Nelly Arenas - EL TERCERO INCLUIDO

  

Todo liderazgo populista se construye al cobijo de un enemigo al que es necesario aniquilar. El líder y su pueblo forman una díada inexplicable si ese enemigo no  entra en escena. De modo pues que para que haya identidad populista es vital la aparición de ese tercero.  Como se le llame: inmigrantes indeseables, corruptos, oligarquía, apátridas, imperialismo, el caso es que para que la estrategia política populista se despliegue, es imprescindible que ese tercero, el cual representa el vivo retrato del mal, forme parte  del juego. Real o imaginario,  casi siempre más imaginario que real, el “tercero incluido”, término que le debemos a D. Martuccelli y M. Svampa, dos estudiosos del fenómeno, es tan importante como son el líder y el pueblo para comprender el contenido de toda mitología populista. 

América Latina, continente pródigo en experiencias de ese tipo, nos brinda variados ejemplos de cuan eficaz puede ser este mito a la hora de nutrir liderazgos en su ascenso hacia la cima del poder, o de  venir en su auxilio cuando éste se ve amenazado. Un ejemplo  del primero de los casos nos lo ofrece la Argentina de Perón de 1945. 

En mayo de ese año aterrizó en el país del tango el embajador americano Spruille Braden dispuesto a conjurar un “nuevo brote fascista” en el mundo, encarnado por el gobierno argentino de acuerdo a una matriz de opinión instalada internacionalmente. Y es que, ciertamente, los militares  gobernantes, entre los que se encontraba el coronel Juan Domingo Perón, profesaban una inocultable admiración por las potencias del Eje, derrotadas en la guerra. Pero, contrariamente, la llegada del plenipotenciario, sirvió para impulsar el ascenso de Perón a la presidencia de la República. 

Percibido como una intromisión en los asuntos internos del país, el desempeño del Embajador avivó el fuego nacionalista que daba calor a la prédica militar, en especial, a la del flamante líder.   Los oficiales revolucionarios que habían derrocado al gobierno en 1943  con el propósito de establecer un “nuevo orden nacional”, enfrentaban al momento una considerable crisis de gobernabilidad. Tal crisis, signada por la presión de un frente de variadas fuerzas sociopolíticas y una gama de protestas lideradas por los estudiantes universitarios, no aseguraba el futuro del régimen castrense. Las fuerzas en cuestión reclamaban el regreso al orden constitucional severamente lesionado por los golpistas. Pero la historia tiene posibilidades insondables y Perón supo jugar hábilmente en el tablero de los imponderables políticos. 

Como se sabe, valiéndose de su cargo como Secretario de Trabajo y Previsión, el coronel Juan Domingo Perón logró avanzar con paso firme y acelerado hacia la presidencia de la República. Los comicios de 1946 le dieron el triunfo inaugurando sólidamente la era peronista de la que todavía la nación del sur no se deslastra. No fue ajeno al acontecimiento el embajador Spruille Braden.  El famoso slogan “O Braden o Perón” impreso en letras de hierro en la campaña electoral de febrero de 1946, colocó a los argentinos en la disyuntiva suprema de escoger entre el diablo yanqui o el Dios argentino. Y, así, el secretario del trabajo se convirtió cómodamente en presidente de la república: el tercero incluido había puesto lo suyo. Spruille Braden no fue el responsable absoluto de que el militar golpista accediera a la primera magistratura, pero su cuota fue importante. Los reclamos por el retorno a la vía constitucional se estrellarían contra la muralla autoritaria que impondría la voluntad omnímoda del oficial Perón en el transcurso de su primer gobierno (1946-1951).   

