Chile, sigue la polémica: PINOCHET Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN



Camilo Escalona: NI PINOCHET NI CASTRO

Fuente: El Mostrador. Título original: Escalona cuestiona al PC ......


El presidente del Senado, Camilo Escalona (PS), criticó la postura del Partido Comunista por no condenar los regímenes dictatoriales, “sea quien sea” y puso en duda los dichos del vocero de La Moneda, Andrés Chadwick, quien dijo que se arrepentía de haber sido parte del gobierno militar.
En entrevista al programa Estado Nacional de TVN, Escalona se refirió al apoyo que ha dado el PC al régimen de Fidel Castro, afirmando que “la izquierda tiene dos grupos fundacionales: el socialismo democrático y el comunismo. Y, durante un largo periodo, la corriente comunista dentro de la izquierda, efectivamente, por su cercanía con el modelo estatal de la unión soviética, omitió la necesidad —obviamente ineludible— que la izquierda condene el dictador, sea quien sea”.
“Nosotros (los socialistas) estamos porque en Cuba se pueda avanzar en un régimen democrático, no hay libertades políticas y de asociación, y que por cierto eso genera una situación que, del punto de vista de los valores democráticos, inaceptable”, precisó.
Sobre los dichos del vocero de gobierno, Andrés Chadwick, respecto a que se arrepentía de haber sido parte del régimen militar, el presidente del Senado cuestionó las palabras del ministro, porque “él fue consejero de Estado del régimen de Pinochet”.
“Él (Chadwick) formó parte de la comisión número 4, así llamadas las comisiones legislativas de la dictadura y, durante doce años —entre el año 78 al 90, que se recuperó la democracia— él ejerció una labor enteramente ilegítima, legislaba al calor de la existencia de esas comisiones legislativas de la junta militar, por cierto que a espaldas del ejercicio democrático de los chilenos y chilenas”, sostuvo.
Además, rechazó el acto de homenaje a Augusto Pinochet que simpatizantes realizaron en el teatro Capolicán, afirmando que “me gusta ser directo en estos casos, no me voy a andar con rodeos, yo considero que el terrorismo de Estado no merece ningún tipo de homenaje”.
Agregó que “este es un acto público, en el fondo, se realiza en un recinto privado, y eso naturalmente genera una especie de vacío interpretativo, porque es distinto si cinco ex altos oficiales de la CNI ven el living de su casa una apología a Pinochet, cierto, uno podría decir que es un acto privado, pero un acto público, con miles de personas en el teatro más emblemático de la capital, el Caupolicán, es un acto que, desde mi punto de vista, en democracia no corresponde”.
“Yo reconozco el derecho de esas personas a votar, a ejercer el derecho individual de voto, no reconozco el derecho de esas personas a organizarse para hacer la apología de la dictadura y del terrorismo de Estado”, finalizó.


Fernando Villegas: Homenaje a Pinochet, de los arrepentidos

 Publicado en La Tercera, 11 de junio del 2012
En teoría, el arrepentimiento es el inevitable aunque a veces tardío resultado de cometer o apoyar el Mal, pero normalmente el único pecador arrepentido es el pillado. Este se lamenta no de sus actos como del hecho que, por haber sido sorprendido, sufrió consecuencias gravosas. Pero si sólo lamentarse por el precio está bastante lejos del auténtico arrepentimiento, aun lo está mucho más quien dice lamentarse para evitar pagarlo.

De estos últimos casos el país está repleto. De cien personas que apoyaron el régimen de Pinochet, es de dudarse que haya más de una o dos que sinceramente lo lamente. Muchas más lo hacen sólo porque pagaron o están pagando un costo. En su econometría moral, se reprochan no haber abandonado el bote antes que hiciera agua. Sin embargo, el grupo más numeroso es el de quienes no han pagado costo ninguno; de eso, de ejecutoriar una suerte de perdonazo en masa, trataba en parte la transición. Aun así los titulares de ese amplio grupo temen que algún día les llegue esa factura. Todos los conocemos; son quienes se vincularon al régimen por razones que les parecieron correctas y hasta necesarias, pero ya con Patricio Aylwin se sanaron en salud redescubriendo las virtudes de la democracia, manifestando su “horror” ante los crímenes y luego se retiraron a la vida privada  -negocios, directorios, oficinas de consulta, rentas vitalicias, retiros espirituales, obras piadosas, etc.-, donde desde entonces y de todos los modos posibles intentaron pasar piola. Otros, más audaces, no han vacilado en desplegar una muy activa vida pública.

