H.C.F. Mansilla: LA JUVENTUD, LA CULTURA Y LA DEMOCRACIA



 Título original:  La compleja relación entre juventud, cultura y democracia
 Investigaciones sociológicas realizadas en numerosas sociedades concuerdan en que las principales pautas de orientación de los jóvenes en la actualidad son las modas dictadas por los medios masivos de comunicación. Esto ha sido así a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, pero lo específico de la situación contemporánea reside en su alcance casi universal y en su inclinación materialista. No es productivo insistir en esta temática deprimente, pues muchos estudios, basados en fuentes empíricas, coinciden en que los jóvenes del presente se consagran al consumismo desenfrenado, al hedonismo mercantilizado, a la indiferencia política y a la falta de ideales altruistas. Estas tendencias sobrepasan fácilmente las diferencias y las barreras que antes significaban los estratos sociales, los orígenes étnicos y las prácticas religiosas. Es necesario señalar que reconvenciones muy similares en torno a los excesos juveniles se oyeron ya en la Atenas clásica de Sócrates, lo que, por supuesto, devalúa el dramatismo de las críticas de hoy en relación con esta temática.
Basado en argumentos de notable peso, Mario Vargas Llosa afirmó que la cultura juvenil celebra la "frívola levedad de la vida" en todo el planeta. El rol central que corresponde al consumo de alcohol y drogas y la indiferencia por asuntos públicos serios parecen avalar esta opinión. Según Vargas Llosa, los jóvenes de nuestros días no desprecian la cultura porque ni siquiera se han enterado de que existe. Esta es, manifiestamente, una exageración, pero lo que sí es cierto es que, por ejemplo, hoy los jóvenes acuden a las universidades para seguir carreras comerciales muy alejadas de la investigación científica y de los genuinos esfuerzos intelectuales. El interés de ellos es claramente tecnocrático: prefieren carreras convencionales y estudios rutinarios que posteriormente les brinden un acceso privilegiado a la burocracia estatal y a las empresas privadas. Parece que otros problemas la cultura propiamente dicha, el destino del ancho mundo, las amenazas ecológicas, la fealdad de las grandes urbes, la ética social están muy alejados de sus preocupaciones cotidianas.
Estas afirmaciones poseen obviamente un carácter generalizador y, como tales, simplifican una realidad más variada y compleja. Pero sin un mínimo de generalizaciones nos hallaríamos en dificultades para decir algo que no sea la mera reproducción de múltiples casos fácticos y no podríamos adquirir algunos indicios teóricos que nos ayuden a orientarnos en la selva que es la vida contemporánea. Todas estas aseveraciones deben ser entendidas, por lo tanto, como hipótesis provisionales para ir avanzando en el áspero campo del conocimiento de nuestras sociedades.
En un intento de hacer justicia a una realidad compleja y apelando a mis propias experiencias, quisiera establecer algunas diferencias entre esta juventud consagrada exclusivamente a la "frívola levedad de la vida" y aquella de escasamente medio siglo atrás. Entonces la juventud tenía valores normativos que la distinguían de la actual, o por lo menos así me imagino esta constelación que ya tiene carácter histórico. Con anterioridad a la actual masificación globalizada, la juventud representaba una edad incomparable por varios motivos, no sólo a causa del aura misteriosa que circunda e ilumina esta hermosa edad. Aunque parcialmente, en ella ardía el fuego de la utopía y la renovación sociales. La generosidad y el desprendimiento constituían rasgos valiosos de su carácter. La mentalidad juvenil aun se hallaba abierta hacia los tesoros del conocimiento y la cultura. Es obvio que hablo del pasado, embellecido probablemente por la distancia y la nostalgia. No compartí nunca los designios mesiánico-marxistas que abrazó la generación de 1968, pero me gustaba el entusiasmo, el desprendimiento y la ilusión que irradiaba. Los jóvenes de entonces acariciaron quimeras y sueños proclives al engaño y al totalitarismo, pero también favorables a la esperanza de un mundo mejor.
Lo más rescatable de aquella juventud era su curiosidad hacia otros mundos y otras épocas, es decir el deseo desinteresado de ampliar sus conocimientos. Todavía era usual el admirar las grandes obras del arte y la literatura. ¿Quién entre los jóvenes lee ahora obras extensas de literatura o visita voluntariamente un museo? Muy pocos, por cierto. Existía el anhelo de entender los grandes proyectos civilizatorios que estaban lejos de la vida diaria. Sobre todo en el ámbito universitario alemán, en el cual me formé entre 1962 y 1974, flotaba un resto del clásico vínculo entre eros y logos: la liberación sexual andaba de la mano de posiciones políticas progresistas. Luego todo esto fue uniformado, desnaturalizado y envilecido por la globalización comercializadora que ha invadido el planeta.
Las modas juveniles poseen también una fuerte incidencia sobre el terreno de las relaciones públicas y la conformación de la democracia contemporánea. La expansión de las actuales pautas recurrentes de comportamiento, que tienden a aplanar los valores colectivos de orientación y a uniformar las ideologías, predispone al advenimiento de un nuevo autoritarismo. En casi todos los países del planeta la juventud es la vanguardia de la aceptación de valores y conductas originadas en los centros metropolitanos, sin diferencias notables entre ellas. Al suponer que la cultura popular es democrática y espontánea, se hace una contribución involuntaria a una mayor estulticia social. Al aceptar como positivos e inescapables los rasgos fundamentales del orden social hoy prevaleciente en cualquier latitud cultural, se admite igualmente (1) un modelo civilizatorio signado por el despilfarro y la irracionalidad a largo plazo, (2) la acción manipuladora de los medios de comunicación y (3) el predominio de élites tecnocráticas, cuya habilidad reside precisamente en autojustificarse democráticamente mediante los partidos de masas.
