Octavio Avendaño - La izquierda chilena, a cuarenta años del golpe[1]


1. Presentación
Cualquier reflexión sobre la experiencia de la Unidad Popular (UP), o simplemente de lo que significó el golpe de Estado en Chile, nos puede llevar a incluir una serie de temas. Se podría analizar el protagonismo de los gremios y la capacidad de desestabilización que alcanzaron las organizaciones de camioneros, comerciantes y agricultores. Desde otro ángulo, se podrían describir las estrategias asumidas por la oposición; las acciones de grupos conspirativos, las iniciativas de poder popular, o del uso de la violencia en organizaciones de izquierda y de extrema derecha.  Desde luego, también cabría prestar atención en el impacto de los cambios estructurales, que se llevaron antes y durante la UP. En definitiva se podrían abordar una serie de hitos y perderse en ellos.
En esta ocasión el análisis lo centro en un actor bien particular, pero no menos amplio y complejo: la izquierda chilena. Para ello, hago referencia a las “dos almas” que la izquierda fue adoptando en los años sesenta y que se transformaron en proyectos irreconciliables. En esa época, una parte de la izquierda --representada por el Partido Comunista (PC) y un sector del Partido Socialista (PS)-- se plantea dentro de la institucionalidad vigente, mientras que la otra --integrada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), el otro segmento del PS a partir de 1967, y el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU)-- adopta una estrategia revolucionaria e insurreccional inspirada fundamentalmente en la experiencia de la revolución cubana.
Pensando en una situación más actual, la gran interrogante que surge es qué ha pasado con la izquierda en estos últimos años. Tal pregunta inmediatamente obliga a pensar en lo sucedido a partir del golpe de septiembre de 1973 y en los últimos cuarenta años. Más específicamente, ¿qué está aportando actualmente la izquierda en términos de representación política? ¿Contribuye a mejorar el desempeño de las instituciones y a profundizar la democracia?  De estas preguntas, inmediatamente se desprenden dos supuestos, que pueden ser formulados en términos hipotéticos.

i) En primer lugar, existe desde la década del sesenta una actitud claramente ambigua respecto del funcionamiento de la democracia, en una parte importante de la izquierda, mientras otra pretende mantener aquella tradición democrática y parlamentarista que se fue arraigando en Chile a partir de los años treinta.
ii) En segundo lugar, prevalecen desde los 60’ divergencias que pueden ser programáticas, o bien derivar de un cuadro de sobreideologización generado en esos años. Las divergencias, hasta fines de los años ochenta, son ideológicas y también programáticas. Sin embargo, desde los años noventa, y sobre todo en la actualidad, las divergencias obedecen a la falta de propuestas alternativas (y viables), al personalismo y al estado de atomización que lleva a hablar de varias izquierdas, las que se reconocen en sectores de la Concertación y sobre todo fuera de ella: organizaciones sociales, grupos de intelectuales, en la prensa alternativa, en colectivos y agrupaciones varias. En muchas de estas agrupaciones se observa además un exacerbado sectarismo.