El homenaje


De ahí que quienes no se han arrepentido ni declaran arrepentimiento por si las moscas, sino, al contrario, siguen ostentosamente siendo partidarios del régimen de Pinochet y aceptan sin alegría, pero sin disimulo, las atrocidades que se cometieron, a las que consideran parte inevitable de todo régimen de fuerza, son una minoría diminuta. Son los que organizaron el homenaje en el Caupolicán, los que asistieron o quisieron asistir, los llamados “nostálgicos de la dictadura”.

Un ingenuo podría creer que un grupo así, por ser tan insignificante, debiera inspirar indiferencia, pero al contrario, precisamente por eso concita un odio feroz. Es fácil detestar a quienes, por ser pocos, no pueden oponer mucha resistencia. El antipinochetismo tiene la vara alta y puede castigar a porfía y sin costos. Estos han sido los años del ajuste de cuentas en todos sus sabores: funas, procesos judiciales, denuncias, etc. Si acaso por un tiempo se habló, melifluamente, de “arrepentimiento y perdón” y hasta se sugirió un poquito de olvido, eso ya no tiene vigencia. La gente está empoderada y quiere hacer uso de sus flamantes poderes. Simplemente, quienes fueron pinochetistas y no lo desmienten no tienen derecho a existir. Han sido, por así decirlo, borrados de los registros de la humanidad.

Todo esto no carece de la dosis de hipocresía que ostenta casi toda conducta humana, individual o en masa. Algunos gritarán más fuerte que nunca contra esos inoportunos homenajes mientras más se tema ser confundido con los asistentes; otros criticarán más que nunca los agravios de ese régimen mientras más hayan sido partidarios, por décadas, de regímenes igual de criminales, aunque de signo opuesto. Hay un posible negocio en puertas llamado “acuerdos” y eso se facilita si todos, a coro, repudian lo mismo

