo es aportar a la discusión de este problema la incidencia que tiene, en el reinado de dicha lógica política, un determinante de la estructura de los seres hablantes: deseo del individuo de tener un amo al que someterse.

“Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, patrones y asalariados, en una palabra opresores y oprimidos, han estado enfrentándose unos a otros en constante antagonismo…”.

Si los proletarios –que sería la última versión histórica del oprimido- se adueñaran del poder político y de los medios de producción de riqueza, ya no habría esclavos, ni política ni económicamente, y con ello, la dominación y explotación del hombre por el hombre quedaría desterrada de la historia. Así “antagonismo de clases [se transformaría] en una asociación en la que el libre desenvolvimiento de cada uno es la condición del libre desenvolvimiento de todos”. “Los proletarios nada tienen que perder en ello, solo sus cadenas”. Estos  pasajes extraídos del Manifiesto Comunista redactado en el año 1848 por C. Marx y F. Engels, postulan, a mí juicio, el más potente ideal de libertad y democracia jamás propuesto.

Sin embargo, el triunfo de la primera revolución proletaria, se transformó en una de las más atroces tiranías jamás conocida. Millones de ciudadanos rusos,  supuestos beneficiarios de la “emancipación definitiva”, terminaron siendo objeto de una sistemática persecución y el numero de asesinados políticos supera ampliamente el millón. Todo el mundo estaba bajo sospecha, incluso los custodios de la ley imperante, lo cual no impedía que con vehemente entusiasmo,  inmensas y organizadas masas siguieran  venerando a Stalin como a su dios, guía y protector. 

¿No habrá ignorado Marx, que en la lucha entre el amo y el esclavo, el esclavo liberado sigue habitado por la poderosa tendencia a recrear los lazos de su esclavitud? La tendencia a construir falsos dioses ante los cuales subordinarse, no es ni contingente ni excepcional, y a mi juicio, constituye un obstáculo interno fundamental  a la realización de los de los fines de la democracia, cualquiera fuese el orden económico defendido. Los oprimidos y los tiranos en la actualidad no son los mismos que los de la antigua Atenas, pero las razones de la fragilidad del reinado de la democracia son las mismas.

La premisa lógica de un sistema democrático reside en reconocer que el ciudadano común ocupa el lugar del amo, y el gobernante, el de su servidor. Por el contrario, la premisa de cualquier forma populista de gobierno, es que el ciudadano se convierta en un fiel servidor de los deseos de su líder y mandatarios, del dogma o institución partidaria. Quien se opone abiertamente a este orden de cosas suele ser acosado y castigado. Pero esta “esclavitud obligada” tiene como correlato, como definió Étienne de La Boétie hacia mediados del siglo XVI  “la servidumbre voluntaria”. El supuesto beneficiario, canta con entusiasmo el triunfo de sentirse dueño del poder, pero queda convertido en esclavo vigilado de su fidelidad a régimen. Apresado en la antinomia entre la recompensa por su dócil subordinación o el castigo por traición, suele no advertir claramente haber quedado apresado en las renovadas cadenas de la esclavitud. Esclavitud subjetiva, en principio, que, en estos sistemas , es la tierra de cultivo del florecimiento de la otra.

Escribió Legendre en su libro “Lo que Occidente desconoce de Occidente”: “En la cultura aquel que ejerce este poder- el poder de manipular los resortes de la tendencia de subordinarse al ídolo- tiene al hombre a su merced.” 

El deseo de carácter religioso, por sacrificar su libertad en cumplimiento del deseo del ídolo, explicó Freud, tiene su fundamento en la obediencia del Yo al Superyó. Pero gracias a dios, esta lógica circunscribe tan solo una mitad del sujeto. El empuje indómito por romper las cadenas de su sometimiento al amo, ciñe la otra mitad, tan universal como la anterior. Freud inició la exploración de esta última subestructura bajo el nombre de “inconciente”.  El Yo está en medio del enfrentamiento entre dos amos: el representante de la ley moral y el referente de la ley del inconciente.
La voz imperativa y la división subjetiva

Mencionaré una serie de fenómenos clínicos que muestran que más allá de los deseos  manifiestos de libertad, las intenciones conscientes de autonomía y los ideales de emancipación, existe un automatismo psíquico que conduce a la criatura humana a recrear una y otra vez, su condición de esclavo.   