2. Desde la UP (1970-73) a la experiencia dictatorial
En estos días, en que los chilenos nos aprontamos a conmemorar 40 años del golpe, los uruguayos ya han conmemorado 40 años de interrupción de su vida política y democrática. En efecto, en agosto de 1973, los militares uruguayos llevaron a cabo un tipo de intervención que respondió a circunstancias muy similares a las ocurridas en Chile.  Esto me lleva a comparar, en un sentido muy genérico, lo que ocurre con la izquierda de ese país, y relevar lo que fue ocurriendo con aquellas “dos almas”, aludidas anteriormente. 
Tanto en Chile como en Uruguay fue fundamental la influencia externa, del castrismo y el guevarismo, para ir promoviendo una estrategia insurreccional. En Chile, esta alternativa fue adoptada por el MIR, desde su fundación en 1965 y desde 1967 por una facción del PS y por otros grupos que surgieron posteriormente, entre ellos el MAPU. En tal sentido, la influencia externa, genera divergencias ideológicas y programáticas, que devienen en irreconciliables con la otra izquierda más institucional, representada en el PC y en una parte del PS. Distinto es lo que ocurre en Uruguay, ya que la promoción de la vía revolucionaria obliga a generar la convergencia y la articulación de una diversidad de grupos que hasta ese entonces conformaban la izquierda de ese país. La consecuencia de la convergencia se materializa en 1971 con la creación del Frente Amplio.
En Chile las divergencias están presentes durante todo el gobierno de la UP. Sabido es que en este período el llamado “polo revolucionario” --integrado por el MIR, el PS de Altamirano y una facción del MAPU--, llamaba a radicalizar el proceso, a fomentar la lucha armada, y a desconocer la institucionalidad y la legalidad vigente. En cambio, el PC, la facción más oficialista del PS y en menor medida del PR, insistía en cumplir el programa básico y en resolver los conflictos por la vía institucional. Mientras el “polo revolucionario” promovía la formación de “embriones de poder popular” en las poblaciones, fábricas y en las propiedades expropiadas, la otra parte de la izquierda se esmeraba por asegurar la representación en los sindicatos, municipios y, al mismo tiempo, en ganar la “batalla por la producción”.
Pero las divergencias trascienden la experiencia de la UP. Reaparecen en el período de la llamada “resistencia”, que se extiende hacia fines de los años setenta. En esa época, el PC llama a reconstruir la política de los frentes populares, convocando al conjunto de la oposición y a disidentes de la propia dictadura. Es también el período del reconocimiento de “las causas de la derrota”, en donde Miguel Enríquez insistía que el problema estuvo siempre en la lentitud del proceso y en el fortalecimiento de un sector de la burguesía.  
Las divergencias y el distanciamiento se reiteran a partir de 1983, con el inicio de las protestas y de las movilizaciones sociales. Inicialmente, las protestas se articulan, de manera virtuosa, con la configuración de una política de alianza, que convoca a sectores de centro y a grupos que participaron de la UP, desde quienes fueron parte de dicho gobierno o estuvieron en la oposición (el PDC y una parte del PN, liderado por Germán Riesco). Las protestas son plurales, ampliamente convocantes, expresan el malestar de los sectores medios, de los sectores populares y el inicio de una fase de apertura.
En paralelo se configura una alianza alternativa, que pretendió reconstruir la política insurreccional promovida anteriormente por quienes integraban el polo revolucionario”, pero esta vez con miras a desestabilizar y en lo posible derrocar a la dictadura. Esa será la estrategia que asumen quienes integraron el llamado Movimiento Democrático Popular (MDP), como el MIR y aquella facción del PS liderada esta vez por el Doctor Manuel Almeyda. Para este sector, la lucha insurreccional debía ir aparejada con la movilización social, y sobre todo con las acciones desplegadas por el movimiento poblacional.
Este sector de la izquierda sobreestima el fenómeno de las protestas y el protagonismo del movimiento de pobladores. A medida que transcurre el tiempo, entre 1983 y 1986, las protestas dejan de ser convocantes y plurales, como lo fueron inicialmente en la coyuntura del año 83’. ¿Qué fue ocurriendo a este respecto? Existen varios estudios sobre lo que significa la violencia desplegada en esta época desde la sociedad civil. Norbert Lechner comienza a reflexionar sobre el miedo, la desconfianza y el temor “al otro”, y sobre todo en las implicancias políticas del miedo, que lejos de ser proactivo tendrá efectos paralizantes y desmovilizadores. Así lo demuestra también un artículo publicado por el sociólogo Javier Martínez, en 1985, el cual llevaba el sugerente título de “Miedo al Estado, miedo a la sociedad”. En dicho artículo Martínez daba cuenta de cómo el miedo a la represión desplegada por el Estado y por los agentes de la dictadura, pasa a ser reemplazado por el miedo que genera la propia sociedad, principalmente por el carácter insurreccional y violento que se le asigna a las protestas, que se focalizan cada vez más en las organizaciones más radicales de la izquierda y en las acciones desplegadas por los jóvenes pobladores (urbano-populares).  
Esta es la época en que el propio PC, rompiendo con una tradición, se embarca en la llamada “política de rebelión popular”, que luego de fracasar obliga a redefinir sus objetivos y las estrategias de ese partido. No por casualidad, el PC se integra tardíamente a la campaña del plebiscito, en 1988, y participa, en listas alternativas, aunque apoyando la candidatura de P. Aylwin, en las primeras elecciones de 1989. 

