H.C. F. Mansilla - LA INDIFERENCIA ANTE LOS DERECHOS HUMANOS Y SUS RAÍCES HISTÓRICAS EN EL ÁREA ANDINA DE AMÉRICA LATINA




    El 22 de noviembre tuvo lugar un foro-debate en la Universidad Católica en La Paz. El evento fue en realidad un cruce de ideas entre la invitada principal, la Ministra de Informaciones Amanda Dávila, y el profesor H.C. F. Mansilla. En su intervención el profesor Mansilla sostiene la teoría de que el gobierno boliviano no amenaza premeditadamente la libertad de prensa, sino que la sociedad en su totalidad, por sus raíces histórico-culturales, exhibe una marcada indiferencia ante los derechos humanos de la tradición occidental.
 Dada la importancia teórica y política del texto mencionado POLIS lo da a concer en toda su extensión

El analizar en los países los orígenes históricos y culturales de la relativa indiferencia actual ante los derechos humanos es una tarea incómoda. No digo esto por coquetería literaria. El examinar los elementos de la identidad nacional que pueden ser calificados como deplorables  o, por lo menos, como ambivalentes  es casi siempre una labor irritante y embarazosa que no gusta a amplios sectores de cualquier sociedad. Las raíces de todo modelo civilizatorio están envueltas en complejas capas de materiales desagradables que normalmente no son expuestos a la luz pública.
 Empiezo con las conclusiones. La defensa de la libertad de expresión y del acceso irrestricto a la información no es una preocupación importante para la mayoría de la población del núcleo andino entre Ecuador y Bolivia ni tampoco una prioridad seria para sus grupos sociales mejor organizados. En casi todos los partidos políticos y en las representaciones de los intereses colectivos en esta región existe, por supuesto, la tendencia a poner muy en alto los derechos humanos, especialmente la libertad de prensa, pero esta actividad tiene, en el fondo, el carácter de una retórica estridente, pero inofensiva. El prestigio mundial de los derechos humanos, los convenios internacionales suscritos en esta materia y los cálculos de la astucia práctica aconsejan proceder con sumo cuidado y discreción. Nadie está abiertamente en contra de los derechos humanos, pero su vigencia en la vida cotidiana está sujeta a curiosas restricciones. O dicho en forma más clara: los derechos humanos son respetados si no perjudican los intereses particulares de tal o cual partido, movimiento o grupo.
 La libertad de expresión y el derecho a la información no configuran una inquietud existencial para una porción mayoritaria de la sociedad andina a causa de la pervivencia de legados culturales autoritarios, como los provenientes de las civilizaciones precolombinas, por un lado, y de la era colonial española, por otro. A esto hay que añadir la recepción meramente instrumental y tecnicista de la modernidad. No hay duda de los notables logros del Imperio Incaico (y de las culturas que lo antecedieron) en muchos terrenos de la actividad humana, logros que se extienden desde la arquitectura y la infraestructura de comunicaciones hasta prácticas de solidaridad inmediata y un sentimiento estable de seguridad, certidumbre e identidad, lo cual no es poco, ciertamente. La dignidad superior atribuida a lo supra-individual en la región andina fomentó valores de orientación y modelos organizativos de índole colectivista. Los patrones ejemplares de comportamiento social eran la predisposición a la abnegación y el sacrificio, la confianza en las autoridades y el sometimiento de los individuos bajo los requerimientos del Estado. Esto condujo a una actitud básica que percibía en la tuición gubernamental algo natural y bienvenido y que consideraba todo cambio socio-cultural como algo negativo.
   Las civilizaciones precolombinas no conocieron ningún sistema para diluir el centralismo político, para atenuar gobiernos despóticos o para representar en forma permanente e institucionalizada los intereses de los diversos grupos sociales y de las minorías étnicas. La homogeneidad era su principio rector, como puede detectarse parcialmente aun hoy en amplios sectores de la población andina. Esta constelación histórico-cultural no ha fomentado el surgimiento de pautas normativas de comportamiento y de instituciones estatales que resultasen a la larga favorables al individuo como persona autónoma, a los derechos humanos como los concebimos hoy en día y a una pluralidad de intereses y opiniones que compitieran entre sí. No ha podido florecer, por consiguiente, una mentalidad que valorase positivamente el acceso libre a informaciones de todo tipo.
   Por su parte, la época colonial española imprimió un carácter paternalista, dogmático e iliberal a las sociedades del Nuevo Mundo, del cual los países andinos no se han exonerado totalmente hasta hoy. El resultado puede ser calificado como una dilatada cultura política del autoritarismo y también como la consolidación de normas a menudo anacrónicas e irracionales. La era colonial fue responsable parcialmente por la esterilidad de las actividades universitarias y académicas, por la propagación de una religiosidad santurrona y superficial y por la falta de elementos innovadores en el terreno de la organización social. La Iglesia católica respetó de modo irreprochable el modus vivendi con la Corona española; toleró sabiamente rituales y creencias sincretistas; sus tribunales inquisitoriales procedieron, en contra de lo que ocurría en España, con una tibieza encomiable. Pero esta Iglesia no produjo ningún movimiento cismático; le faltaron la experiencia del disenso interno y la enriquecedora controversia teórica en torno a las últimas certidumbres de la fe.
