H. C. F. Mansilla, Bolivia: LOS TRES POPULISMOS

Título original:  La calamidad recurrente de la nación boliviana: los tres movimientos populistas
Uno de los obstáculos principales al desarrollo efectivo de Bolivia en los últimos setenta años ha sido el surgimiento de partidos políticos con fuertes rasgos populistas, que bajo consignas radicales y altisonantes (empezando por los nombres de los partidos) han tratado de inducir procesos de cambio global e inclusión social. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR: principalmente 1952-1964), el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR: sobre todo en 1982-1985) y el Movimiento al Socialismo (MAS: a partir de 2006) han pretendido encarnar una nueva forma de hacer política, más acorde con las realidades nacionales, pero el resultado real puede ser calificado como muy modesto, en todo caso bastante alejado de las intenciones ideológicas de los fundadores de estos partidos. En este breve texto me concentraré en las similitudes entre los tres movimientos, admitiendo por anticipado sus considerables diferencias. El MNR tuvo en sus comienzos propensiones totalitarias muy nítidas, que no han sido compartidas en el mismo grado por los otros partidos. Lo mismo vale, por ejemplo, para la frivolidad y el oportunismo del MIR, aunque a veces pienso que estas distinciones son, en el fondo, cosa de poca monta. Lo que es común a los tres movimientos debe verse en su contribución al renacimiento de tradiciones socio-culturales, que no son favorables a la moderna democracia pluralista.
El paradigma nacionalista de desarrollo recubierto a menudo con un barniz de socialismo radical ha gozado de una popularidad masiva y de una notable reputación intelectual durante una buena parte del siglo XX. Dos factores relacionados entre sí divulgaron esta concepción en extensas porciones de América Latina: la idea de que el orden tradicional, rural y pre-industrial constituiría un sistema político injusto, carente de dinamismo e históricamente superado, y la ilusión de que el progreso técnico-económico traería consigo simultáneamente la justicia social. Para comprender hoy en día la energía que emanaba de la llamada Revolución Nacional de abril de 1952 en Bolivia, su capacidad de movilización popular y su lugar eminentemente positivo en las ciencias sociales e históricas, hay que imaginarse la fascinación que irradiaba esta ideología en los más variados estratos sociales y grupos intelectuales, todos ellos profundamente indignados por la injusticia histórica que aparentemente significaba el orden prerrevolucionario. Digo a propósito fascinación porque numerosos factores irracionales se encontraban en los cimientos de aquel impulso cultural y político. Hay que reconstruir esa especie de consenso general para entender la fuerza avasalladora que tuvo la Revolución Nacional en la escena política boliviana, ese sentido común elaborado exitosamente por sus propagandistas, que perdura hasta nuestros días contaminando el imaginario colectivo del país mediante un ímpetu prelógico. Pero como se sabe entre tanto, una vasta popularidad no garantiza la veracidad de las creencias más frecuentes y de los mitos intelectuales, y mucho menos la calidad y durabilidad de un experimento socio-político.
Usando una perspectiva comparada de lo ocurrido en casi todos los países latinoamericanos en las dos últimas generaciones, se puede afirmar que la Revolución Nacional de abril de 1952 en Bolivia fue, en el fondo, innecesaria y superflua. Los efectos modernizadores generados por este proceso hubiesen tenido lugar, más tarde o más temprano, bajo un régimen dominado por las élites tradicionales, como ocurrió en la mayoría de las naciones latinoamericanas. En el área rural la derogación de relaciones personales y laborales de tipo servil, la apertura de los mercados agrícolas, la generalización de mecanismos contemporáneos de intercambio y la mejor utilización de la red de transportes y comunicaciones se hubieran hecho realidad en años posteriores sin la violencia y las arbitrariedades que acompañaron a la reforma agraria de agosto de 1953. El incremento de la movilidad social y la expansión de oportunidades de educación básica se hubieran dado igualmente bajo gobiernos de diverso signo. Y lo mismo puede aseverarse del voto universal y del desarrollo acelerado de las regiones orientales. Sesenta años después de los sucesos de abril de 1952 Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres y menos desarrollados del continente. Los diferentes gobiernos del MNR, los esfuerzos de sus presuntos estadistas y sus mutaciones ideológicas y programáticas no han podido o no han sabido sacar a Bolivia del atraso y la pobreza, lo que nos muestra en el fondo la poca originalidad teórica y la mediocridad fáctica del experimento iniciado en Bolivia en abril de 1952. Más o menos lo mismo puede decirse de la praxis concreta del MIR y el MAS en funciones gubernamentales.
El MNR, el MIR y el MAS han contribuido poderosamente a consolidar prácticas y valores convencionales, propios del mundo premoderno, rejuveneciendo así los elementos y las rutinas menos rescatables del orden tradicional. Menciono aquí tres puntos esenciales:  (1) La consolidación de la cultura política del autoritarismo, (2) la formación de élites muy privilegiadas que pasan a constituir las nuevas clases altas y (3) la desinstitucionalización de la vida público-política, con su secuela inevitable, la corrupción en gran escala.
