Fernando Mires - EL AMOR Y LA BELLEZA SEGÚN SÓCRATES



                       
Extractos de “EL Libro del  Amor” de Fernando Mires, Editorial Araucaria, Buenos Aires,  2012)

(.....) La inmortalidad es el objeto del amor, ha dicho Diotima (Diotima es la versión femenina de Sócrates). La inmortalidad de la especie humana está asegurada por el deseo sexual, agregará la adivina. Ese es el sentido divino del deseo de poseer el cuerpo de la o del amad@. Ese es el amor del mundo, que viene no del alma, sino  del ánima. Existe en todos los seres vivos, cuando sienten el deseo de engendrar. Los animales, cuando les llega su debido tiempo, estallan en una verdadera orgía de amor, al igual que las flores en primavera, o con los truenos y relámpagos en el invierno. Después del acto de amor, viene la procreación, y he ahí que la mayoría de los seres vivos cuidarán y protegerán  lo que han pro- creado, tanto o más que sus propios cuerpos. Por amor a sus hijos, las madres dan la vida; les viene una valentía y una fiereza que nunca antes habían tenido. ¿De dónde les viene esa fuerza? ¿Qué o quién es lo que las anima? ¿No es acaso la lucha por la continuidad de la vida, no es la guerra a muerte en contra de la muerte?
Los animales (los animados), en su mayoría no lo saben; al menos eso es lo que nos parece. Puede quizás que conozcan la muerte; pero no “a la idea de la muerte”. En cambio nosotros, los humanos, no sólo sabemos que vamos a morir; sabemos además que muerte y vida no son sólo dos estadios separados del ser, pues cuando estamos viviendo, también estamos muriendo (Heráclito). Mientras vivimos somos los mismos pero al mismo tiempo ya no lo somos. Siempre algo está muriendo en nosotros, pero también algo está naciendo. Los cabellos, las uñas, la carne, los huesos, la sangre, es decir, estamos naciendo y muriendo con todo el cuerpo mientras vivimos.
Sólo hay mortalidad donde hay natalidad, pero a la vez, la natalidad crea  inmortalidad en la mortalidad. Todo lo que es mortal participa en la inmortalidad. El deseo sexual no podría entenderse sin esa sed de inmortalidad que anima a todos los seres vivos. Cuando nuestros órganos sexuales nos apremian, en busca del placer y del orgasmo, es que en ellos se encuentra representado todo el deseo de vida de toda la materia del mundo; la continuación de lo que somos en el cuerpo que abriga la posibilidad de ser. La copulación, en el sentido de Diotima, es poética, porque lleva a lo que no es, que es el no ser, a la condición de ser.
Y no sólo el cuerpo muere y nace durante su vida. El alma también.
Mientras vivimos son modificados los hábitos, las costumbres, las opiniones, los deseos, las penas, los placeres, los temores. Pero no únicamente lo que conocemos nace y muere en nosotros: cada conocimiento en particular, también se va modificando. Los conocimientos, como también, a quienes hemos conocido e incluso amado, se borran en el tiempo, es decir los olvidamos. Pero también quienes recordamos, ya no son exactamente los mismos que recordamos. En cada recuerdo hay un olvido. No obstante, en cada olvido, late un recuerdo.
(....) El amor es la fuerza de la vida que produce vida y al hacerlo, lleva sobre nuestra piel, las marcas de una guerra a muerte en contra de la muerte. Ahora, según Diotima, hay dos modos como el ser produce la vida. Una es la producción material de sí mismo, que lleva lo que no es, al ser, mediante la copulación, o poesía de los cuerpos. La segunda, es la producción de la sabiduría. Para el primer amor, son necesarios el hombre y la mujer. Para el segundo caso, puede faltar la mujer (o el hombre, agrego). Pero eso no significa que para Sócrates no existan mujeres sabias. El mismo hecho que Sócrates haya inventado a la Diotima de Mantinea ha demostrado que Sócrates estaba bastante lejos de ser un endiosador de la masculinidad. El problema es que para los griegos no resultaba conveniente mezclar los dos amores como ocurre en nuestro tiempo. El amor a los cuerpos y el amor al espíritu cuando se confunden el uno con el otro, no hacen ningún favor ni al espíritu ni a los cuerpos; eso es lo que sugiere Diotima. De ahí que, para que los cuerpos produzcan sabiduría y no sólo hijos, es conveniente a veces, separar un poco a los cuerpos, no de los hijos, pero sí del espíritu. El abrazo pasional del amor sexual, no siempre es demasiado espiritual, y tal vez es bueno que así sea. El amor filosófico, tampoco es muy sexual; y tal vez es bueno que así sea.