Pablo Zúniga, YO APOYO EL HOMENAJE A PINOCHET
Fuente: El Quinto Poder

Quizás la contundencia de mi afirmación crispe a más de alguien, pero la razón es muy simple: impedir algún homenaje a este personaje me convertiría en una molécula de lo que él representó. Pinochet impidió los derechos de expresión más elementales en nuestro territorio, justificó todas las atrocidades inimaginables diciendo que estábamos en guerra y el enemigo era su propio pueblo.
Prefiero esto, la tensión comunicacional y social que implica este homenaje, en vez del conspirativo silencio de las clases políticas, de las élites que dominan los medios de comunicación y otros medios. Es mejor que sean tensionadas y que tengan que darnos un par de noticias respecto del tema y con ello sembrar las viejas preguntas y la imperiosa necesidad de tener que responder o ver el rostro de los que siempre han callado.
Pasó con Krassnoff. En su oportunidad, agradecí en una columna titulada “Por refrescarnos la memoria, gracias Krassnoff”. Se hace necesario que cada vez que se plantee este tipo de homenajes salga a la luz la historia de quienes no pudieron contarla; siempre será necesario demostrar la otra cara de la Moneda.
¿A quién perjudica  este homenaje? A la sociedad chilena, lo dudo. La mayoría está preocupada de asistir al mall el fin de semana. A quien realmente debería preocupar es al gobierno. Porque este es otro mensaje que envía la elite; antes fue el de los empresarios que atestiguan falta de claridad para garantizar sus inversiones en el mercado hidroeléctrico. Pero también lo puede beneficiar: recuérdese que el caso bombas aún no estalla en su real dimensión, o bien no se ha explotado lo suficiente y todo esto puede ser una perfecta campaña para desinformar.
En una comunidad en la cual se arraiga la democracia como sistema de derechos, como fundamento ético, no debiera ser difícil darse cuenta que el ultraje a los derechos humanos en cualquiera de sus formas es inaceptable, y por lo tanto, cualquier homenaje a sus responsables es un ultraje a la toda la sociedad, a toda la comunidad, a todos sin distinción. ¿Quién puede impedir que se realice un homenaje a Pinochet? Este acto es una forma de recordarle a la sociedad la pobreza misma de su sistema de valores.
Si después de veinte años de gobiernos concertacionistas nos preguntamos si es factible un homenaje de esta naturaleza, entonces la conclusión es que  no se hizo todo lo posible, de lo contario a nadie se le ocurrirían  citas como esta. Luego de la intervención de Patricio Aylwin en el diario el País de España, ¿cómo se puede defender que no se le haga un homenaje? Se puede hacer este homenaje y otros más, porque es obvio que en materia de derechos nunca se hace lo suficiente.
Además, al saber quiénes son los que están aún ahí, sabremos cuántos pares son tres moscas, sabremos cuanto hemos avanzado. Y sobre todo es interesante observar quiénes no asistirán, quiénes guardarán silencio y ya no necesitan a los camaradas de armas, porque hoy usan otras armas para blanquear los hechos. Sus silencios, sus justificaciones y sus ausencias, son los que nos ayudan a configurar aún más la dimensión valórica de quienes apoyaron esa dictadura, la hicieron posible y hoy cobardemente se lavan las manos y dicen, quizás sin ponerse rojos de vergüenza, yo no tengo nada que ver con ellos.
Sergio Aguiló afirma que este homenaje es financiado por Álvaro Corbalán, quien posee unas cuantas cadenas perpetuas, precisamente por violación a los Derechos Humanos.  Cómo se puede  defender la institucionalidad de nuestro sistema de derechos, si un criminal de esta naturaleza organiza eventos desde la cárcel para otro criminal. Juzgue usted.
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Pablo Contreras, EL HOMENAJE A PINOCHET Y LA DEFINICIÓN DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Fuente: Ciberamérica
La exhibición del documental “Pinochet” ha vuelto a poner en discusión el contenido y los límites de la libertad de expresión en Chile. Es evidente que el acto a realizarse toca una de las fibras políticas más sensibles de nuestra comunidad, repasando la división que generó –y aún genera– la dictadura militar y las violaciones masivas a los derechos humanos. El asunto, como se sabe, no es del todo nuevo. Dos antecedentes recientes al debate se encuentran en
 el homenaje a Miguel Krassnoff –organizado por el alcalde de Providencia, Cristián Labbé– y el proyecto de ley que sanciona con privación de libertad “a quienes nieguen, justifiquen o minimicen los delitos de lesa humanidad cometidos en Chile”.