(1) La principal herencia a largo plazo de la Revolución Nacional ha sido la preservación y exacerbación de normativas premodernas, convencionales y retrógradas en el campo socio-cultural bajo el manto de reformas modernizadoras en el terreno técnico-económico. Este legado histórico ha permanecido, por ejemplo, muy activo en la configuración actual de la vida política y en la realidad interna de todos los partidos. Imitando al MNR, el MIR y el MAS han sido organizaciones donde predominan prácticas muy arraigadas y difíciles de modificar, cuyo carácter es básicamente conservador-tradicional, como el caudillismo y el prebendalismo, la propensión a la maniobra oscura y a la intriga permanente. Estas rutinas y convenciones no están codificadas por escrito, pero muy probablemente reglamentan la vida interna y cotidiana de los partidos, establecen las diferencias reales entre dirigencia y masa, determinan los canales fácticos de comunicación entre los diversos grupos, atribuyen autoridad decisiva a los jefes con virtudes carismáticas y delimitan la verdadera significación de programas e ideales. Estos hábitos perviven pese a todos los contactos con el mundo exterior y al uso cotidiano de los últimos inventos de la tecnología. Los tres movimientos aquí examinados han sido y son organizaciones políticas de corte premoderno, sin estructuras democráticas, sin debate programático interno y sin renovación libre de las cúpulas dirigentes.
De modo claro y recurrente la popularidad de los tres movimientos está vinculada con un renacimiento de la cultura política tradicional a través de su accionar cotidiano. Las corrientes liberal-democráticas intentaron a su modo modernizar la mentalidad política y la esfera institucional durante los periodos 1940-1943, 1946-1952 y 1985-2005, iniciando tímidos pasos para afianzar el Estado de derecho, fomentando una educación ciudadana moderna, promoviendo la inserción del país en una estructura globalizada cosmopolita, ensayando formas de autonomía municipal y dando más peso al Poder Legislativo mediante la estrategia de pactos interpartidarios (como es lo usual en los estados democráticos del presente). Estos esfuerzos no tuvieron éxito porque precisamente una genuina cultura liberal-democrática nunca había echado raíces duraderas en la sociedad boliviana y era considerada como extraña por la mayoría de la población. Por otra parte esta cultura liberal-democrática ha sido combatida ferozmente por las "nuevas" fuerzas nacionalistas y revolucionarias, que pretendían y pretenden cambiar las estructuras profundas del país. En el caso de la Revolución Nacional de 1952 se puede decir que la lucha contra la "oligarquía minero-feudal" encubrió eficazmente el hecho de que el MNR de entonces detestaba la democracia en todas sus formas y, en el fondo, representaba y prorrogaba la tradición autoritaria, centralista y colectivista de la Bolivia profunda, tradición muy arraigada en las clases medias e inferiores, en el ámbito rural, en la población indígena y en todos los grupos sociales que habían permanecido secularmente aislados del mundo exterior. Todo esto fue percibido por una parte considerable de la opinión pública como un sano retorno a la propia herencia nacional, a los saberes populares de cómo hacer política y a los modelos ancestrales de reclutamiento de personal y también como un necesario rechazo a los sistemas "foráneos" y "cosmopolitas" del imperialismo capitalista. Hoy en día la constelación política y cultural es muy similar.
(2) El MNR combatió sañudamente a la antigua "rosca minero-feudal" (grupos sociales y empresariales muy reducidos, privilegiados y excluyentes), pero a partir de 1952 sobresalió por la creación de roscas de iguales o peores características. La praxis efectiva del MNR no la teoría o la propaganda generó el establecimiento de nuevos grupos elitarios, que en el curso de los años se transformaron en la nueva clase alta de la nación. A escala menor pasó lo mismo con el MIR y el MAS. Las nuevas élites reproducen las características negativas de los antiguos grupos privilegiados: la arrogancia infundada, el desprecio por la cultura y la ciencia, la incapacidad de generar visiones de largo plazo y la explotación sin escrúpulos de los estratos subalternos del país. Y los tres movimientos han tenido relaciones particularmente cordiales y fructíferas con el sector bancario.
Las élites dirigentes de los tres movimientos, y justamente los militantes más exitosos, son probablemente aquellos que tienen como metas normativas la consecución de dinero y poder, y para quienes los objetivos ideológicos tienen un valor meramente instrumental. El saber manipular símbolos es algo muy útil para consolidar y mejorar la propia posición dentro del partido y el gobierno, pero el cumplimiento real de metas programáticas no ocasiona preocupación alguna dentro de estas agrupaciones y menos dentro de la nueva clase privilegiada.