   Algunos males del presente (por ejemplo el mal funcionamiento del organismo judicial y su instrumentalización por el Poder Ejecutivo, sobre todo en Ecuador y Bolivia) tienen que ver con aquella tradición socio-histórica. La época colonial conllevó en la región andina una acentuada propensión al centralismo, una clara inclinación al estatismo y al burocratismo y una marcada subestimación de las labores intelectuales y creativas. En el ámbito universitario de esa época no existía la inclinación a cuestionar las certidumbres dogmáticas y los conocimientos considerados como verdaderos. Predominaba en cambio una enseñanza de naturaleza receptiva, basada en la memorización de textos y en la adquisición de destrezas retóricas.
   Toda la zona andina ha conocido una recepción instrumental de la modernidad occidental. Desde las últimas décadas del siglo XIX tenemos una proliferación de espacios sometidos a la racionalidad de los medios, como se manifiesta de modo patente en la acogida favorable que le ha sido deparada a la tecnología en todas sus manifestaciones. Los avances técnicos son percibidos como hechos de validez universal, dignos de ser incorporados inmediatamente a las actividades productivas, distributivas y organizativas. Esta concepción está complementada por un manifiesto desdén hacia los aspectos culturales y políticos de la modernidad. Nacionalistas, izquierdistas e indigenistas propician la adopción Ä a veces candorosa Ä de novedades tecnológicas, pero se oponen de manera vehemente al racionalismo, al espíritu crítico-científico, al genuino individualismo, a los derechos humanos de origen liberal-democrático, al pluralismo ideológico y por ende a la libertad de expresión.
   Toda esta constelación de fondo sirve para fundamentar la tesis siguiente. A causa de las herencias civilizatorias mencionadas, que se hallan todavía con buena salud, la mayoría de la población del área andina no puede percibir como propia la tradición cultural de los derechos humanos ni puede apasionarse en la defensa de valores que provienen del legado europeo-occidental. La relativa indiferencia con respecto a la libertad de prensa y el libre acceso a la información puede coexistir con una clara tecnofilia en otros terrenos.
  Esta problemática de la desidia frente a los derechos humanos se manifiesta en el funcionamiento fáctico (no en las declaraciones retóricas) de las universidades del área. El ámbito universitario no es, evidentemente, una abreviatura simbólica de toda la sociedad, pero el análisis del mismo nos permite sacar algunas conclusiones provisionales acerca de la mentalidad colectiva enesta zona. El caso boliviano nos puede servir de ejemplo, ya que la situación de las universidades públicas y privadas de la región es muy similar. El Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB), la representación oficial de las universidades de aquel país, encargó un extenso estudio llevado a cabo bajo la dirección de un conocido sociólogo español, Emilio Lamo de Espinosa, que fue publicado en 1998 (Bogotá) por el Convenio Andrés Bello y el Instituto Universitario Ortega y Gasset con el título La reforma de la universidad pública boliviana. Uno de los motivos principales para emprender este análisis fue la notable desproporción entre la magnitud del número de estudiantes y profesores de universidades bolivianas, por un lado, y la escasa participación de esos docentes y alumnos en labores de investigación, en publicaciones científicas internacionales y en el registro de patentes, por otro. Siempre se pueden constatar excepciones, por supuesto, pero en general el sistema universitario boliviano (y el andino en general) no hace honor a dos elementos centrales que deberían caracterizar a estas casas superiores de estudios: la universalidad del conocimiento y la investigación científica. Y para ello hacen falta dos factores muy conectados con la libertad de expresión y el derecho a la información: (1) el propósito de cuestionar las verdades del momento y (2) el anhelo de comprender el mundo más allá del entorno inmediato. El estudio mencionado detectó que la población universitaria mostraba muy poco interés por poner en duda las modas ideológicas que predominaban en aquel entonces y que sentía escasa curiosidad por aprender algo de otros espacios civilizatorios. Los estudiantes preferían dogmas sencillos que confirmasen sus propios prejuicios; lo desconocido no poseía ningún atractivo intelectual.
 Por ello afirmo que frente a este contexto la libertad de expresión no posee un valor relevante; tiene un sentido profundo si uno dice cosas que no corresponden necesariamente a la opinión común y mayoritaria del tiempo. La mejor justificación de la libertad de prensa reside precisamente en expresar concepciones incómodas con respecto al gobierno de turno y críticas frente a la cultura generalizada del país respectivo. Reiterar los prejuicios colectivos y amparar las consignas oficiales, por más fundamentadas que estas sean, no constituye una actitud que enriquezca el saber intelectual y el conocimiento científico. A su vez el derecho a la información Ä es decir: el derecho a saber lo que todavía no se sabe Ä tiene sentido si una sociedad atribuye un valor positivo al examen de lo desconocido. No sólo engloba el aprender algo acerca de tierras exóticas, sino ante todo exponernos a teorías que pueden significar una crítica de nuestras convicciones más profundas. Así, por ejemplo, podríamos comprender los límites y las carencias de lo que apreciamos entrañablemente.
