H. C. F. Mansilla - LA ARISTOCRACIA TRADICIONAL Y LA MODERNA ÉLITE POLÍTICA



   La modernización del último medio siglo ha creado en América Latina un sector dedicado de modo más o menos profesional a la actividad política, que puede reclamar para sí una relativa autonomía. Esta élite del poder representa un conglomerado con fronteras porosas y poco precisas, pero hoy posee una identidad propia dentro del conjunto social. La autonomía de que goza este estrato político no quiere decir que la calidad de su desempeño global haya mejorado y menos aun que las poblaciones involucradas perciban su accionar como algo positivo y promisorio para la marcha de la sociedad respectiva. Es probable que la transición de aristocracia tradicional a élite funcional moderna ha significado no sólo un descenso, sino un genuino descalabro histórico en grandes porciones del área latinoamericana.

   Los factores negativos vinculados a la aristocracia tradicional son bien conocidos. Basta aquí mencionar los estrechos nexos entre esta clase y las dictaduras militares que ensombrecieron una buena parte de la historia republicana del Nuevo Mundo. La cultura del autoritarismo, el uso de la religión como instrumento de control social y dilatados fenómenos de corrupción, representan igualmente aspectos indelebles asociados a las antiguas oligarquías.

   Pero estas aseveraciones requieren de algunas precisiones. La clase alta tradicional exhibió en algunos tiempos y lugares una comprensión paternalista de las penurias y los sentimientos de otros estratos que podían ser peligrosos a largo plazo, actitud que es extraña a las frías tecnocracias contemporáneas. Hasta mediados del siglo XX el predominio irrestricto del utilitarismo y la ideología del interés individual ( que constituyen la religión del presente (, no tenían aun la fuerza normativa que poseen en la actualidad. No prevalecía la economización del ámbito político y cultural; es decir no era obligatoria la tendencia a tratar la totalidad social como si fuera un gigantesco mecanismo de mercado y a los ciudadanos como si fuesen sólo agentes económicos que intentan maximizar sus ventajas competitivas. El fenómeno de la corrupción, aunque siempre existente, no conocía la dilatación, la profundidad y la aceptación de nuestros días.

   En varias ocasiones la aristocracia tradicional entendió sus privilegios como una vocación de servicio a la nación. En algunos países latinoamericanos no fue mera casualidad que los sectores esclarecidos de las clases altas propugnasen ya desde la segunda mitad del siglo XIX una política promotora de la educación obligatoria y gratuita, la construcción acelerada de un extenso sistema de transportes y comunicaciones y una modesta introducción del Estado de Derecho, es decir: factores de desarrollo que contribuyeron al bienestar de toda la población. Ejemplos de este programa liberal, modernizante y con resultados democratizadores son las reformas de la monarquía brasileña, el breve predominio del Partido Civil en el Perú, el gobierno del Partido Liberal en Bolivia y, sobre todo, el largo periodo de la aristocracia liberal en la Argentina (1862-1943), periodo que constituye el paradigma más notable de evolución histórica en América Latina. Durante 81 años una clase alta relativamente compacta, centrada en los terratenientes y los grandes comerciantes de Buenos Aires, enriquecida con intelectuales y administradores de gran calidad y, sobre todo, abierta al mundo exterior, a los valores de la Ilustración europea y al Estado de Derecho, logró construir una sociedad de indudable prosperidad, con muchas posibilidades de ascenso social para amplios grupos y un nivel educacional y cultural rara vez alcanzado en el Tercer Mundo. No es insólita la observación de que las aristocracias tradicionales, atadas a la tierra y a problemas del medio ambiente, tienen una visión ( y, por lo tanto, una responsabilidad ( a largo plazo de su quehacer económico-social que las distingue de otros grupos privilegiados. Uno de los aspectos básicos de este régimen estribaba precisamente en la carencia de prácticas populistas y en la ausencia de falsas ilusiones igualitarias.

   La moderna élite política tiene también sus sombras. La pretendida modernidad de su formación profesional y la objetividad técnica de sus decisiones constituyen algo dudoso. La nueva élite usa mecanismos democráticos para llegar al poder, pero una vez allí se consagra a favorecer unilateralmente intereses particulares, a tolerar los fenómenos de corrupción y, por ende, a desvirtuar la democracia. Hoy en día no practica una violación abierta de las normas legales, pero sí un manejo discrecional de los mecanismos del poder. Como afirmó Ralf Dahrendorf, la nueva élite política tiende a exonerarse de todo control genuinamente democrático y a sobreponerse al Estado nacional, a sus regulaciones y su marco de interacción todavía comprensible y controlable. Esta nueva élite ha resultado ser una oligarquía autosatisfecha y autoritaria, que sólo posee una perspectiva histórica de corto aliento. El peligro reside precisamente en esta miopía congénita, que le impide percibir los problemas que se encuentran allende los intereses inmediatos y tangibles y que son los grandes y acuciantes dilemas del desarrollo contemporáneo.