Desde un comienzo las posiciones de dirigencia fueron ocupadas mayoritariamente por personas hábiles en cuestiones de corto plazo y sin muchas consideraciones éticas. Estos operadores, por definición, son expertos en relaciones públicas, técnicos sin adscripciones ideológicas profundas; trabajan en realidad al servicio del mejor postor. Las destrezas específicas de los operadores residen en campos delimitados: los juegos estratégicos, las negociaciones, la obtención y consolidación de espacios de poder, las maniobras y las intrigas (que pueden ser de una gran complejidad), la elaboración de algunas ideas a la moda muy simples, por supuesto para las campañas electorales, el ganar colaboradores eficientes y baratos, conseguir fondos discrecionales y tejer una red de contactos con las organizaciones internacionales, los empresarios y los medios masivos de comunicación.
Dos campos de la actividad humana son básicamente ajenos a los operadores: el ámbito de la moral y el mundo de la ciencia y la cultura. Los expertos de los juegos estratégicos y de la astucia irrestricta olvidan empero una dimensión fundamental de la política. Francis Bacon, el gran pensador y estadista inglés, anotó hace cuatrocientos años que hay una diferencia importante entre el saber intelectual y las picardías de la política cotidiana: el operador puede moverse muy bien en los entresijos del poder mediante una estrategia instrumental, pero no comprende el conjunto social ni puede percibir los fenómenos que van allende lo muy conocido, que son en general los procesos evolutivos de largo aliento. Los operadores no pueden brindar lo que esperan dilatados sectores sociales: el componente ético, la vocación de servicio a la comunidad, las visiones de futuro, la constelación sostenida por la confianza y la dignidad y la modestia que acompaña a la verdadera grandeza.
(3)      En función gubernamental los tres movimientos han dedicado una parte de sus energías a debilitar el Estado de derecho, a tolerar la existencia de códigos paralelos en la esfera pública, a fomentar modelos creativos y dilatados de corrupción y, sobre todo, a desmantelar las instituciones estatales de índole moderna. A partir de 1952, 1982 y 2006 se puede percibir la instrumentalización del aparato judicial en favor de planes y decisiones políticas del Poder Ejecutivo. Los agentes del orden público los tribunales, las fuerzas armadas, el amplio estamento de jueces, fiscales y abogados experimentan un menoscabo de su autonomía y una declinación de su formación profesional, lo que concuerda con la situación correspondiente en sociedades poco evolucionadas. En los tres periodos hubo una  notable declinación del Estado de derecho y un significativo aumento de la inseguridad jurídica (basta recordar, por ejemplo, la desdolarización inducida por el MIR en 1983), lo que a menudo coincide con la creación de nuevos trámites burocráticos, generalmente superfluos y mal diseñados. El aspecto irracional y premoderno de todo esto se advierte en el renacimiento de los códigos paralelos de conducta, que nunca han sido codificados como normas oficiales, pero que en la cruda realidad poseen la calidad de pautas indubitables de comportamiento colectivo, lo que quiere decir que no hubo necesidad de definir y aceptar estas rutinas de modo expreso, patente y notorio porque siempre han disfrutado de una validez prerreflexiva muy amplia y sólida. La utilización adecuada de los códigos paralelos constituye una de las claves explicativas de la fortaleza de los movimientos populistas.
(4)      Para concluir paso a unas reflexiones de largo aliento. Desde el primer momento los dirigentes del MNR, MIR y MAS no aprendieron a dudar acerca de su propia praxis gubernamental. Siempre tenían y tienen razón en el momento de emitir un juicio o realizar una actuación. Los políticos no cambiarán sus hábitos porque desconocen el moderno principio de la crítica y el auto-análisis. El MNR, por ejemplo, jamás se distanció de sus acciones "heroicas": los asesinatos de Chuspipata (1944) y los campos de concentración de Curahuara de Carangas y Coro-Coro (1953-1956). Sus dirigentes nunca se disculparon ante la opinión pública por estos crímenes. Estos espíritus acomodaticios pensaron que las grandes reformas de 1952/1953 fueron tan indispensables en su momento como necesaria fue su abolición a partir de 1985. Esta inclinación pragmática y oportunista reemplazó la ideología nacionalista y revolucionaria, la cual, en el fondo, siempre ha tenido una función instrumental y propagandística. La situación en el MIR y el MAS ha sido similar.
(5)      Como corolario se puede aseverar lo siguiente. La renovación social y política, propugnada por los tres movimientos, se ha restringido a lo llamativo y superficial. La utilización de computadoras y teléfonos celulares no significa que los usuarios y los políticos hayan dejado de lado sus antiguos hábitos y designios, sus viejas mañas y triquiñuelas que han variado poco en el curso de los siglos. Los rasgos más visibles de la modernización política son la invasión de las técnicas de mercadeo y relaciones públicas, el surgimiento de los mencionados operadores y la ideología del pragmatismo. Ello concuerda lamentablemente con los anhelos profundos de los adherentes "normales" de los tres movimientos: el ascenso social y la consecución de una rápida fortuna.