 La hiperpolitización de las universidades en la región andina en los últimos sesenta años no significa que los estudiantes comprendan mejor la esfera de los intereses públicos. Es un fenómeno recurrente que encubre "una tupida red de intereses" particulares, como dice Lamo de Espinosa, manejada por funcionarios "celosos de su parcela de poder". Esta aseveración vale para los docentes y empleados administrativos de universidades públicas y privadas, independientemente de su ideología política. La radicalidad del discurso, a menudo izquierdista o indigenista, oculta el control corporativo de la burocracia enquistada en estas instituciones sobre contenidos, programas, cursos, organización interna, uso de fondos y designación de docentes. Todo esto no fomenta la universalidad del saber ni promueve una auténtica investigación científica.
   El estudio mencionado indica que los estudiantes abrazan por comodidad las modas ideológicas del momento, sin pensar mucho en su pertinencia histórica y su calidad conceptual. En esto hay notables paralelismos con el resto de la sociedad. Así como el marxismo ortodoxo simplificado constituía el dogma insuperable en décadas pasadas, el pensamiento postmodernista y relativista, complementado por aspectos indigenistas e indianistas, representa hoy el horizonte teórico obligatorio. Al mismo tiempo esta actitud favorece una integración fácil al modo de vida prevaleciente y rechaza al disidente, al que piensa y obra de modo autónomo, al que se desvía del grupo y, por consiguiente, al que exhibe espíritu crítico. Estos valores conformistas de orientación están muy difundidos en todos los estratos sociales, regiones geográficas y comunidades étnicas de la región andina. Y por ello se puede aseverar que la indiferencia frente a la libertad de prensa y al derecho a la información conforma hoy una predisposición social muy expandida, que precisamente a causa de ello pasa desapercibida y resulta difícil de ser alterada.
   En el área andina la pervivencia de mentalidades premodernas sucede en medio de un proceso de modernización acelerada. El término premoderno alude aquí a actitudes autoritarias, prerracionales, convencional-conservadoras y tradicionalistas, las cuales persisten paralelamente a la adopción de normativas occidentales modernas en la esfera económica y en los campos técnicos. El resultado general para una parte considerable de la población andina puede ser descrito de la siguiente manera. Lo positivo sigue aun encarnado en la homogeneidad social y la unanimidad política, y lo negativo en la diversidad de intereses, la división de poderes, la competencia abierta de todo tipo y el pluralismo ideológico. Por estos motivos el fenómeno del burocratismo, el embrollo de los trámites (muchos innecesarios, todos mal diseñados y llenos de pasos superfluos), la mala voluntad de los funcionarios en atender al público o el deplorable funcionamiento del Poder Judicial no son temas que preocupen a la mayoría de los ciudadanos y a los grupos políticamente organizados. La gente soporta estos fenómenos más o menos estoicamente, es decir, los considera como algo natural, como una tormenta que pasará, pero que no puede ser esquivada por designio humano. Hasta hoy ningún partido izquierdista o pensador socialista, ninguna asociación de maestros, ninguna corriente indigenista o indianista había protestado contra ello. Lo paradójico del caso estriba en que los pobres y humildes de la región andina conforman la inmensa mayoría de las víctimas del burocratismo, la corrupción y del mal funcionamiento de todos los poderes del Estado. Los partidos de izquierda, los populistas e indigenistas y los pensadores revolucionarios, que dicen ser los voceros de los intereses populares, jamás se han apiadado de la pérdida de tiempo, dinero y dignidad que significa casi todo roce con la burocracia y el aparato judicial para la gente sufrida y modesta de estas tierras.
   No existe una receta clara para mejorar esta situación. La estrategia relativamente más exitosa ha sido la empleada en el área escandinava y consiste en esfuerzos educativos durante largas generaciones, complementados con el desarrollo de una ética de la responsabilidad, en sentido individual y colectivo. Esto ayudaría, por ejemplo, a mitigar el dogmatismo y a desarmar el fanatismo, con lo cual ya se habrían dado pasos importantes para superar las herencias culturales autoritarias que vienen de muy atrás. Aunque se trata de una tradición fuertemente enraizada en la región andina, no constituye una esencia indeleble y perenne de una presunta identidad colectiva, inmune al paso del tiempo, a las influencias foráneas y a los esfuerzos de los propios habitantes de estas naciones. La tradición autoritaria es un fenómeno histórico, es decir transitorio, pero que durante ciertos periodos, que pueden ser muy largos, determina la atmósfera cultural e intelectual de la sociedad. También los Andes profundos son pasajeros.