EL ESCRITOR CHILENO JORGE EDWARDS ESCRIBE SOBRE EL TRIUNFO DE LA OPOSICIÓN DEMOCRÁTICA EN VENEZUELA

Triunfó la contrarrevolución, dijo Nicolás Maduro, cuando los electores democráticos de su país le dieron la espalda, y se quedó lleno de furia, pero contento con su explicación política del fenómeno. Ahora da un paso más en su pensamiento, si es que se puede llamar pensamiento, y habla del «golpe electoral». Los ciudadanos venezolanos que votaron en contra de su Gobierno, de su esperpéntica «revolución bolivariana», fueron, en resumidas cuentas, golpistas, malos ciudadanos. Los revolucionarios hispanoamericanos de nueva generación son notables especialistas en maquillajes, en palabras tramposas, en explicaciones del fracaso. Si los ganadores de las elecciones parlamentarias representan a una supuesta contrarrevolución, tenemos derecho a preguntarnos en qué consiste la revolución según el precursor Hugo Chávez y de acuerdo con su fiel heredero Nicolás Maduro: ¿En una inflación de tres dígitos, en el desabastecimiento de productos esenciales y las interminables colas, en ataques alevosos a la libertad de expresión, en el encarcelamiento de los adversarios políticos? Si fuera así, la contrarrevolución de que hablan ellos sería el progreso, el avance a etapas mejores, a una democracia moderna; la revolución, el retroceso maquillado, el fracaso explicado mediante palabrería, palabras y palabrotas, cuyo uso y abuso era el talento particular del patriarca Chávez. Ahora, en la reflexión poselectoral, me digo que llegué como diplomático chileno a Cuba, hace ya casi 45 años, en la noche en que Fidel Castro explicaba por la televisión nacional el fracaso de su tan anunciada zafra azucarera de diez millones de toneladas de azúcar, y prohibía, de paso, la celebración de las fiestas navideñas, como si una cosa estuviera relacionada con la otra. ¡Qué habilidad para encubrir fracasos, para inculpar a otros, y qué obcecada paciencia la de sus seguidores de todas partes!
La derrota en Venezuela del régimen llamado «bolivariano», demostración de que el pueblo venezolano tiene más memoria y mejor criterio de lo que mucha gente pensaba, me lleva a reconocer una Venezuela que ya temía que hubiera desaparecido para siempre: la de Arturo Uslar Pietri y Juan Liscano, la de Rafael Caldera y Pedro Grases, la de notables poetas y novelistas de mi tiempo y de un poco antes. Ahora se me ocurre agregar un nombre clave, el de un venezolano ilustre, de cultura universal, de tradición caraqueña profunda, avecindado en Chile y contratado por el Gobierno chileno de la época: Andrés Bello. Amigo prudente, didáctico, moderado, del fogoso Simón Bolívar, acompañante suyo más bien reticente, se podría sostener que es la antípoda exacta de los Hugo Chávez y Nicolás Maduro, de los Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. Uno podría preguntarse si la influencia de Bello, desde la sombra de los gabinetes de estudio, desde la penumbra de las bibliotecas, ha terminado por imponerse. Creo que no podemos llegar tan lejos. El momento demuestra que existen fuerzas positivas en la base de nuestras sociedades, pero exige atención, lucidez, voluntad.
La cabeza dura, desmesurada, de Nicolás Maduro, que ahora llama a desconocer las elecciones, se refuerza con los arrestos autoritarios, abiertamente insurreccionales, del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Diosdado Cabello. Entretanto, Cristina Fernández de Kirchner llegó al extremo vergonzoso de poner dificultades y de no participar en las ceremonias de transmisión de los poderes presidenciales, actitud que no tuvo el general Augusto Pinochet cuando le entregó la banda simbólica, tricolor, al primer presidente de la concertación democrática en Chile, Patricio Aylwin. Lo que se expresa, entonces, en los días que corren, es una falta de aceptación por la izquierda populista de las normas ciudadanas más elementales. Los primeros pasos del Gobierno de Mauricio Macri, a pesar de las evidentes limitaciones financieras del país entregado por la señora Fernández, son abiertos, no sectarios, inteligentes, y permiten una visión francamente optimista. El panorama venezolano, en cambio, es más turbio, más inquietante. Un alto personaje femenino del chavismo tuvo la audacia de criticar, hace pocos días, el principio de la separación de los poderes del Estado, ya que un poder judicial fuerte, autónomo, podía, según esta persona, poner trabas a los avances revolucionarios. ¡Pobre Montesquieu!, me dije. Mencioné el tema, sin dar el nombre del autor de El espíritu de las leyes, en una mesa redonda, ante una audiencia numerosa, receptiva, sensible, en la ciudad peruana de Arequipa, y a la salida, poniéndose las manos en la boca a manera de bocina, un miembro del público me gritó: ¡Montesquieu!
Pensé que estaba bien, que la memoria de los clásicos vuelve a ser vigente, urgente, necesaria. Y no estaba mal que me recordaran esto en Arequipa, al pie de impresionantes muros coloniales. Algunos analistas o supuestos analistas europeos insisten en explicar que ha triunfado la derecha y retrocedido la izquierda. El tema es bastante más complejo. El periodismo y el ensayismo europeo deberían dejar de mirar las cosas de la llamada América Latina con ideas simplistas, preconcebidas, «recibidas», como decía Gustave Flaubert, esto es, a punta de lugares comunes. En las coaliciones que han triunfado en Venezuela y en Argentina, en las que han conseguido derrotar de un modo magistral al peronismo kirchnerista y al chavismo, hay, de hecho, componentes de derecha, de centro y de izquierda. Sostener que ha sido una derrota de la izquierda por la derecha es una explicación fácil, y además de fácil, o por eso mismo, tendenciosa. Nosotros, hispanoamericanos, iberoamericanos, necesitamos y tenemos derecho a que se nos analice con sutileza, con respeto de los matices, con inteligencia auténtica, sin guiños a una galería imaginaria. Domingo Faustino Sarmiento le dio forma en el siglo XIX al tema, plenamente vigente hoy, de la lucha entre civilización y barbarie. La derrota electoral del chavismo y del kirchnerismo significó el retroceso de ciertas formas de barbarie política. No fue malo comprobar que en un rincón montañoso de los Andes peruanos, entre huellas sorprendentes del pasado hispánico y no menos sorprendentes testimonios precolombinos, había una memoria de Montesquieu y de gente de esos niveles, así como cuadros de Zurbarán en los conventos, entre piedras incásicas y odres del siglo XVII para exprimir y guardar el aceite. Eran motivos para seguir siendo optimista, a pesar de todo, contra todo.
Jorge Edwards, escritor.