Nelly Arenas - Nicolás Maduro: ¿POPULISMO SIN CARISMA?



En el liderazgo populista la acción política suele emparentarse con ingredientes  religiosos. Por esa razón,  casi todos los líderes populistas son y han sido líderes carismáticos; los distingue esa suerte de gracia, estrictamente personal, esa cualidad extraordinaria en virtud de la cual sus seguidores le valoran como poseedores de fuerzas sobrehumanas, extra-cotidianas, como apuntara Max Weber. 

Santos seculares podríamos llamarlos, capaces de establecer una conexión mística con las masas.  San Perón y Santa Evita son los patronos más reconocidos  del santoral populista latinoamericano. No son los únicos. sin embargo. A ellos se les ha unido más recientemente Hugo Chávez, especialmente luego de su desaparición física.  Chávez, qué duda cabe, puede ser considerado uno de los líderes populistas más carismáticos de todos los tiempos, equiparable, quizá, sólo con Perón o con Evita, o con ambos de una sola vez. 

En los días posteriores al golpe de Estado de 1992, algún dirigente político nacional se atrevió a decir: “Chávez es lo más parecido a Dios que existe”, confirmando esa exaltación emocional que el carisma  en “status nascendi”, puede provocar en las personas.  De modo que para el  proyecto político bolivariano no era fácil continuar su ruta en ausencia de  un sucesor a la altura de esa magna autoridad carismática que Chávez poseía, reconocida y corroborada por sus seguidores, de la cual emanaba su legitimidad.  

La cuestión sucesoral es uno de los problemas principales que enfrenta la dominación carismática cuando le llega la hora de extender su permanencia en el tiempo, es decir  rutinizarse, de acuerdo a  Weber; en particular cuando el portador del carisma desaparece. Cuando esto sucede, el interés de los “prosélitos” en mantener reanimada la comunidad, así como la disposición del “cuadro administrativo” (hombres de confianza) para conservar sus posiciones y preservar sus intereses se patentiza.  Entonces, la escogencia del sucesor puede producirse por diferentes vías. Una  de ellas es su designación por parte de quien  porta el carisma en ese momento. Esto fue lo que ocurrió en el caso venezolano. 

En conciencia de su probable desaparición, el Presidente Chávez escogió de entre sus hombres más próximos, aquél que le había seguido fielmente durante varios lustros, aquél que profesaba una ciega admiración por su persona y por su proyecto socialista en clave castrista.  Creyó que con ello aseguraba la permanencia del “proceso” más allá de su existencia física. El evento de designación constituyó en sí mismo una suerte de transferencia “hierúrgica”  a través de la cual el Presidente, en cadena televisiva nacional, le imponía a su organización política y al país el nombre de un acólito para que lo llevaran a la presidencia cuando él ya no estuviera presente. El instante consagró a Nicolás Maduro como el depositario del legado revolucionario.  “Yo se los pido desde mi corazón” solicitaba en modo suplicante aquel 8 de diciembre de 2012, día en el cual se realizara su última exposición pública.  

Con este acto Chávez sustituía íntegramente a su partido y al obligado debate en su seno, como es propio en cualquiera organización  democrática cuando se trata de escoger nombres con vistas a ocupar cargos de gobierno.  Según Weber, si una  selección de este tipo resulta “falsa”, la misma  se traduce en  “injuria”, en agravio que debe ser “expiado”  en el plano de lo mágico. 

Aunque el autor se refiera aquí a sociedades pre-racionales,  vale la pena el ejercicio de extrapolación, dada la alta presencia  del ingrediente carismático en la dinámica del gobierno chavista. Sin que necesariamente se cumpla el castigo mágicamente,  cuando de dominación carismática se trata, una errada selección pareciera derivar en  penitencia en el plano racional.  Aunque no puede asegurarse que la decisión  del máximo líder  esté siendo “expiada” por las filas oficiales, está claro, sin embargo, que la primera competencia comicial a la que el “sucesor” debió someterse, significó un severo desgaste del capital de apoyo electoral chavista. 

Maduro accedió a la presidencia  de la república en 2013 con  apenas 1, 59 de ventaja sobre su contendor, Henrique Capriles,  a pesar del grosero ventajismo del gobierno en el uso de los recursos del Estado y una onerosa y abrumadora  campaña  montada sobre la poderosa imagen del recién fallecido Presidente.  Desde su tumba de héroe redentor, Hugo Chávez  actuaba como el verdadero candidato. Nicolás Maduro era una figura secundaria, más bien insinuada en la promoción electoral. En el chavismo, la decisión de sufragar  se convirtió en una promesa de fidelidad al difunto: “Chavez te lo juro, mi voto es pa’ Maduro”. “Endorsement del más allá” fue la calificación que  dio Justo Morao, un experto venezolano en publicidad, al fenómeno. En adelante, se convirtió en  suprema necesidad oficial, dotar al recién electo presidente de una gracia manufacturada en compensación de la que naturalmente le había sido negada. 