9 de marzo de 2015. Luego de soportar continuas agresiones diplomáticas provenientes del gobierno venezolano, el  Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, recoge el guante y  toma medidas soberanas contra varios funcionarios  públicos al servicio del régimen chavista. Violadores de los derechos humanos e incursos en graves delitos asociados al lavado de dólares, las actividades de los siete implicados  pudieran afectar la estabilidad del sistema financiero del país  norteño según sus autoridades expertas. La medida luce justa, qué duda cabe, pero ha sido calibrada pensando  en los efectos políticos estadounidenses;  no en los que pudieran incidir sobre los factores opositores venezolanos en tiempos pre-electorales. 

Nicolás Maduro se frota las manos. De donde menos lo esperaba le ha sido enviado un paracaídas salvador. “Tal vez Obama le está dando a Maduro lo que Maduro tanto ha buscado: un enemigo más grande que la crisis”, ha escrito Alberto Barrera Tyszka en su cuenta de Twitter. En menos de 140 caracteres el escritor venezolano lanza un dardo certero que apunta hacia las hipotéticas consecuencias políticas nacionales. En efecto, Maduro truena enseguida la frase quizás largamente ensayada puertas adentro de Miraflores: “El Presidente Obama ha dado el paso más agresivo, injusto y nefasto que jamás se haya dado contra Venezuela (…) Los Estados Unidos y el Presidente Obama, representando la elite imperialista de los Estados Unidos, ha decidido pasar personalmente a cumplir la tarea de derrocar mi gobierno e intervenir Venezuela para controlarla desde el poder estadounidense.” 

Seguidamente, concentraciones antiimperialistas van y vienen; bufos ejercicios militares, recolección de firmas en todas las plazas Bolivar del país para repudiar  “la planta insolente del extranjero” y atajar la invasión de los marines quienes, en la fantasía bolivariana posiblemente, preparan con avidez sus aperos bélicos; Ley habilitante otorgada al Presidente para enfrentar al peligroso Tío Sam; “Maduro, Maduro al gringo dale duro” y, otra vez, el fastidioso “Yanqui go home”… El enemigo ha sido construido simbólicamente de cuerpo entero como en los mejores formatos populistas clásicos.  Como el “Braden o Perón”  sin duda. La apelación al finado caudillo se desliza automáticamente: “Esta es una oportunidad maravillosa para recordar a nuestro comandante Chávez y su discurso antiimperialista,  su mensaje patriota y la necesidad de tomar conciencia para defendernos de las garras del imperio” clama el gobernador del estado Vargas, General García Carneiro.
Ante la posibilidad de que el Presidente Maduro recupere el terreno que ha perdido según las más confiables firmas encuestadoras locales,  la inquietud en la oposición venezolana está más que justificada.  Sin embargo, la Venezuela de Maduro no es la Argentina de Perón. Venezuela hoy es un país económicamente quebrado, cuyo Estado acusa una mengua significativa  de sus ingresos petroleros dificultándole hasta la importación de alimentos básicos; la Argentina de ayer gozaba de altas tasas de crecimiento económico que hacían posible amplias políticas redistributivas. Es decir, la réplica del  esquema maniqueo consustancial al populismo no tiene porque arrojar resultados favorables cada vez.  

El ardid de convertir una medida focalizada en unos pocos corruptos en una que involucre a todo el universo pueblo no necesariamente da dividendos electorales. Pero, sobre todo, Maduro no calza los zapatos de  líder, ni es  populista aunque lo intente de mil maneras. No sólo porque la naturaleza no le obsequió ni con un gramo de carisma, sino porque su complexión política no da para articular las disímiles fuerzas que se mueven en su entorno, ingrediente indispensable para calificar como líder populista, como ha indicado Fernando Mires.  A pesar de que se esfuerce por replicar las claves discursivas  de su  “padre”, sus palabras suenan huecas,  saben a cartón. Aunque se proponga fabricar un nuevo Dakazo, esta vez regalando “soberanía” y “dignidad nacional” en vez de licuadoras y televisores, la tragedia  que desgarra al país debería pasarle factura a él y a su régimen. Por más que el tercero sea  magistralmente incluido.