Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas - EL CHAVISMO: AUTORITARISMO ELECTORAL HACIA FUERA Y HACIA ADENTRO


Según sus creadores, la revolución bolivariana llegó para quedarse. A propósito del reto electoral de octubre de 2012 su dirigencia, en la voz de Aristóbulo Istúriz, vicepresidente de la Asamblea Nacional, insistió en el carácter “irreversible” de la revolución, razón por la cual el Presidente Chávez debe ser reelecto “en forma contundente” de modo de lograr la “hegemonía” política e ideológica, una vez culminada  la etapa de transición hacia el socialismo.
De las palabras claves de este discurso oficial, irreversibilidad, hegemonía y reelección,  se desprende la tensión más importante que  atraviesa  al  chavismo: mantener y consolidar definitivamente la revolución, haciéndola inexorable, en un contexto que le obliga a medirse en las urnas periódicamente corriendo el riesgo de perder lo ganado.  El primer eje de esta tensión, la irreversibilidad del proceso y su necesidad de hegemonía incontestable, orienta claramente  la perspectiva de unanimidad social y política a la que ha aspirado el régimen en estos largos años de su existencia. Copar todos los espacios y teñirlos de un solo color ha sido su norte.  El segundo,  la inevitabilidad de la confrontación electoral a la que está sometido gracias a la presión democrática que sobre él se ejerce, tanto  puertas adentro como puertas afuera, le obliga a transitar el camino eleccionario,  pero interponiendo toda clase de obstáculos a sus oponentes a fin de resolver la tensión a su favor.
Ingresar a la liza electoral, enfrentar al “enemigo” en ella y derrotarlo, constituyen barreras  que  inevitablemente deben vencerse. Esta suprema necesidad explica la  recurrencia, por parte del chavismo, a mecanismos capaces de asegurar su sobrevivencia en la perspectiva de lo que, en los últimos años,  una corriente académica ha denominado autoritarismo electoral o autoritarismo competitivo. Este concepto ha sido diseñado para  calificar a aquellos regímenes en los cuales, a fin de contrarrestar la posibilidad de resultados  perturbadores e inciertos,  las competencias electorales están  sujetas a una  manipulación  tan severa, amplia y sistemática por parte del Estado que dichos regímenes no pueden llamarse democráticos, tal como ha sostenido Andreas Schedler, uno de los principales exponentes de esta corriente.
Venezuela ha sido presentada por algunos académicos  que comparten este enfoque   como uno de los casos más representativos de autoritarismo electoral. Nuestra hipótesis al respecto es que el gobierno chavista encarna un tipo de populismo autoritario que bien puede comprenderse como una deriva de lo que Juan Linz llamó “totalitarismo imperfecto” (defective totalitarianism), para dar cuenta de regímenes que constituyen una fase transitoria de un sistema político cuyo despliegue hacia el totalitarismo ha sido impedido y tiende, por consiguiente, a convertirse en algún otro tipo de régimen autoritario.
Pero este autoritarismo electoral no lo aplica el chavismo sólo fuera de su patio; es decir, hacia la sociedad venezolana, sino también en el propio. En efecto, muchos de los mecanismos de manipulación dirigidos a controlar a la sociedad en su conjunto también están presentes en la relación entre la dirigencia chavista y sus partidarios, en la que no es concebible la diversidad interna. Las inevitables luchas por el poder y los debates políticos e ideológicos internos tienen un techo insuperable: el Presidente-comandante. Es por ello que la democracia interna del PSUV es limitada, incompleta o inauténtica, rasgos característicos de los autoritarismos electorales. La identificación de la crítica con la deslealtad o la traición hace que diferir públicamente del caudillo sea extremadamente arriesgado. La diferencia de opiniones se asimila a la traición, territorio de fronteras difusas al que se puede llegar sin darse cuenta, y del que sólo se regresa a costa de grandes humillaciones. Por eso los debates en el núcleo más cercano al caudillo derivan hacia intrigas palaciegas, en las que el factor decisivo es el acceso al “oído del Rey”; este es uno de los rasgos “sultanistas” del régimen. En esas luchas internas, los competidores deben conciliar el hecho de la diversidad interna con el mito de la unidad indisoluble alrededor del líder.
