H.C.F. Mansilla - DEL SOCIALISMO AL INDIGENISMO

Título original: La transición del socialismo al indigenismo siguiendo criterios pragmáticos
La exaltación del particularismo se puede observar claramente en el comportamiento contemporáneo de los partidos revolucionarios y marxistas que hace poco eran los campeones de valores universalistas. Los partidos de izquierda y numerosos movimientos sociales en América Latina representan ahora el punto más claro de convergencia de tres planos axiológicos: (a) Fomentan orientaciones particularistas en lo referente a su actuación cotidiana y práctico-pragmática (en desmedro de valores universalistas), (b) han abandonado el marxismo humanista a favor de un indigenismo que brinda réditos políticos inmediatos y (c) han desprestigiado a la democracia representativa pluralista a favor de una dudosa democracia directa participativa y de otras formas de un arcaísmo autoritario, como la justicia comunitaria. Es por ello, por ejemplo, que comprender a las izquierdas de la zona andina significa hoy entender sus vínculos con el movimiento étnico-cultural, ya que todo el antiguo culto de lo proletario y obrero ha sido echado por la borda. En otras palabras: el marxismo clásico, de cuño libertario y humanista, ha sido reemplazado por oscuras invocaciones a la etnia, la tierra y el colectivismo, y la inspiración crítica y analítica del llamado socialismo científico ha sido sustituida por el fárrago postmodernista.
Por ello no es casualidad que los intelectuales favorables al populismo en toda América Latina propugnen una combinación de relativismo axiológico, marxismo diluido por el postmodernismo e indigenismo particularista, todo ello con una buena dosis de paternalismo y autoritarismo. Según los pensadores favorables al populismo, toda verdad y evidencia representaría “meras construcciones”, algo fortuito y aleatorio. El concepto de democracia y luego la democracia misma serían fenómenos “relativos”, dependientes siempre del contexto histórico y cultural y, sobre todo, de las relaciones de fuerza y poder. Según estos enfoques relativistas y populistas, la democracia es una simple construcción teórica que combina “una arbitrariedad cultural” con una “arbitrariedad política”.
En el área andina – y no sólo allí – el humanismo de Marx se ha transformado en un ámbito nietzscheano, donde únicamente cuentan los nexos de fuerza y violencia en medio de un total relativismo de valores. Por ello el partido gobernante boliviano, el Movimiento al Socialismo (MAS), no tiene ideología y no permite un debate intelectual-ideológico en su seno. Por estas razones varios autores atribuyen al MAS una total incomprensión de democracia interna partidaria y de la necesidad de construir un espacio público libremente deliberativo. La consecuencia final no es inesperada: todo se mueve en torno a la repartición de puestos, espacios de poder y prebendas, mientras que el etnonacionalismo sirve de pantalla que todo lo encubre y lo justifica.
En muchos movimientos sociales se puede percibir el enaltecimiento irracional de las masas en detrimento de la capacidad individual de elegir racionalmente entre opciones, lo cual equivale a un retorno a formas premodernas y colectivistas de hacer política en sociedades todavía poco diferenciadas, con una esfera política poco evolucionada y con individuos atomizados, donde las instituciones estatales son anónimas y lejanas, donde hay un constante bombardeo de instructivas desde arriba y donde las élites tienen capacidades tradicionales y bien establecidas de manipulación de las consciencias y de la opinión pública. Autores de estudios en torno a los movimientos sociales tienden a enaltecer su misión "histórica", a embellecer románticamente sus actividades "antisistema" y a equiparar su función central con la de los tradicionales partidos socialistas y comunistas del periodo heroico. Estos investigadores guardan un silencio sintomático en lo referente a la estructuración interna, la cultura política de los adherentes, la formación de élites dirigentes, las metas normativas finales y los intereses corporativos de los movimientos sociales.