En este tipo de actos se juega la definición de la libertad de expresión en Chile. El asunto reviste la mayor importancia para una sociedad democrática. ¿Debemos, como sociedad, respetar el homenaje a un dictador que lideró un sangriento régimen militar? ¿O, por el contrario, debemos penalizar este tipo de conductas de manera que se evite la promoción de conductas que atentan contra los fundamentos de la comunidad política? La respuesta no es fácil y dependerá del contenido de libertad de expresión que queremos en nuestra sociedad democrática.
Para entender el problema, sugiero discutir en base a dos modelos de libertad de expresión. Los modelos tienen una función pedagógica que buscan mostrar cómo distintas democracias pueden entender los límites de este derecho humano. El primer modelo es de corte libertario y autoriza este tipo de expresiones límites, pudiendo ser prohibidas sólo en cuanto exista una incitación directa a violar la ley o una amenaza inminente a la destrucción del régimen constitucional. Se trata del estándar estadounidense de protección de la libertad de expresión, como bien ha descrito Domingo Lovera en este medio. Es un modelo que maximiza la cantidad de discurso político disponible en la esfera pública y lo neutraliza, únicamente, cuando las reglas de operación del debate pueden verse gravemente socavadas. En este modelo, el documental sobre Pinochet y el homenaje a Krassnoff son manifestaciones protegidas por la libertad de expresión.
Pero este modelo es también adversarial: así como protege a los apologetas de los represores, también protege las contra-manifestaciones o “funas”. La contra-manifestación es la respuesta que ofrece este modelo de libertad de expresión a las opiniones que algunos (o muchos) estimen “indeseadas”. No se prohíbe la exhibición del documental pero tampoco se puede censurar o evitar la “funa” en contra del mismo. En contra de lo que algunos, erróneamente, han planteado, no se puede presumir que toda contra-manifestación es, de suyo, violenta. El modelo, en este punto, no admite trizadura alguna: si la “funa” no incita directamente a cometer una ilegalidad, entonces ésta debe ser protegida como parte de la libertad de expresión.
El segundo modelo de libertad de expresión tiene una dimensión comunitaria. La libertad de expresión encuentra límites en los enemigos de la comunidad política democrática, aquellos que no respetan los fundamentos básicos de la convivencia en sociedad. Se trata del estándar europeo, en donde algunas sociedades han decidido criminalizar la negación del holocausto nazi o prohibir partidos políticos cuya doctrina ideológica contradice los pilares del Estado Democrático de Derecho. Es un modelo que asume el costo de restringir la cantidad de discurso político disponible, con el objeto de fortalecer la convivencia comunitaria. El modelo tiene raíces en grandes traumas políticos: allí donde se han cometido masivas violaciones a los derechos humanos se puede marginar ciertas ideas, sin tener que esperar a que éstas “revivan” al punto de constituirse nuevamente en una amenaza directa a los derechos de los otros.
Bajo este modelo, las sociedades democráticas han moldeado sus constituciones y leyes para evitar el horror de los regímenes autoritarios y proteger la dignidad de las personas. Los tratados internacionales también han contribuido a configurar este modelo. Así, por ejemplo, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos obliga a prohibir la propaganda a favor de la guerra y la apología al odio nacional, racial o religioso, que constituya incitación a la discriminación (Artículo 20). La Convención Americana de Derechos Humanos tiene una disposición similar (Artículo 13.5). Chile es parte y está obligado por ambos tratados.
El problema que nuestra sociedad enfrenta es definir el contenido de la libertad de expresión. Los modelos ilustran dos extremos en disputa. Además, evitan las caricaturas facilistas: los dos sentidos de libertad de expresión encuentran recepción en sociedades democráticas y respetuosas de los derechos humanos. Un modelo no es “más o menos” democrático o tolerante que el otro. Un buen punto de partida para el debate nacional sería discutir, seriamente, el proyecto de ley que criminaliza estos homenajes para determinar si nuestra sociedad adhiere a uno u otro modelo. Más allá de sus defectos técnicos, el proyecto nos permite abordar nuestro pasado reciente y decidir el tipo de libertad de expresión que queremos. Mientras ello no ocurra, la contra-manifestación es la alternativa válida para una sociedad democrática que rechaza –de manera pacífica y no coactiva– este tipo de homenajes. Y, más aún, para quienes consideramos que el homenaje al dictador es una afrenta a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, constituye un deber moral ineludible.
Carlos Parker, PINOCHET: CENIZAS FRÍAS