( .....) La belleza de los cuerpos bellos son las musas del amor en estado primario que se aparecen ante nosotros, casi desnudas, para entusiasmarnos con sus cadencias. Sin entusiasmo en la vida, no hay espíritu que venga, ni que se aparezca. El espíritu que viene, cuando se aparece, no es el cuerpo cadencioso, pero se parece. Lo que aparece tiene siempre un antecesor en lo que se le parece (o sino, jamás podríamos reconocerlo). La belleza del cuerpo no es la del espíritu, pero es la que al espíritu, que aparece, más se le parece. Toda aparición debe parecerse a su apariencia.
La unión más ideal, de acuerdo al esquema del amor socrático, es la que se da entre un alma bella y un cuerpo  bello. De acuerdo a esos cánones se explica porque los cuerpos bellos de los efebos bellos ejercían tamaña atracción en Sócrates. Pero también ocurría a la inversa. Los jóvenes bellos, como Agatón, rodeaban el alma de Sócrates, pidiendo les contagiara algo de su sabiduría. Hay pues una relación intensa entre belleza corporal y la producción del discurso filosófico. Gracias a ese discurso filosófico, podemos llegar a comprender que ese cuerpo bello que amamos no lo amamos sólo porque sí, sino que porque aparece, ante nuestros ojos, como un significante de todos los cuerpos bellos del mundo, los que a la vez son los significantes de toda la belleza que encierra la vida. Una sola rosa bella, representa la belleza de todas las rosas del mundo. La belleza siempre está más allá de donde se encuentra. Cada belleza es un signo de otra belleza. Cito a Diotima-Sócrates, porque lo que dice en este punto, es muy importante.
( Hay que) “ .....comenzar desde la juventud a dirigirse a los  cuerpos bellos, y si conduce bien el iniciador, enamorarse primero de un solo cuerpo y engendrar en él bellos discursos; comprender luego que la belleza que reside en cualquier cuerpo es hermana de la que reside en el otro, y que si lo que se debe perseguir es la belleza de la forma, es gran insensatez no considerar que es una sola e idéntica cosa la belleza que hay en todos los cuerpos. Adquirido este concepto, es menester haberse enamorado de todos los cuerpos bellos y sosegar ese vehemente apego a uno solo, despreciándolo y considerándolo de  poca monta”  (Platón, El Banquete)
La comprensión de la belleza, requiere de determinados pasos. Primero, hay que saber reconocer un cuerpo bello de otro que no lo es (reconocimiento siempre subjetivo pues para lo que uno es bello no siempre lo será para el otro). Segundo, al inspirarnos de la belleza en ese cuerpo, hay que aprender a hacer un discurso a la belleza de ese cuerpo. Tercero, debemos amar en ese cuerpo, toda la belleza de todos los demás cuerpos bellos, e incluso, la que está más allá de los cuerpos. Y cuarto, y a eso apunta Diotima, hemos de aprender a reconocer, gracias al reconocimiento de los cuerpos bellos de los que no lo son, la belleza del alma, que es la que no siempre se ve y casi nunca se toca. Eso quiere decir: que para llegar a amar la belleza del alma, debemos iniciarnos en el conocimiento de la belleza de los cuerpos. De ahí se desprende, que el conocimiento de la belleza de los cuerpos, no lleva directamente al conocimiento de las almas, pero sí, es una condición para ese conocimiento, pues si no hemos aprendido primero a conocer la belleza en las cosas, jamás podremos conocerla en los espíritus, hasta llegar a ese estadio final de ser capaces de reconocer la belleza de un alma en un cuerpo que no sea necesariamente bello.
