H. C. F. Mansilla - APORTES ALEMANES PARA ENTENDER EL POPULISMO


Los réditos que generan las versiones elementales del particularismo político y de su correlato, el multiculturalismo relativista, pueden ser estudiadas brevemente en base a escritores alemanes y austriacos que en los últimos años se han dedicado a enaltecer acríticamente (pero con un gran despliegue conceptual) los regímenes populistas en América Latina. Estos estudios apelan astutamente a las emociones del lector, envolviéndolo en una atmósfera de solidaridad con los explotados, para luego iniciar una defensa de los regímenes populistas (y de la Revolución Cubana). Los autores de estos estudios sobre todo Herbert Berger, Hans-Jürgen Burchardt, Heinz Dieterich, Leo Gabriel, Olaf Kaltmeier y Robert Lessmann no ofrecen una sólida base empírica y documental, sino que justifican estos modelos sociales en casi todas sus manifestaciones a causa de su oposición “indeclinable” frente al imperialismo norteamericano.
Una de las mejores justificaciones del populismo se logra por medio del relativismo postmodernista. No existirían, se dice, criterios definitivos para juzgar a los regímenes populistas, que deberían ser calificados por el voto de sus usuarios, es decir de los ciudadanos que viven en ellos. Estos estudios favorables al populismo atribuyen una relevancia excesiva a los (modestos) intentos de los regímenes populistas de integrar a los explotados y discriminados, a las etnias indígenas y a los llamados movimientos sociales dentro de la nación respectiva. Resumiendo toda caracterización ulterior se puede decir aquí que estos estudios presuponen que las intenciones y los programas de los gobiernos populistas corresponden ya a la realidad cotidiana de los países respectivos. Es decir: los análisis proclives al populismo desatienden la compleja dialéctica entre teoría y praxis y confunden, a veces deliberadamente, la diferencia entre retórica y realidad. Por lo general los autores de estos estudios no se percatan adecuadamente de la dimensión de autoritarismo, intolerancia y antipluralismo, contenida en los movimientos populistas, pues tienden a subestimar la relevancia a largo plazo de la dimensión del autoritarismo tradicional. Sus opciones teóricas, influidas por diversas variantes del postmodernismo y por un marxismo purificado de su radicalidad original, se diluyen frecuentemente en un relativismo axiológico y pasan por alto la dimensión de la ética social y política. Para estos autores los regímenes populistas practican formas contemporáneas y originales de una democracia directa y participativa, formas que serían, por consiguiente, más adelantadas que la democracia representativa occidental, considerada hoy en día como obsoleta e insuficiente.
Estos enfoques teóricos son ilustrativos por varias razones. Todos los regímenes populistas y sus dirigentes cultivan una visión maniqueísta que contrapone la democracia meramente formal, basada en los derechos políticos clásicos, a la democracia directa y sustantiva, que se expresaría principalmente en los derechos vitales a la salud, a la educación y a la vivienda. Un buen número de cientistas sociales apoya esta democracia sustantiva en detrimento de la "formal". El mejor ejemplo apologético a causa de su elevada pretensión teórica es el enfoque propiciado por Hans-Jürgen Burchardt en su análisis del régimen venezolano de Hugo Chávez. Por un lado, Burchardt admite la mediocridad y el desorden en el desempeño del aparato estatal, constata un "marcado incremento de incoherencia institucional", critica la falta de transparencia, la "corrupción desbordada" y los afanes curiosos de brindar a toda costa legitimidad a las actuaciones gubernamentales y de complacer las "preferencias subjetivas cortoplacistas" de las "capas sociales bajas". Este autor reconoce sin ambages el clientelismo prevaleciente en casi todos los vínculos con el Estado venezolano, el paternalismo del presidente Chávez como el "señor personal" de la esfera política y la "manera jerárquica y autoritaria" en la que se implementan los celebrados programas sociales del régimen. Pero, por otro lado, Burchardt celebra no sólo el aspecto del creciente éxito material que él atribuye a las políticas sociales de Chávez, sino que asevera enfáticamente que lo genuinamente importante de las políticas sociales reside en que estas han "devuelto a los pobres de Venezuela también una voz, dignidad, esperanza y una nueva auto-estima", todo esto dentro de una eficaz movilización política.