Entre los fenómenos elementales de las psicosis encontramos regularmente que nos cuentan que escuchan voces que los acusan, los insultan, comentan sus pensamientos, anticipan sus acciones, dan órdenes, etc. Las voces que alucinan se les presentan como una voluntad externa que domina y avasalla su autonomía. Suelen aparecer precisamente cuando experimentan el vacio de la autoridad a la que se hallaban sujetados previamente. Sin necesidad de tener aquí  que explicar las razones de tal “automatismo mental”, resulta evidente que las voces de mando responden a una “necesidad” de esta estructura subjetiva y no a las intenciones de algún cruel ser externo. El impulso delirante los conduce luego a encontrar en la realidad los personajes persecutorios que le den cuerpo dramático a sus alucinaciones.

Las voces alucinadas también aparecen también en ciertos cuadros neuróticos, particularmente los obsesivos. Revisten similares características que las anteriores (insultan, acusan, exigen absurdos comportamientos, etc.) pero a diferencia de los cuadros de psicosis, su influencia es menor.  Yo del obsesivo no tiene la certeza del psicótico de estar dominado por un ser extraño. Generalmente reconoce que es una parte disociada de su propia mente. Una parte que representa a una autoridad superior que ordena la vida, juzga, condena o condecora. 

Una prolongación del fenómeno de las voces, esta ya de carácter universal, se conoce como la “voz de la conciencia moral”, que es el fundamento estructural del Superyó. En esta instancia psíquica se apoyan las singularidades de la función moral. Aquí la voz permanece inaudible y sus mandatos quedan identificados por el sujeto como ideales u obligaciones morales. El Yo se subordina con mayor o menor docilidad a los imperativos del amo interno que proyecta en distintos personajes a lo largo de la vida, considerando que su virtud estriba en cumplir con lo ordenado sin interrogar su valides o razonabilidad. Si critica o cuestiona la legitimidad del  mandato moral, abre ante sí una grieta de angustia o culpabilidad. Teme caer en el pecado y quedar exiliado de la protección del amo todopoderoso.

En este vínculo entre dominador y dominado, Freud descubrió una oscura raíz libidinal. Habló entonces de “masoquismo moral”. Aunque describió con lujo de detalles los aspectos crueles del superyó con su vasallo, entendió que su causa última reside, no en el sadismo del amo sino en el reclamo que le hace el esclavo para ser su esclavo.

En terreno de las prácticas sexuales, el masoquismo pone de manifiesto una dialéctica homóloga al masoquismo moral. El sujeto masoquista le pide a su pareja comportarse como un déspota desalmado para obtener satisfacción. Siguiendo el modelo lógico descripto, en estas maniobras sexuales quien maneja los hilos de la escena no es el que se desempeña de amo sino el que juega el papel de esclavo. ¿Que desea el masoquista? En el límite, quedar reducido a la condición infrahumana de mero instrumento del deseo del amo, porque imagina que el Otro goza con ello.

Habiendo avanzado Freud en la investigación de los determinantes estructurales de la neurosis individual, en “Psicología de las masas y análisis del yo”  se dedicó a interrogar ciertos fenómenos sociales. No pretendió ser sociólogo pero advirtió que los mecanismos que determinan ciertos fenómenos colectivos son homólogos a los del individuo y operan con los mismos medios. La relación de la masa con su líder, explicó, es una prolongación del vínculo interno entre el Yo y el Superyó.  En el registro del servilismo moral, religioso o político, la premisa de sacrificio de la libertad individual como ofrenda al  amo es considerada un ideal de dignidad, fidelidad y pureza, manteniendo un velo del registro sexual que subyace allí.