El descalabro de los gobiernos neoliberales no ha conducido, por lo tanto, a formas nuevas y más evolucionadas de democracia, sino a un paradójico resurgimiento de modelos autoritarios de convivencia social y de prácticas políticas rutinarias de vieja data. La combinación de una base autoritaria habitual con impulsos de la tradición propia de los partidos comunistas en América Latina y los intelectuales próximos a ellos, que se habían distinguido por sus rasgos dogmáticos, antidemocráticos y antiliberales, ha engendrado una recuperación de las tradiciones políticas colectivistas y antipluralistas, que ahora se expanden nuevamente por América Latina y particularmente por la región andina. Todo esto ha producido un crecimiento considerable del potencial electoral de los partidos populistas y la adhesión de dilatadas capas sociales El populismo nacionalista e indigenista, que en Bolivia y Ecuador ha desplegado sus alas en los últimos años criticando exitosamente a la democracia representativa "occidental", ha significado en el fondo un claro retroceso en la formación de las estructuras partidarias internas, en el debate de argumentos ideológicos y en la construcción de gobiernos idóneos, pues ha revigorizado una amplia gama de procedimientos paternalistas, clientelistas y patrimonialistas que vienen de muy atrás, dotándoles de un simulacro efectivo de participación democrática. El funcionamiento interno de los partidos gubernamentales en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela no se distingue, justamente, por ser un dechado de virtudes democráticas, ni tampoco por la elección de los órganos superiores del partido a partir de las instancias inferiores ni tampoco por una formulación programática que provenga espontáneamente de los militantes de base.
Los regímenes populistas intentan debilitar o hacer superfluas las estructuras de intermediación político-institucionales. La propaganda populista sostiene que estas estructuras confiscan o, por lo menos, debilitan el poder soberano del pueblo en beneficio de las élites tradicionales. Las ideologías populistas manipulan exitosamente el imaginario colectivo al pretender la abolición de la distancia entre gobernantes y gobernados, postulado que casi siempre ha gozado del fervor popular y cuya capacidad de movilización social no necesita ser mencionada con más detalle. Los dirigentes populistas han sabido instrumentalizar eficazmente amplias redes sociales, a través de las cuales las jefaturas hacen circular bienes materiales y simbólicos en favor de los más pobres y vulnerables, con lo que consiguen establecer vínculos estables de lealtad y obediencia a favor de las cúpulas benefactoras. Ingenuamente se podría pensar que el programa populista de reducir la distancia entre gobernantes y gobernados contiene un impulso básicamente democratizador y anti-elitario, pero la realidad nos muestra otra cosa, y de manera persistente. Los gobiernos populistas en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela han producido nuevas élites socio-políticas, altamente privilegiadas, muy distantes del pueblo llano y de acceso marcadamente restringido. En este sentido la formación de oligarquías no sujetas a una rendición democrática de cuentas sigue las pautas instauradas por la revolución soviética de 1917, perfeccionadas por el sistema cubano y por otros experimentos socialistas.  Pese a la propaganda oficial, todo indica que estas élites políticas han perseguido intereses particulares, como ser espacios de poder, puestos y prebendas, prestigio social y, por supuesto, dinero e ingresos. Los intelectuales adscritos a estos modelos no han criticado el particularismo egoísta de las nuevas élites y más bien, siguiendo fielmente los vaivenes de los gobiernos respectivos, han defendido el accionar de las nuevas clases altas y así han realizado un considerable aporte al infantilismo político de las masas y a la pervivencia del autoritarismo convencional. Siguiendo pautas clásicas de comportamiento colectivo, el éxito y la picardía de las nuevas clases dirigentes son posibles sólo mediante la ingenuidad y la maleabilidad de las masas. La propaganda oficial difunde concepciones y prácticas de igualitarismo, pero la realidad nos muestra la perdurabilidad de estructuras sociales signadas por estrictas jerarquías piramidales. El socialismo indigenista termina permitiendo o construyendo nuevas “burguesías nacionales” al lado de “élites de poder”, ambas muy privilegiadas, es decir alejadas en todo sentido del pueblo que dicen representar. El pasado se reproduce con una máscara que cambia muy poco con el paso de los siglos.