La belleza que se muestra en los cuerpos, y en todas las demás cosas bellas, son anuncios de la presencia del espíritu divino sobre la tierra. Eso no quiere decir que a un cuerpo (convencionalmente) bello deba corresponder necesariamente un alma bella. Muchos han hecho incluso la experiencia contraria: El bello cuerpo de la mujer más bella puede llevar consigo el alma de una serpiente; lo puedo jurar. Lo que quiere decir Diotima, por cierto, es otra cosa. Que para reconocer la belleza interior, hay que aprender primero a conocer la belleza exterior. Al revés resulta absolutamente imposible. Sólo puedo ver tu alma detrás de tu rostro, nunca podré ver tu rostro detrás de tu alma. O también: podré ver tu alma en tu rostro, mas no, tu rostro en tu alma. Hay que gustar de la belleza de las apariencias para encontrarla después donde ella se encuentre, en sus esencias .
La belleza exterior según Sócartes no viene de afuera, sino de adentro del cuerpo humano (de su sangre, de sus huesos, de sus genes, de sus tripas). En cambio, la belleza interior, viene de afuera, de la luz del espíritu concentrada en el alma del ser. La belleza exterior es un anuncio, una muestra, un letrero luminoso que nos dice que la belleza existe. La belleza interior, la que no se muestra, la que está escondida, hay que buscarla, desenterrarla debajo de la tersa piel que nos excita e incita. Eso es posible hacerlo sólo después que hemos conocido la belleza exterior, porque si no la hubiéramos una vez conocido, desde fuera, nunca podríamos reconocerla hacia adentro. A través de la belleza exterior aprendemos a conocer a “la idea de la belleza”.
Las dos bellezas, la de “los adentros” y la de “las afueras”, no son coincidentes. Pero, las dos vienen de un origen divino. Son las dos Afroditas de la mitología griega. En ese punto están de acuerdo todos los asistentes al Banquete. A las dos hay que amarlas, pero de modo distnto.
(....) Podemos servirnos de ambas Afroditas: de la santa y de la que es un poco más puta. La mariposa nocturna, siempre de luto; y la diurna, siempre de novia. Esa era la posibilidad que nos abría justamente uno de los hombres más feos de Atenas: Sócrates, quien a la vez, poseía el alma más bella de todas las islas. Más todavía: Mientras la belleza exterior no se refleja en el interior, la belleza interior no tarda en reflejarse en la exterior. Puede ocurrir en el sonido calmo y preciso de la voz que te nombra. En unos ojos que de pronto te miran fijos como si te quisieran clavar el alma, o cuando escuchas recordando a “alguien”, un adagio que rompe en dos un concierto para piano y orquesta de Mozart. (.....) A veces, basta que alguien se atraviese en tu camino, para sentir el llamado de la belleza exterior ardiendo como un incendio en tu alma.
Amando la belleza exterior, podemos avanzar hacia la interior, y de ahí, comunicándonos con la segunda, podemos alcanzar un tercer nivel de la belleza: la de la filosofía de dos seres que indagan juntos sobre la vida, el destino, la muerte; todas las cosas, los dioses inclusive; y el Dios, por supuesto. Alcanzada esa fase, la de la ciencia (dice Diotima), las demás bellezas, incluida la interior, se convierten en apariencias de otra belleza inalcanzable, pero siempre pre-sentida. La belleza divina. Aquella belleza que no tiene exterior ni interior; la belleza una, la number one, la que está más allá de las cosas: el verdadero amor, no a un cuerpo, no a un alma, sino que a todos los cuerpos, a todas las almas todas, que son al fin figuras luminosas de esa belleza que reina sobre todo el ser del mundo. (..... )
Cuando esa belleza es alcanzada, y puedas vivir no sólo contemplándola en todo su esplendor, sino dentro de ella, que poco bellos aparecerán los cuerpos más bellos que viste en tu mortal vida. Porque esa belleza, que pasa por la carne y la piel, está más allá de la carne y de la piel. Así como los ojos y los dedos y la nariz y los oídos y la boca fueron los órganos para percibir la belleza de los cuerpos, el órgano adquirido con la ciencia (filosofía), el alma, elevada al espíritu, y convertido por el espíritu en un nuevo órgano, te permitirá percibir lo que está más allá de tu vida, antes de que nacieras, después de que murieras. Esa, la nueva belleza que has alcanzado, es la belleza de la inmortalidad. Esa es la buena noticia de Diotima de Mantinea. La mala noticia no la dijo: pero está supuesta en su mensaje y es la siguiente:
Para alcanzar esa belleza inmortal, no basta tu vida. En un momento, para acceder a toda ella, has de morir.