Alejo Urdaneta - EL ESPÍRITU BURGUÉS EN SARTRE




El punto de partida de la ética sartreana es la tesis ontológica fundamental de que el hombre es libertad: un ser desarraigado de la masa del ser (universo o Dios), sin orden ni razón trascendente que justifiquen su sentido como individuo. A partir de esta tesis básica, afirma Sartre que la vida del hombre puede adoptar dos formas, dos actitudes existenciales, dos modalidades, según la manera como asuma la propia libertad. En efecto: puede orientar su vida hacia un encubrimiento de esta libertad, lo cual lo conduce a una forma de existir inauténtica; o puede, por el contrario, reconocerla y adoptarla como valor supremo, con lo cual se orienta hacia la autenticidad. En el primer caso tenemos un tipo de existencia o de la vida que Sartre denomina en general “espíritu de la seriedad”.
Lo característico de este espíritu es la doble creencia en la existencia de valores trascendentales, y en que tales valores residen como cualidades sustanciales  en las cosas. Es, sobre todo, la inclinación a comprenderse desde y por el mundo, encubriendo el propio ser. El espíritu de la seriedad corresponde a las formas de la vida burguesa, pero también a las formas de vida inspiradas en el comunismo marxista. El serio es en general el hombre que toma la vida como un destino que le viene de fuera. Es tanto el tipo de hombre burgués que se guía por las tradiciones y los valores consagrados, que aparta de sí cualquier inquietud existencial, como el comunista que cree ciegamente en los dogmas y consignas del partido. En todos los casos lo que distingue al serio y a su forma de vida, por tanto, a su moral, es el encubrimiento de la negatividad. 
La moral del serio se fundamenta en la mala fe. Su fin es ocultar el desarraigo humano. Este ocultamiento adopta dos formas. En la medida en que el hombre es una “carencia de ser” (manque), la primera forma de ocultamiento consiste en la inclinación a querer ser, a otorgar a nuestra existencia el peso, la consistencia, la realidad del “ser en- sí” (1), del universo o unidad total. Se inventa, para este fin, una esencia humana con atributos invariables, una naturaleza, un espíritu. El mundo cotidiano y social se convierte en el mundo de los personajes, de los roles, de las estatuas, de los paradigmas y hasta del uso del lenguaje de un modo uniforme. El burgués crea un mundo de artificio basado en hábitos inamovibles que no lo distinguen en la sociedad y constituyen grupo.  
 En segundo lugar, como el hombre es un desarraigado de la masa del ser (unidad total indiferenciada), sin puntos de apoyo, sin sentido trascendente, la segunda forma de ocultamiento consiste en poblar el universo de fines y valores  con apariencia de trascendentes. Se busca entonces un apoyo en la historia, en la religión o en la naturaleza, y surge el héroe o surgen los ritos religiosos, con la mirada puesta en el ritmo incesante de la naturaleza que todo pretende explicarlo.
Frente a esta forma inauténtica de vida, la forma auténtica, que Sartre ha calificado como “un ateísmo llevado a sus últimas consecuencias”, tiene su punto de partida en la conciencia lúcida de la propia libertad y en la decisión de erigirla en el único y definitivo valor de nuestra vida. Esto último equivale, a su vez, al proyecto de vivir en permanente desarraigo, sin querer sucumbir ni a la ilusión enajenada de los mundos trascendentes, ni a la inclinación tranquilizadora de querer alcanzar la condición imposible del “en-sí”. La ética sartreana es el esfuerzo teórico para demostrar que es posible vivir, con sentido, bajo la determinación de este doble requisito de la libertad.
En su aspecto filosófico, esta ética corresponde al programa nietzscheano de la superación de la moral. Incluye, por tanto, dos etapas correlativas. En la primera se lleva a cabo una disminución de los valores y de la moral tradicional. En la segunda se intenta una superación que debe conducir a un nuevo tipo de hombre, de humanidad y de cultura. La primera parte de este programa la lleva a cabo Sartre, como Nietzsche, descubriendo o develando el fundamento extramoral de la moral tradicional. Para Sartre, el fundamento de la moral burguesa consiste en un encubrimiento de nuestro verdadero ser. Así como en Nietzsche la moral cristiana encubría y frenaba la “voluntad de poder”, en Sartre la moral burguesa encubre y frena el testimonio de la libertad.
El artista o el pensador son testimonio de libertad, porque acentúan el matiz, el grado, la singularidad: son antimaniqueos en el sentido de admitir las variadas opciones de la verdad. La acción es en sí misma maniquea, y lo es en estado agudo en la medida en que afecta a las masas. Todo autentico revolucionario es maniqueo, y lo es también el político, porque en su actitud no cabe sino la idea concebida que no puede ser cuestionada.
Toda obra de arte describe las formas del existir, aun en aquello que no envuelve compromiso y calificamos como inefable. En la obra está la demostración de una estructura humana existente.

NOTAS COMPLEMENTARIAS

“En - Si” significa el todo indiferenciado, el universo del que formamos parte, la masa que nos contiene como concepto filosófico.
“Para Si” somos cada uno de nosotros como consciencia diferenciada con individualidad. Este es el “yo” consciente de su inutilidad y de su incapacidad de “SER” distinto del “En- Sí”. No existe por sí mismo, es inútil como individuo porque está desarraigado del “”En- Si” y no tiene vida propia.

OBRAS CONSULTADAS
1.- El problema moral y el pensamiento de Sartre. Francis Jeansen. Prefacio de Jean-Paul Sartre. Editorial SIGLO VEINTE. Buenos Aires, 1968.
2.- Jean-Paul Sartre, por René Marill Albérés. Editorial La Mandrágora. Buenos Aires, 1952.