Freud estableció la continuidad entre los efectos de fascinación o idolatría de las masas por su líder, con la hipnosis. “Del enamoramiento a la hipnosis –escribió- no hay gran distancia. El hipnotizado da con respecto al hipnotizador, las mismas pruebas de humilde sumisión, docilidad, ausencia de crítica que el enamorado respecto al objeto de su amor.”  Luego añadió: “La hipnosis se presenta mal a la comparación con la formación colectiva [idolatría y servilismo en la masa] por ser más bien, idéntica a ella.”

En gran medida, el camino que condujo a Freud al descubrimiento del inconsciente estuvo motivado por su repulsión  a las consideradas virtudes terapéuticas del método de sugestión post-hipnótica que enseñaba su prestigioso maestro Bernheim. Según esa técnica el médico inducía a sus pacientes al estado hipnótico durante el cual, con voz firme y suave y  le impartía órdenes para ser cumplidas luego, en estado de vigilia. El paciente, a la manera de un autómata, cumplía con lo ordenado sin saber ni cómo ni cuándo había recibido la orden. El Yo del sugestionado  era tanto actor como testigo de su, generalmente absurdo, comportamiento obediente. Y si le preguntaban las razones del mismo, buscaba también desatinadas justificaciones y, en última instancia, explicaba que lo había hecho porque suponía que eso era lo que deseaba el médico. Por supuesto que el requisito de la eficacia sugestiva, reposa en la fe del sugestionado por la supuesta infalibilidad del sugestionador. Esto señala que la mencionada servidumbre voluntaria hunde sus raíces en una tendencia que no es nada voluntaria.

Por eso, cualquiera fuese el contenido social, económico o político del discurso populista, en tanto manipula los hilos de tal predisposición a ser instrumento de su amo para lograr sus fines, es por definición, un discurso que engorda la alienación del individuo a un poder ajeno y su condición de siervo. Es como pretender liberar a los oprimidos reforzando su posición de súbditos.

El discurso populista, no podría ser definido como inmoral. El líder puede ser un canalla o un idealista, pero apela a la función moral de sus seguidores. Los valores morales de fidelidad, sacrificio, solidaridad, etc. son parte inseparable de su léxico propagandístico. Claro que la fidelidad es entendida como docilidad y obediencia al jefe;  el sacrificio de cada uno es, en esencia, la renuncia a la libertad de elegir otro camino -tildado de herejía- o cuestionar a sus propios dirigentes -que se traduce como traición; la solidaridad es para con el rebaño del conductor puesto que fuera del conjunto se ubica el enemigo. Por definición, el populismo es un discurso moralista y antidemocrático. 

En cambio, decididamente se puede definir al populismo como un discurso que censura la función ética de sus seguidores. Lacan introdujo una nueva perspectiva para interrogar el vínculo entre ética y moral. La equiparación habitual en el empleo de estos dos términos desconoce una profunda diferencia, la misma que divide los comportamientos regulados por la instancia superyoica y aquellos que determina el inconciente: este no cesa de empujar al sujeto a cruzar las fronteras carcelarias que traza la vocación servil del Yo. Desde este punto de vista, el inconciente constituye propiamente un reservorio estructural de la función de la libertad. De ahí la pregunta ¿Cuáles serian los resortes lógicos de un discurso que renuncie a robustecer disposición alienante del sujeto a la autoridad política y, en cambio,  convoque al robustecimiento de su Ethos?   Esta alternativa no está subordinada necesariamente al modo de encarar el orden económico. La identificación del libre mercado con la libertad  del hombre y en consecuencia la eliminación de la plusvalía con el totalitarismo político, propone una falsa opción.

Título original : Poletica

Norberto Rabinovich
Marzo de 2016

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