A esta tensión se suma aquella entre las demandas de participación democrática de las bases y la ambigüedad del discurso chavista sobre la democracia representativa. Ella ha sido acusada de ser el origen de los males del sistema político venezolano en las últimas décadas, por lo que se le opuso la democracia “participativa y protagónica”; pero al mismo tiempo, el régimen alega como fuente de legitimidad los numerosos procesos electorales realizados, que en su mayoría lo han ratificado. La demanda de participación de las bases y de celebración de elecciones justas, no manipuladas por la dirigencia, es un tema constante en los foros de discusión de los órganos del partido.
Un primer ejemplo de la tensión entre la unicidad a la que aspira el proyecto y la diversidad de sus componentes es el intento frustrado de crear al PSUV como partido único de la revolución. Poco después de su victoria en las elecciones de 2006, Chávez anunció la creación de dicho partido, al que convocaba a todos sus aliados a unirse, con el argumento de que los partidos dividían al pueblo, ya que sus votos en realidad eran “de Chávez” y no de ellos. Algunos, como Podemos, el PPT y el PCV se mostraron reticentes a renunciar a su identidad política y organizativa; la respuesta de Chávez fue acusar a estas organizaciones de potenciales aliados de la oposición y por lo tanto cercanos a la traición. La posibilidad de contar con aliados autónomos y con cierta capacidad de crítica no era imaginable. Los partidos que se negaron a disolverse pagaron un alto precio: perdieron posiciones de poder cuando buena parte de sus gobernadores, alcaldes y diputados desertaron para incorporarse al PSUV.
Tanto PODEMOS como, más gradualmente, el PPT se fueron acercando a posiciones opositoras, mientras el PCV, a pesar de las descalificaciones y la división inducida de la que fue objeto, se mantuvo como aliado casi incondicional, lo que le ha permitido sobrevivir. No ocurrió lo mismo con los dos primeros, ya que al acercarse la campaña electoral de 2012 se estimularon nuevas divisiones en ambos partidos, impulsadas por grupos partidarios del presidente. A nadie sorprendió que el Tribunal Supremo de Justicia decidiera a favor de estos grupos, con lo que las siglas y símbolos de ambos partidos pasaron a engrosar la alianza electoral oficialista. Uno de los métodos característicos de los autoritarismos competitivos, el uso de poderes nominalmente independientes para perseguir a la oposición por medios formalmente legales, se volcaba ahora sobre los antiguos aliados.
La meta de unificar al chavismo en un solo partido fue lentamente abandonada. Actualmente, algunos de los pequeños partidos que habían aceptado disolverse para integrarse al PSUV siguen existiendo y forman parte de la nueva alianza electoral, el Gran Polo Patriótico, pero carecen de autonomía o son irrelevantes. ¿Fue entonces el intento de crear el partido único un fracaso para Chávez? No necesariamente, si se considera que el resultado del proceso fue intensificar su control personal sobre el movimiento y sus aliados, mostrarles el costo potencial de la pretensión de autonomía, y ratificar que son imposibles “terceras vías” entre la incondicionalidad absoluta y el pase a la oposición, es decir, a la traición. La misma retórica utilizada para concentrar el poder frente a la sociedad se aplicó hacia el interior del movimiento.
