Nelly Arenas - ¿VENEZUELA, HACIA UN AUTORITARISMO RADICAL?




El ascenso al poder de Hugo Chávez en el 98, fue impulsado en gran medida por su sugestiva oferta de transmutar el devaluado sistema político  venezolano en uno cuyo sostén fuera una verdadera democracia participativa. Esta oferta fue comprada por amplios sectores del país sin mucho reparar en el oferente: un militar que había intentado un golpe de Estado, cuya agenda original era el diseño de un Nuevo Orden Nacional en cuyo seno no tendría cabida la democracia representativa. Un “gobierno o régimen especial, no puede ser un gobierno producto de elecciones... Nada que intente superar ese modelo de democracia liberal que para nosotros ya murió, puede provenir de elecciones” fueron palabras del futuro presidente recogidas por Agustín Blanco Muñoz en su imprescindible texto Habla el comandante.

Pero, contra sus deseos primarios, el líder supremo del Movimiento Bolivariano Revolucionario, se hizo del poder por la vía del sufragio popular; vale decir a partir de los denostados mecanismos de la democracia representativa.  Desde los mismos días constituyentes, no obstante, la pulsión autoritaria del nuevo elenco en el poder se descargó contra la institucionalidad democrática, acaparando para sí la totalidad de los poderes públicos que desde entonces no han dejado de obedecer los imperativos del caudillo en trance presidencial; ayer Hugo Chávez, hoy  Nicolás Maduro. Mientras tanto, el discurso a favor de la democracia participativa se hacía más florido y abundoso convirtiéndose en el patrón  inspirador de otros movimientos políticos en el mundo ligados a la izquierda, no sólo de América Latina, sino también de Europa como queda de manifiesto en las promesas de renovación de la democracia del partido Podemos en España.  Mucha tinta  también han gastado innumerables universitarios en el mundo ponderando el modelo venezolano, cautivados por las fórmulas de participación  ensambladas  por los portadores del nuevo socialismo. 

Aquella  pulsión autoritaria que descubrimos en los orígenes del régimen no ha hecho sino acrecentarse a lo largo de estos 16 años tipificando lo que algunos estudiosos han denominado autoritarismos competitivos o  regímenes híbridos. Este tipo de autoritarismo es útil para  categorizar a algunas modalidades de gobierno que sustraen de la democracia sus instrumentos de legitimación, principalmente el voto, pero, una vez conquistado el poder despliegan el abanico  autoritario saltándose las barreras de la legalidad y echando por la borda la premisa de que el fin último de la constitucionalidad democrática es la organización de un gobierno restringido, vale decir, con límites. 
De modo que la muy ensalzada democracia participativa se ha desenvuelto en un ambiente de poder que la niega de facto.  La experiencia del 2007 con  la reforma constitucional emprendida por Chávez es el mejor ejemplo.  Perdido el referéndum, precisamente un mecanismo de consulta que presupone mayor control de las decisiones públicas en manos del  ciudadano,  el gobierno se dedicó a armar una plataforma “legal” paralela a la constitución que se le ha venido imponiendo al país en el interés parcial del proyecto bolivariano. El Estado comunal se inscribe dentro de esa plataforma cuya orientación emana del “Poder Popular” el cual, como el mismo presidente lo expresara en su oportunidad “no nace del sufragio ni de elección alguna”. Darío Vivas, uno de los líderes del chavismo complementaría más tarde la sentencia cuando, a la luz de las críticas opositoras a la Ley de Comunas diría: “Se le olvida a la oposición que no estamos en democracia representativa sino que hay un protagonismo popular…” (El Universal 2-7-2010).

Quiere decir esto que  la idea de prescindir del sufragio ha estado en el ánimo del liderazgo chavista; se ha ido dejando deslizar sin  mucho ruido a lo largo del tiempo y  ha estado quizás al acecho en espera del momento en que las tuercas de la necesidad de sobrevivencia del poder reclamen materializarla al costo que sea. 

¿Cómo interpretar los acontecimientos más recientes en Venezuela? ¿Cómo explicar las absurdas acusaciones a Julio Borges y la arbitraria y violenta detención del alcalde metropolitano de Caracas?  Múltiples hipótesis pueden tejerse, todas ellas susceptibles de  validación; sin embargo,  aguzar la percepción en torno a   la necesidad mayor del régimen cual es la de sostenerse a toda costa en el poder, pudiera ser de  utilidad a los factores opositores para mantenerse espabilados, como parecieran estarlo, y no  distraer  su atención en asuntos  subalternos. Que el gobierno conserve el poder pasa por ganar las elecciones parlamentarias a la vista. Sin embargo, los últimos sondeos realizados por diversas firmas encuestadoras, no permiten presagiarle un desenlace victorioso.  

Más aún, la brecha a favor de la oposición parece ampliarse cada vez más. ¿Esta situación, inédita para la cúpula militar-civil  en funciones de gobierno, será la que explique  la razón de esta desmesurada  acción contra el liderazgo opositor? ¿Pretende tal conducta desarticular a la oposición e inhabilitar a sus dirigentes para asumir el vital compromiso electoral que se avecina? De ser así, ¿dejaríamos de estar en presencia de un tipo de autoritarismo competitivo para entrar en otro más radical en el cual el derecho al voto  pueda ser conculcado? En un reciente trabajo de Ángel Álvarez y Benigno Alarcón (UCAB, 2014), se hace referencia a  modalidades de autoritarismos  “hegémonicos” y “cerrados”, siguiendo la tipología de Howard y Roessler.  El primero de ellos puede ser una deriva de un autoritarismo híbrido o competitivo ante la pérdida de su base de legitimidad electoral; la posibilidad de perder el poder con los costos consiguientes,  impulsa a adoptar formas  de gobierno más fuertes, dejando muy poco espacio a la competencia electoral al anular las figuras políticas desalineadas y restringir la existencia de  organizaciones partidistas.  En el segundo tipo, no existen elecciones y la selección de autoridades públicas es realizada por el grupo que ejerce el poder. Algunos países en el mundo sirven de ejemplo para ambos casos.

¿Se aproxima Venezuela a uno de estos dos tipos de autoritarismo o a una combinación de elementos de ambos según las apremiantes necesidades del régimen? No es posible vaticinarlo ahora pero los rudos modales de los que hace gala en estos días el cuadro gobernante, obligan a no bajar la guardia; hacer un esfuerzo máximo para recuperar la unidad y batallar para preservar los cada vez más delgados hilos que  todavía nos permiten a los venezolanos mantenernos ligados a la democracia. 

Febrero 2015