Así como la figura oscura y desangelada de José Stalin se encumbró sobre el reciclaje de la de Vladimir IIyich Lenin, aprovechando el aura del forjador insigne de la Revolución rusa, tal como lo muestran los trabajos de la investigadora Carol Strong, con la de Maduro se ha venido ensayando algo similar. Sólo que el esfuerzo por carismatizar (si se me permite el verbo) al Presidente, pareciera encontrar potentes límites. “Maduro es pueblo” “Presidente obrero” son frases publicitarias que procuran acercar al Presidente a una población, cuya insatisfacción crece con la severa situación de crisis generalizada que agobia al país. La última de sus promociones en TV alude a un hombre que, semejante a Bolivar, Ho Chi Minh, Mandela y Chávez, “vence dificultades”. 

La verdad es que, a falta de carisma, probablemente Maduro haya optado por “vencer dificultades” afincándose en el patrón populista heredado de su padre putativo.  Siguiendo las conceptualizaciones políticas y discursivas del populismo, Carlos de la Torre entiende este fenómeno  “como una estrategia para llegar al poder y gobernar basada  en un discurso maniqueo que polariza la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía”.  “Pelucones”, como llama el presidente a los oligarcas, y  pueblo, son los dos polos antagónicos presentes en la narrativa madurista. 

El problema es que la ruptura populista que dio al traste con el viejo status quo político,   inaugurando un nuevo universo simbólico  no se operó con Maduro sino con Chávez. por lo que su discurso, a pesar de conservar las mismas claves que las del fallecido presidente, suena gastado y vacío. Una suerte de populismo  al que le falta el don, la fascinación, semejante al  café al que se le ha sustraído su espíritu estimulante y excitante, la cafeína.   No obstante, sobre la base de ese patrón político se hizo posible el triunfo oficialista en los comicios municipales de finales de 2013 a partir del célebre Dakazo  por  todos  conocido. Maduro sabe que su fuerte es ese; por eso se esfuerza y recurre, la más de las veces de burda manera, a  recursos de aproximación al pueblo a partir de la dádiva  maravillosa e inesperada. Tal fue el caso de la señora que recibió una flamante camioneta de manos del Presidente, sólo porque ésta tuvo la “suerte” de que la caravana presidencial coincidiera con ella  en la autopista, justo cuando su viejo auto sufriera una avería; o aquella otra que le arrojó un mango y a cambio el mandatario le gratificó con una vivienda.  

Pero, al tiempo que esta modalidad de gobierno transcurre, Maduro es capaz de reconocer, frente a su partido, el PSUV, y de cara a los retos electorales que se avecinan, la necesidad de “repolitizar” y “reideologizar” al pueblo so pena de “perder los logros de la revolución y [hasta] la propia revolución”. Esta apelación pone en evidencia la desmovilización que parecieran experimentar las bases de apoyo de la revolución bolivariana lo que contradice uno de los principios fundamentales de todo  populismo, a saber, la activación de las masas en respaldo al movimiento y al jefe populista.  Hasta donde  sepamos, no existe en el mundo un caso de conducción populista legada, como la que nos ocupa. 

La pregunta sería si un populismo forzado y disminuido, desprovisto de carisma, es capaz de mantener en pié el tinglado, material e ideológico,  sobre el que descansa el proyecto socialista del siglo XXI, levantado por Hugo Chávez.  Está claro, sí, que un “cuadro administrativo” heredero de un proyecto con significativa vocación totalitaria, hará todo cuanto a su alcance esté para preservar su dominación. Está claro también que el mismo posee un lógico interés  en preservar los cimientos de un Estado patrimonial, en el cual las distinciones entre la esfera pública y la privada se vuelven cada vez más nebulosas.  En fin,  un “cuadro administrativo” que, a partir de la autoridad carismática de Chávez, ha pretendido legitimar sus intereses  asentándolos como “derechos adquiridos”.  

La cabeza, sin embargo, escogida  por el mismo Chávez  pareciera actualmente poner en riesgo ese estado de cosas. ¿Estará Chávez en  el más allá, expiando esa culpa?