El presidente Chávez propuso en enero de 2011 la constitución del Gran Polo Patriótico, alianza articuladora de diversos sectores sociales para incorporarse a la decisiva campaña electoral presidencial de 2012. La alianza también intenta responder a algunos problemas que han afectado la lealtad de los sectores populares hacia el partido, como el excesivo poder de algunos dirigentes, quienes, según el mismo Chávez, imponen “sus lealtades personales por encima de los auténticos liderazgos populares”. El presidente aparecía como protector de las bases,  pero al mismo tiempo criticaba los procedimientos electorales internos como las elecciones primarias, a las que atribuía el alejamiento de la cotidianidad y la separación respecto del pueblo. Esta tendencia a buscar alternativas a las elecciones por la base fue puesta en práctica de inmediato, al designar las autoridades partidistas por el método de cooptación en el primer trimestre de 2011. En cuanto al GPP, el equipo promotor encargado de la convocatoria a las bases fue designado por el presidente sin consultas formales. Desde el inicio mismo de la promoción del GPP comenzaron a manifestarse las tensiones. En el interior del PSUV la contradicción más importante se manifestaba entre militantes de base y directivos del partido, muchos de los cuales son también altos funcionarios. Si para algunos militantes de base el Polo se vio como una nueva oportunidad de democratizar al PSUV, haciendo suyas las palabras del presidente, estas expectativas se frustraron, como lo muestra la desaparición del Polo en el discurso de la campaña electoral.
Las tensiones se han podido contener hasta el presente por la unanimidad acerca de la meta prioritaria: garantizar la reelección de Chávez. Sin embargo, esto se hace mucho más difícil al decidir las candidaturas para las elecciones regionales, como se pudo observar cuando el presidente designó, en medio de un discurso, a Francisco Ameliach como candidato a la gobernación del estado Carabobo. Algunos de los asistentes a la concentración protestaron airadamente, ya que apoyaban a otro líder chavista, el alcalde Rafael Lacava. La respuesta de Chávez fue característica: “Yo he dicho Ameliach para la gobernación de Carabobo. …Ustedes verán pero por encima de eso está Chávez el 7 de octubre, para la presidencia de Venezuela, ahí nos jugamos la vida.”
Si bien en el PSUV y su periferia se producen debates, denuncias, conflictos y competencias por el liderazgo, ellos involucran sobre todo a los niveles bajos y medios, pero al llegar a la cúpula el debate encuentra su techo en la imposibilidad de criticar a quien carga, por ser el líder único, con la mayor responsabilidad por los aciertos y errores del partido y del Estado. Ello hace que las tensiones y disputas que vienen ascendiendo desde las bases adquieran, al llegar a ese nivel, un carácter horizontal, enfrentando entre sí a facciones que, por lo demás, no están autorizadas a tratar sus diferencias en forma pública y abierta. Esta ficción de unanimidad bajo el manto de la lealtad absoluta al líder máximo se encuentra, desde mediados de 2011, amenazada por la forma opaca en que se ha manejado la información sobre su enfermedad, y sobre todo por la negativa a considerar siquiera la hipótesis de su retiro. El dilema de los herederos potenciales es que deben prepararse para una lucha por el poder con sus propios compañeros sin reconocer que lo están haciendo, y en un horizonte de tiempo indeterminado: si se adelantan pueden ser estigmatizados por el líder; pero si esperan demasiado pueden ser superados por las intrigas más eficaces de sus rivales. Dado este conjunto de incertidumbres, se puede prever que una eventual ausencia definitiva de Chávez desemboque en grandes dificultades para la gobernabilidad interna del PSUV y sus aliados, y por ende de la sociedad como un todo.
Esta tensión entre unicidad y diversidad puede evolucionar hacia diferentes trayectorias: una posibilidad es que el proceso de imposición de la hegemonía del proyecto en forma irreversible siga avanzando, aun contra la resistencia de diversos actores sociopolíticos, gracias al uso eficiente de mecanismos como el control cada vez mayor de los medios de comunicación, la identificación de la Fuerza Armada con el proyecto del presidente, el manejo clientelista de la renta petrolera, y el aprovechamiento de la identificación cuasi religiosa de amplios sectores populares con la persona de Chávez. La otra posibilidad es que la resistencia de actores internos y externos al movimiento, aunada al desgaste de las prácticas que hasta ahora han sido exitosas, pueda detener o al menos frenar el avance del proyecto hegemónico.