Al mismo tiempo Burchardt alaba la constitución y los planes de desarrollo chavistas porque estos per se garantizarían una democracia social y participativa, la cual sería cualitativamente mejor que la "fracasada democracia liberal-representativa". En el marco de su argumentación Burchardt supone que la mera existencia de la nueva constitución chavista aseguraría sin duda una ciudadanía social basada en una "universalización de los derechos sociales y excluyente de toda forma de discriminación", la creación de una auténtica justicia social como "primera meta" del orden económico y la conformación de un "espacio participativo para todos los ciudadanos". Cuando se trata de los instrumentos jurídicos y las declaraciones programáticas del régimen venezolano, Burchardt presupone que estos factores pertenecientes al plano de los programas, la retórica y las buenas intenciones tendrían efectos reales inmediatos e insoslayables, olvidando, de modo sintomático, la diferencia y la distancia entre pretensión teórica y realidad cotidiana que generó el pensamiento crítico en los albores de la reflexión filosófica. El enfoque de Burchardt celebra el modelo chavista de forma clara e inequívoca, y sólo encuentra unos determinados elementos criticables que son los mismos que mencionan todos los analistas opuestos al populismo.
Como resumen se puede aseverar que Hans-Jürgen Burchardt ha realizado una oscura apología de las fuerzas políticas colectivistas en menoscabo del individualismo racionalista, con lo cual también reproduce uno de los tópicos centrales de todo populismo teórico-programático. Numerosos pensadores latinoamericanos han elaborado doctrinas para justificar corrientes particularistas y regímenes nacionalistas, enalteciendo enfoques favorables al autoritarismo, combatiendo las tradiciones liberal-democráticas y rechazando la cultura occidental en sus rasgos principales, aunque para ello se basen en mistificaciones historiográficas y en una utilización político-partidaria de datos históricos dispersos. Estos teóricos que abundan también en el ámbito europeo dan a entender que la auténtica misión de los intelectuales es asumir la vergüenza propia a causa de la explotación occidental-capitalista del mundo entero.
Otro representante de esta tendencia es Robert Lessmann, cuyo último libro sobre Bolivia nos muestra una vigorosa porción de esos réditos mencionados y derivados de un multiculturalismo elemental aplicado a la esfera política de un país andino. La obra de Lessmann es, ante todo, el intento de demostrar una continuidad histórico-cultural entre el Tiwanaku prehispánico y el gobierno actual de Evo Morales. El transfondo común de ambos sería un protosocialismo de rasgos muy originales, no derivado de otras fuentes, basado en la genuina voluntad popular, expresada ahora por los movimientos sociales y las organizaciones indigenistas. Todo el texto está engarzado en especulaciones esotéricas en torno a la historia de Tiwanaku y al periodo colonial español. Lessmann reconstruye con esmero rituales religiosos aymaras para demostrar la continuidad y la fortaleza de las tradiciones indígenas desde épocas inmemoriales hasta el gobierno actual. La entronización de Evo Morales en Tiwanaku (enero de 2006) como monarca según los reconstituidos ritos incaicos de coronación, es considerada por Lessmann como el “comienzo de una nueva era”, tomando así la propaganda oficial como un genuino hecho empírico. Muy similar es la creencia de Lessmann de que la nueva constitución boliviana de 2009 representaría una realidad social totalmente renovada, por supuesto mejor que cualquier  régimen anterior. Los movimientos sociales bolivianos, presuntos herederos directos de la gran tradición tiwanakota, serían los portadores legítimos de la nueva identidad revolucionaria, que representaría, por otra parte, la solidaridad práctica de una gran cultura que ha resistido todos los intentos por subyugarla.
El libro de Lessmann reúne así los elementos que hoy exhiben algunas corrientes importantes de las ciencias sociales: una visión idealizada y edulcorada del periodo prehispánico, una vinculación arbitraria entre un pasado remoto y un presente estilizado, y una descripción apologética de los modestos logros del régimen populista El relativismo axiológico sirve para justificar al régimen populista boliviano, pues, como Lessmann lo muestra, no importa el análisis concreto de fenómenos comprobables según criterios racionales, sino la elaboración de una visión especulativa que satisface ante todo necesidades emocionales de solidaridad con causas de aparente justicia social e histórica. O sea: como no hay un criterio racional siempre válido para juzgar un fenómeno histórico, la opinión circunstancial de los “usuarios” del régimen populista sería tan o más válida y aceptable que los análisis de los especialistas. A este tipo de conclusiones llevan las variantes relativistas del multiculturalismo. Es superfluo añadir algo sobre su pertinencia política y calidad intrínseca.
Todos estos enfoques reproducen el paternalismo que numerosos europeos de izquierda y derecha cultivan con respecto a los países latinoamericanos, que son considerados, en el fondo, como sociedades de segunda clase, paternalismo que afloró claramente durante el debate que sostuvieron Günter Grass y Mario Vargas Llosa hace treinta años. Como aseveró Vargas Llosa,  muchos socialistas europeos aconsejan a los latinoamericanos adoptar regímenes autoritarios de izquierda que ellos jamás tolerarían en su propio país, pero que consideran recomendables para las naciones “pobres” del sur. Nihil novi sub sole.