Fuente: El Mostrador


Admirar y homenajear a fulanos impresentables, vivos o muertos, es algo que practican a sabiendas más personas de las que uno podría imaginarse, no solo en Chile. Y tal y como está ampliamente demostrado, carece de todo sentido práctico intentar siquiera persuadir de su error a estos incombustibles “fans” de bellacos y facinerosos con pruebas y argumentos de toda clase. Incluso si aquellos demuestran de modo irrefutable que el personaje del que son devotos no merece otra cosa que no sea el repudio, la condena y hasta la repugnancia.
Hay quienes hasta hoy admiran a Hitler y, pese a la abrumadora evidencia disponible, insisten en relativizar sus abominables crímenes, e incluso hasta osan negarlos de plano, o todavía peor, los justifican sin pestañear. Joseph Stalin cuenta hasta el día de hoy con entusiastas adeptos. Y otro tanto ocurre con muchos otros dictadores de toda laya, tiranos sanguinarios y cleptómanos de todos los colores, a los cuales impensadamente pequeños grupos de seguidores les siguen rindiendo culto y pleitesía.
Cualquiera que haya pasado por la experiencia no recomendable de hablar con un pinochetista fanático, sabe que resulta completamente inútil siquiera intentar razonar de forma mínima con alguien que, sin falta, permanecerá inconmovible ante  cualquier argumento que se le pueda brindar, para hacerle ver un punto de vista distinto del que aquel personaje sostiene contra viento y marea y contra toda evidencia empírica.
Inevitablemente, un pinochetista de tomo y lomo argumentará, como recitando un mantra, que las violaciones masivas a los derechos humanos perpetrados por la dictadura son una calumnia y que los detenidos desaparecidos son un invento. Sacará a relucir el Plan Z y los míticos 10 mil guerrilleros cubanos, sin explicar por cierto adónde habría ido a parar semejante contingente, y una larga secuencia de argumentos y frases ya conocidas. Todas las cuales tienden a negar, matizar o en último término a justificar los crímenes y latrocinios del dictador al que admiran post mortem, y cuya humanidad e ínfulas todo poderosas hoy yacen convertidas en un puñado de frías e insignificantes cenizas.
Hace rato que el pinochetismo fanático e irreflexivo se bate en retirada. Muchos de sus antiguos partidarios, hoy en el gobierno, reniegan de sus antiguas devociones, de modo sincero los menos, de modo aparente y oportunista los más. Pero de tanto en tanto, los cultores más recalcitrantes de la tiranía persisten en emerger del ostracismo al que han sido relegados y de las cárceles en que se encuentran recluidos, para intentar escandalizarnos con sus patéticas puestas en escena. Manotazos de ahogado, ni más ni menos.
Frente al homenaje al fenecido dictador que sus partidarios planifican para el día 10 en el Caupolicán, y ante la evidencia palpable que este tipo de acciones constituyen un agravio, en primer lugar contra las victimas de la dictadura, hay quienes propugnan que se impida la perpetración de este acto. Por ofensivo, vergonzoso y hasta por ilegal.
Este razonamiento resulta plenamente comprensible, pero no por ello es necesariamente correcto. El derecho de reunión y la libertad de expresión son principios esenciales de la democracia. Precisamente, para recuperar esos principios secuestrados por la dictadura, para poder manifestarnos libremente y ejercer plenamente nuestros derechos cívicos y humanos, es que los chilenos, mayoritariamente, luchamos por poner fin al régimen de Pinochet.
Resulta paradojal y hasta irónico, que quienes pisotearon entusiastamente la libertad de los chilenos, y a todas luces lo volverían a hacer si tuvieran ocasión, hoy reivindiquen su propio derecho a manifestarse, precisamente para homenajear al dictador que trató consistentemente todo tipo de manifestaciones públicas como crímenes a los que había que reprimir con saña.
El derecho a reunirse, a manifestarse y a opinar libremente, también debe regir para los viudos y viudas del pinochetismo. Ellos debieran, consecuentemente, poder realizar su actividad con entera libertad. Incluso a sabiendas que se exponen al escarnio público, a las burlas y la condena ciudadana por su actos provocativos. Pero si eso quieren, si han optado por solazarse en sus crímenes y vergüenzas, pues allá ellos con sus pasiones, obsesiones retrógradas y fanatismos abyectos.
Evidentemente, el derecho a la libertad de reunión y expresión que reivindicamos como un principio irrenunciable de la democracia, en este caso específico y respecto a cualquier otro, de igual modo debe regir sin restricciones de ninguna especie también y en paralelo para quienes decidan manifestarse activamente en repudio de este de este despropósito, que como se sabe, ha sido tramado en el Penal de Punta Peuco por conspicuos criminales convictos. Ya veremos de cual lado va a cargar la mano la fuerza pública, y el derecho a manifestarse de quiénes defenderá con más entusiasmo y energía el día y a la hora señalada. Yo al menos tengo mis fundadas sospechas.