3. La izquierda desde 1990 hasta hoy
¿Qué ocurre con la izquierda a partir de 1990? Por cierto, gran parte de ella se ve afectada por la crisis que vive el socialismo real desde fines de 1988. El escepticismo, la crisis de la izquierda, así como también las divisiones que se producen en su interior, no solo se viven en Chile, sino en casi todos aquellos países occidentales en donde tuvo una presencia gravitante. Pero ¿qué pasa en Chile? Nuevamente vale la comparación con Uruguay.
La izquierda chilena deambula entre la participación en los gobiernos de la Concertación y la atomización que experimenta a nivel de la sociedad civil. Las “dos almas” se van desdibujando, no porque se imponga finalmente una tesis por sobre la otra, sino porque un sector se fragmenta, y comienza a experimentar una suerte de invisibilidad publica. Es una izquierda que se ampara, mayoritariamente, en agrupaciones culturales, medios alternativos, organizaciones estudiantiles, ONGs y grupos de intelectuales. Que no posee arraigo social sino que aparece completamente disociada de los sectores populares, que dice representar.  Que ha sido incapaz de sintonizar con quienes se ven permanentemente afectados por el modelo y por los efectos de una economía desregulada. Es una izquierda, o varias izquierdas a la vez, carente del “sujeto revolucionario” que en los sesenta identificó en los grupos marginales y en los ochenta, principalmente, en el movimiento poblacional.
Por el contario, la izquierda uruguaya, que también vivió la represión y la lucha clandestina, desde los inicios de la transición en ese país ha sido notoriamente asertiva. Fue adaptando sus propuestas programáticas a las nuevas circunstancias y demandas, lo que implicó modificar sus estrategias y cambiar los contenidos de su discurso. Dichos cambios obedecieron no a un oportunismo, sino a los resultados de congresos, de discusiones políticas entre las distintas facciones --que van desde los ex tupamaros a sectores socialcristianos-- y a la disputa con los partidos tradicionales. Muchos han dicho, que desde la segunda mitad de los años noventa, el Frente Amplio fue gradualmente conquistando el centro, sin dejar de ser identificado como referente de izquierda. Pero hay otros logros y aciertos. Antes de obtener por primera vez la presidencia, con el triunfo de Tabaré Vásquez en el 2004, fue creciendo electoralmente, aumentando la adhesión y la identificación en amplios sectores de la población; logró atraer a otros sectores e integrar a quienes aparecían excluidos o simplemente se manifestaban escépticos de la participación política. En definitiva, amplió la representación política, supo canalizar las nuevas demandas y el descontento ciudadano, y contribuir con sus acciones a la profundización de la democracia de ese país. Como (casi) ninguna, ha sabido combinar el uso efectivo de los mecanismos de la democracia representativa, con la participación y la democracia directa.   
La izquierda chilena, digámoslo con todas sus letras, ha vivido prácticamente a costa de la Concertación. No solo porque hay sectores que la integran sino porque le sirve de justificación y de referente de crítica. Ante la incapacidad de movilizar y de efectuar acciones efectivas, de llevar a cabo una lucha antisistema, y frente a la falta de propuestas alternativas, las políticas e iniciativas de la Concertación se transformaron, desde muy temprano, en un verdadero chivo expiatorio. A excepción del PC, privilegió lo testimonial y la repetición mecánica de consignas que no sintonizan con la realidad del Chile actual.
La izquierda chilena, sobre todo aquella que se presenta fragmentada, o casi diseminada, cuando no utiliza acciones testimoniales se hace visible a través del protagonismo de ciertas figuras y agrupaciones específicas. No ha sabido desarrollar acciones concertadas, acuerdos o simplemente algún tipo convergencia. Ha sido notoriamente errática. Desde muy temprano dejó en la Concertación, y en menor medida en el PC, la disputa política con la derecha. Peor aún, no supo ocupar aquellos territorios y sectores que fue descuidando la propia Concertación. Bajo esas condiciones, ha estado lejos de ser alternativa real a la Concertación y demás agrupaciones que hoy poseen representación parlamentaria (incluyendo por cierto al PC).

4. Síntesis
La izquierda chilena fue parte del desarrollo democrático y de la ampliación que experimentó el sistema político hasta los años sesenta. Desde esa época en adelante, cuando no aparecen de manera explícita las dos almas, pareciera ser que la asumen internamente algunos personeros. En el caso particular del PS, en ocasiones, la actitud de muchos dirigentes ha devenido en una verdadera esquizofrenia.  
Pensemos, por ejemplo, que mientras el PC actualmente asume las condiciones que implica integrar la Nueva Mayoría apoyando a sus candidatos al parlamento, personeros del PS prefieren apoyar a otros dirigentes que no sólo compiten contra esa alianza sino que la cuestionan permanentemente. A mi juicio, nada más que vínculos personales, actitudes individualistas, o la trayectoria compartida dentro del MIR, explica el reciente apoyo manifestado por dirigentes del PS a candidatos que denostan a su propia coalición. Nada más que el arrepentimiento de un pasado ultraizquierdista, los vínculos personales y el individualismo, explican por qué otros se han convertido en asesores y consejeros de los grandes empresarios. 

Santiago, agosto 21 de 2013




[1] Presentación en el foro: “Desafíos democráticos para el Chile actual, tras 40 años del Golpe de Estado”, organizado por la Red Chilena de Estudiantes de Ciencia Política - Chilecip. Universidad Alberto Hurtado, Santiago, agosto 21 de 2013.