El juego democrático auténtico y pluralista es socavado paulatinamente por las formas específicas que ha adoptado en nuestros días la cultura colectiva, prefigurada, como se mencionó, por formas juveniles de la misma. La propaganda política electoral, la estructura de los partidos de masas y las actividades de los medios de comunicación promueven conductas de marcado carácter infantil e infantilista mediante la inclinación a simplificar temáticas complejas. Estos rasgos son constitutivos del modelo civilizatorio juvenil de nuestros días, y se han convertido en fenómenos propios de la democracia moderna.
En torno a los aspectos principales de la cultura juvenil se puede aseverar lo siguiente. La autoridad derivada del conocimiento, la experiencia, la ciencia y la ética queda reducida a la calidad de una opinión entre otras. La mediocridad emerge como el compromiso constructivo y funcional en medio de un debate moroso e interminable, justamente muy democrático. Los criterios de la estética pública adoptan rasgos plebeyos y se sirven de motivos contingentes y efímeros, pero inmensamente populares y, por ello, hoy en día legítimos y casi obligatorios. Y como contraste se puede decir que las iglesias se han secularizado en tal grado que han perdido su capacidad de brindar normas y valores de orientación y se han transformado en instituciones de beneficencia pública, especialmente para los ancianos.
La actual cultura juvenil está basada en una cierta democratización en el acceso a los bienes culturales. Es imprescindible mencionar el reverso paradójico de este proceso: la expansión de la cultura se paga con el empobrecimiento de la misma. Por ello hay que recordar las secuelas de la industria de la cultura sobre los individuos en cuanto actores socio-políticos: la disminución de la sensibilidad y la espontaneidad de la persona, el atrofiamiento de la fantasía y la merma en la capacidad de reflexión. No quiero decir que estos sean atributos característicos e inevitables de la juventud contemporánea, pero no hay duda de que ahí se los puede detectar vigorosamente. En su conjunto, la industria de la cultura es conservadora en el sentido de preservar el status quo político-cultural de un momento dado: así ejerce, indirecta pero efectivamente, funciones de poder, creando sobre todo dilatadas lealtades de las masas con respecto a valores que no son puestos en cuestionamiento. La industria de la cultura manipula y deforma las necesidades de la población, no sólo en el campo del consumo masivo, sino también en el terreno de las alternativas programáticas. Es arduo encontrar algo espontáneo y romántico en la cultura popular, como lo propugnan ahora los apologistas del postmodernismo. El individuo como ser autónomo se convierte en algo residual e ilusorio; ninguna democracia que merezca ese nombre puede realizarse con ovejas.
En resumen: la cultura juvenil de la actualidad puede ser calificada de conservadora en sentido de rutinaria y convencional, aunque sus formas externas sean multicolores, exageradas y radicales. El efecto final es un uniformamiento de ideas matrices e imágenes cotidianas, con lo cual la dimensión del futuro (político, programático, cultural) se empobrece. La sobresaturación mediática con fragmentos informativos de dudoso valor específico provoca la apatía de los votantes, entre otras cosas porque desaparece la diferencia entre votar y ser encuestado. Además: el desplazamiento de la política desde el foro clásico y otras instancias de reflexión hacia el espectáculo televisivo (y, en general, hacia el plano audiovisual) lleva a que la política se contagie del carácter de los medios y se vuelva algo temáticamente efímero, intelectualmente ligero, fácilmente digerible. Las imágenes fugaces tienen preeminencia sobre lo inteligible y lo reflexivo: con esto está dicho casi todo. Pues la transitoriedad de la información impide normalmente la formación de una memoria adecuada, y sin esta no se da fácilmente una solidaridad de largo alcance. La política se ha convertido, como dice Franco Gamboa Rocabado, en estrategias de teatralización, que tratan de impresionar al público a través de expresiones dramatúrgicas y otros mecanismos de manipulación de sentimientos, para conseguir la adhesión del público o inducirlo a una cierta toma de posición sobre una determinada política sometida a ese presunto control desde abajo. Esta adhesión es intransparente en el sentido de que no deja ver la verdadera intención de los actores políticos. Y así la democracia queda desvirtuada por su propia trivialización, anticipada por la cultura juvenil.
La aspiración de comprender mejor la vida social no es algo tan absurdo es decir: sin réditos materiales como parece hoy. En la esfera de las relaciones entre grupos y naciones, por ejemplo, la humanidad recorre senderos que alguna vez ya han sido probados o imaginados por alguien. En este sentido y particularmente en los terrenos de la política y la ética, la historia sigue siendo la maestra de la vida. En el presente no existe casi nada de aquel impulso de conocer mejor la propia sociedad y las ajenas. Los pocos jóvenes que hoy se dedican a disciplinas humanistas quedan seducidos por teorías postmodernistas y por los llamados estudios postcoloniales, corrientes que exhiben una inclinación convencional a mezclar un marxismo tercermundista muy diluido con argumentos enmarañados, difusos y abstrusos. Mediante una fraseología complicada estas modas intelectuales quieren hacernos creer que elaboran pensamientos complejos. Lo criticable de estos enfoques es, sobre todo, su carácter previsible. Si las conclusiones están ya predeterminadas, faltan los elementos de sorpresa y admiración, y, por ende, la posibilidad de aprender algo genuinamente nuevo.