Jorge Andrés Gómez Arizmendi, UN DOCUMENTAL; ORWELL; FAHRENHEIT 451 Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN


Fuente: Sujeto y Sociedad
La presentación del documental “Pinochet”, en un acto en el teatro Caupolicán,  ha generado un fuerte debate en torno a que permite el ámbito democrático, el respeto a los derechos humanos, y la libertad de expresión.

En el prólogo a Rebelión en la Granja, George Orwell planteaba lo siguiente: El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea?

La misma pregunta se puede aplicar en cuanto al estreno del ya polémico documental sobre Pinochet, dirigido por director Ignacio Zegers Blachet, que según plantean algunos, exalta la figura del dictador chileno.

La polémica ya está desatada en este sentido. Muchos se preguntan cuán legítimo sería este tipo de actos. Otros, han dicho que una democracia no puede permitir actos donde se glorifique a personas que cometieron delitos contra los Derechos Humanos, y que por tanto, un gobierno que se precia de democrático, debería prohibir tales actos u homenajes. Algunos han dicho que se debe prohibir ciertas ideas, opiniones o argumentos negacionistaso revisionistas, que justifican o avalan delitos contra los Derechos Humanos. 

Por cosas de la vida, este martes, murió Ray Bradbury, autor entre otros libros deFahrenheit 451, donde los bomberos por orden del gobierno, se dedican a quemar libros para que los seres humanos sean más felices. Un gobierno considerado, pensará alguno.

Lo cierto, es que un gobierno que se arroga la facultad de prohibir, censurar o dictar qué se lee, se ve, se publica, se edita, o se escucha, o se dice, es un gobierno dictatorial. Porque es un régimen que pasa a llevar la libertad de opinión, porque teme a la opinión pública finalmente.

¿Defendemos la democracia y el pluralismo censurando opiniones o formas de pensar que consideramos erradas o aberrantes? No.

El supuesto errado de que el poder debe protegernos de malas ideas u opiniones, ha llevado a poderosos de diverso corte, a la quema de libros, a las proscripciones de partidos políticos, a leyes malditas, al macartismo, a las persecuciones religiosas, la casa de brujas, guerras preventivas, inquisiciones, etc. Todos, hechos que finalmente pasaron a llevar de manera brutal los derechos civiles y políticos como la libertad de pensamiento, opinión y expresión, y por tanto los derechos humanos.

Un detalle importante que muchos olvidan al plantear censuras por considerar tal o cual opinión como aberrante o inadecuada, es que la libertad de opinión es parte componente de los derechos humanos y civiles- políticos básicos de cualquier ser humano. Una sociedad que no permite la libertad de opinión –por erradas que éstas se consideren- difícilmente puede promover el respeto concreto y efectivo a los derechos humanos.

Esa incoherencia en la defensa de los derechos humanos es un grave problema ético, que el propio Orwell muy bien hacía notar: Las interminables ejecuciones llevadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pasado su vida oponiéndose a la pena capital.

Entonces, negar la libertad de expresión para salvaguardar la democracia o para promover los derechos humanos, es negar  el “tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos” como decía Orwell.

Es decir, plantear que el poder, la ley o la mayoría tengan la facultad de censurar, de restringir el derecho a reunión, o de determinar qué opiniones o ideas son aceptadas en el debate público en un momento dado, es subyugar la defensa de los derechos humanos a situaciones contextuales y temporales. Porque como decía el propio Orwell, Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas.

La defensa irrestricta de los derechos humanos implica incluso –y aunque parezca contradictorio- garantizar la libertad de opinión de aquellos que con sus ideas y sentires, se plantean contrario a tales derechos. No es una cuestión política ni legal, sino una cuestión ética. 

Orwell decía, el resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es. Lo peligroso no es el documental en sí. Lo peligroso es que producto de ese documental –que homenajea a un dictador que pasó a llevar derechos humanos- terminemos por validar la censura y el control por parte del Estado, en cuanto a lo que piensan las personas.

Como muy bien decía Orwell: Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír.