Julio Borges - DIGNIDAD DE LA CONCIENCIA, TOTALITARISMO Y ANTIPOLÍTICA





Quizás la literatura más autorizada sobre la lucha contra el totalitarismo es la que procede de la Europa del Este. La dominación soviética sobre los países que yacían detrás del Telón de Acero engendró las plumas que mejor han descrito la esencia del fenómeno totalitario. Juan Pablo II, Lech Walesa, Alenxander Solzhenitnsyn, Mart Laar y Václav Havel fueron hombres de acción que enfrentaron a los enemigos de la libertad. Pero también fueron hombres que supieron plasmar en el papel la hondura de ese mal moral que es el totalitarismo.

Una de las ideas recurrentes en los mencionados autores es la tensión que existe entre conciencia y poder político dentro de los regímenes totalitarios. Una tensión que se hace mayor cuando sus términos advierten que no es posible la coexistencia entre ellos: la libertad de la cosciencia es la ruina del totalitarismo, y el triunfo del totalitarismo es la abolición de la conciencia.

Para ilustrar lo anterior acaso sea oportuno recurrir a una cita de Václav Havel. En su célebre obra El poder de los sin poder (Moc bezmocných), el primer Presidente de la Checoslovaquia post-soviética señala que la especificidad del totalitarismo estriba en la construcción de una ideología total, en una suerte de religión secularizada que presume de dar respuesta a todas las cuestiones humanas y que, a la postre, se adueña de toda persona y de toda la persona. Dice Havel:

¨En la época de la crisis de las certezas metafísicas y existenciales, en la época del desarraigamiento del hombre, de la alienación y de la pérdida de sentido del mundo, esta ideología ejerce necesariamente una sugestión hipnótica; ofrece al hombre extraviado una casa accesible. Basta asumirla e inmediatamente todo se vuelve claro de nuevo. La vida vuelve a tener sentido y de su horizonte desaparecen el misterio, los interrogantes, la inquietud y la soledad. Pero por esta modesta casa el hombre en general paga un alto precio: la abdicación de su razón, de su consciencia y de su responsabilidad; en efecto, una parte integrante de la ideología asumida consiste en delegar la razón y la consciencia en manos de los superiores, esto es, la identificación del centro de poder con el centro de la verdad (…)¨[1].

Como queda claro, la dominación totalitaria es la más grave forma de violencia política porque ocurre en lo más íntimo del hombre: la conciencia, que es al mismo tiempo el reducto último en el que se libra la lucha anti-totalitaria. Sobre esto volveremos. Por ahora basta decir que la lucha contra el totalitarismo es una lucha por la dignidad de la conciencia.



II
Llegados a este punto conviene que nos preguntemos qué significa luchar por la dignidad de la conciencia. Y la respuesta también la encontramos en la Europa del Este. Significa vivir sin la mentira. 

En 1973, poco antes de ser arrestado y enviado al exilio por parte del aparato de represión soviético, Alexander Solzhenitsyn escribió un ensayo titulado precisamente así: “Vivir sin la mentira”. En él plasmó ideas que radiografían descarnadamente la iniquidad de los sistemas totalitarios y, por lo tanto, deben ser acogidas entre quienes luchamos por derrotar a este tipo de regímenes.
Tales ideas se podrían resumir en la siguiente premisa: los regímenes totalitarios viven de la mentira y solo se los derrota con la liberación de la mentira. Y la salida más simple y más accesible a la liberación de la mentira consiste, como afirma Solzhenitsyn, “en ninguna colaboración personal con la mentira, (…) porque cuando los hombres renuncian a mentir, la mentira sencillamente muere”.

En este mismo sentido, hay un discurso que Václav Havel dirigió a la comunidad cubana de Miami y fue titulado El Rey está desnudo. En él se reflexiona sobre la corrupción del lenguaje como medio de dominación comunista que conlleva a vivir en la mentira. Dice:

“Pienso que uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros es el especial lenguaje comunista. Es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo de miedo y terror, obligándolas a disimular permanentemente”.

Así, la derrota del totalitarismo y el triunfo de la conciencia exigen el rescate de la palabra pública, la dignificación del discurso de políticos y gobernantes. Necesitan que el lenguaje sea purificado, que vuelva a denotar las cosas tal como son y que se aleje de artificios e irrealidades. Ello implica llamar las cosas por su nombre: mentira a lo que es mentira, injusticia a lo que es injusticia y maldad a lo que es maldad. Y todo esto aunque el poder totalitario se empeñe en tergiversar las cosas con propaganda o ideología. Al respecto, es valiosísimo el consejo final de Havel a la comunidad cubana:

“La experiencia de mi país es simple: cuando se ahonda la crisis interna del sistema totalitario hasta el punto en que es evidente para todos, y cuando un número cada vez mayor de personas logra emplear su propio lenguaje y rechazar el lenguaje charlatán y mentiroso del poder, la libertad se encuentra sorprendentemente cerca, incluso a corto alcance. De repente salta a la vista que el rey está desnudo”.


III
Hasta aquí hemos visto cómo la lucha en contra del totalitarismo es una lucha por la dignidad de la conciencia, y también hemos visto cómo la lucha por la dignidad de la conciencia es una lucha por vivir sin la mentira. Ahora procuraremos poner ambos planteamientos en relación con la crisis moral venezolana y con uno de los males sociales que –me atrevo a decir– coadyuva a crear las condiciones en las que nace el totalitarismo: la antipolítica, que tanto daño ha hecho en Venezuela.

Los venezolanos llevamos quince años sufriendo una anomalía que se ha enquistado en nuestra convivencia cívica. Nunca nos imaginamos que después de décadas de estabilidad democrática padeceríamos la revolución bolivariana, que en Primero Justicia la hemos definido como ¨un régimen no democrático y hegemónico, de vocación totalitaria, filiación castro-comunista y perfil militarista, que secuestra nuestras libertades, pretende controlar todos los aspectos de la vida humana y nos hace subsistir en condiciones sociales y económicas que denigran la dignidad de todos los venezolanos¨[2].

En este sentido, en Venezuela se libra una lucha en la conciencia de los venezolanos. Nuestro trabajo, nuestra responsabilidad histórica, es liberar las conciencias de nuestra gente para que vuelva a tener realce la dignidad del pensamiento libre. Y lo asumimos con optimismo y con esperanza. En los últimos meses hemos presenciado un despertar de las conciencias de millones de venezolanos que antes aparecían como dormidas por las mentiras del Socialismo del Siglo XXI. En Venezuela, más pronto que tarde, llegará la libertad. Pero si hay alguna experiencia que quisiéramos comunicar, sobre la cual quisiéramos advertir a los países amigos, es sobre el mal de la antipolítica y cómo esta crea condiciones que sirven de caldo de cultivo a los fenómenos totalitarios.

Puesta de una manera sencilla, la antipolítica es un prejuicio según el cual tanto los políticos profesionales como los partidos son males necesarios para las sociedades. Es un cinismo que conduce a una esquizofrénica dicotomía: se piensa que es factible la coexistencia de una sociedad buena con unos políticos y unos partidos malos. Sin embargo, lo que ocurre en la realidad es radicalmente distinto. Los políticos y los partidos de una determinada sociedad son, para bien o para mal, con sus virtudes y defectos, el liderazgo que esa misma sociedad ha logrado engendrar. Cuando hay políticos y partidos cuestionables es porque en la sociedad hay unas condiciones morales que, de alguna manera, los causan. La esquizofrénica dicotomía que referimos reside, entonces, en que la sociedad lanza la piedra de su falso moralismo y esconde la mano de su responsabilidad.

De este modo, cuando germina la antipolítica las sociedades entran en un proceso de desenfado social, de huida de lo público, que es aprovechado por los mediocres, por los enemigos de la libertad, para sembrar el nihilismo moral que conduce al totalitarismo.
Por eso, la antipolítica debe ser combatida. Especialmente en donde pareciera que más se manifiesta: en países que, paradójicamente, marchan por la senda del desarrollo y del Estado de Derecho. Es necesario que en todos los pueblos de Hispanoamérica sea recibido el llamado del Papa Francisco y ¨rehabilitemos la política¨ en su sentido más genuino, pues no existe ningún país, por estable que sea, inmune al virus del totalitarismo. Como ha sostenido Su Santidad en la aún reciente Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium:

¨la política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es solo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas¨[3].
Muchas gracias.

Conferencia dictada en el marco de la undécima edición del Campus FAES
Madrid, julio de 2014



[1] Cfr. HAVEL, Václav: El poder de los sin poder, Ediciones Encuentro, Madrid, 1990, pp. 17 y 18.
[2] Cfr. Pacto de pueblo por la justicia, Manifiesto a Venezuela de Primero Justicia en su tercera Convención Nacional, Caracas, domingo 6 de abril de 2014.
[3] Cfr. Su Santidad Papa Francisco: Exhortación Apostólica Evan gelii Gaudium, núm. 205.