H. C. F. Mansilla: EL MOVIMIENTO TACUARA

Título original: 
Encuentro con el Movimiento Tacuara en Buenos Aires
 En 1962 mi desencanto con la vida tuvo una causa inicial. Tenía entonces diecinueve años, y aun no había experimentado ninguna desilusión seria. Antes de viajar a Alemania para seguir mis estudios universitarios, pasé unos meses en Buenos Aires. Logré hacer unos contactos con jóvenes de la alta sociedad porteña, que me invitaron varias veces a cenar, a conversar o simplemente a pasar juntos el tiempo. No puedo negar que fueron muy amables y generosos conmigo. Era un grupo compacto de unas siete u ocho personas, que tenían entre dieciocho y veinte años. Todos llevaban apellidos muy ilustres: familias presidenciales, héroes de la independencia, gobernantes del periodo 1810-1820. Por todas partes había calles y plazas con los apellidos de los muchachos. Pero los varones me parecieron detestables y hasta peligrosos y las chicas una franca desilusión. Casi todos los muchachos eran miembros del Movimiento Tacuara: decían profesar una ideología fuertemente nacionalista, antidemocrática y antiliberal. No se identificaban con sus propios antepasados que habían construido la Argentina moderna, liberal y cosmopolita. Despreciaban la cultura europea y sobre todo la francesa.
Celebraban en el plano social las manifestaciones de lo fuerte, varonil, joven, nuevo y original. Hacían alarde, por otra parte, de una sospechosa "comprensión" con respecto de la derecha peronista, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Simultáneamente se identificaban con la Revolución Cubana, la industrialización stalinista y el régimen de Nasser en Egipto. Se decían anti-imperialistas y enemigos del capital británico y norteamericano. Aborrecían a Mitre y Sarmiento, y veneraban a los oscuros caudillos provinciales del interior que representaban la tradición autoritaria y populista del siglo XIX. En el fondo les gustaba la acción por la acción; sentían una verdadera fascinación por cualquier forma de violencia, que la calificaban de sagrada. Hablaban sin cesar de cuestiones conspirativas, como asaltos a bancos e instituciones del Estado, aunque la impresión que tuve era que no pasaban del nivel verbal.
 De todas maneras: les gustaba maltratar a niños y ancianos de aspecto humilde, tenían opiniones francamente machistas sobre las mujeres y aprovechaban cualquier ocasión para hacer exhibiciones de virilidad e impetuosidad. Robaban periódicos y objetos pequeños, golpeaban a los perros y rompían vidrieras de tiendas judías. Me tomaron simpatía a causa del parentesco de mi familia paterna con el general Lucio Norberto Mansilla, el comandante de las fuerzas argentinas en la batalla de la Vuelta de Obligado (llamada la "Batalla de la Soberanía" por los nacionalistas), cuando una flota naval franco-inglesa fue averiada, pero no derrotada por los argentinos en 1845. El general Mansilla era casado con una hermana del dictador Juan Manuel de Rosas, el gran héroe de populistas y nacionalistas. Por Rosas y Mansilla los muchachos exhibían una admiración ilimitada y noté que por carambola me tenían un curioso respeto.
Este Movimiento Tacuara, que creo que se denominaba también nacionalista y revolucionario, trató luego de desencadenar sin éxito una guerrilla urbana; de él se desprendieron posteriormente los Montoneros peronistas y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de orientación trotzkista ultrarradical. Los chicos tenían un caos mental: en un momento daban la impresión de ser revolucionarios de la extrema izquierda y al siguiente de ser partidarios de la extrema derecha. Después me di cuenta de que ambas posiciones son posibles y hasta usuales en un solo cerebro atolondrado y que esto está muy expandido en todo el Tercer Mundo, sobre todo allí donde florece una tradición autoritaria. En años posteriores me habitué a izquierdistas que afirmaban que Hitler había sido el brillante constructor de una Alemania próspera y sin crisis y a derechistas que sostenían que Stalin había conseguido una exitosa industrialización masiva y el rango de gran potencia para la Unión Soviética. Lo que los muchachos de Buenos Aires (y no sólo ellos) odiaban eran los procesos institucionalizados, los organismos de la democracia moderna, el espíritu crítico y científico y la modernidad en general. Estaban fascinados por la acción directa y por las armas. Un día uno de los muchachos trajo un estuche de lujo con unas pistolas antiguas, y los varones del grupo se dedicaron durante una hora a lustrar, acariciar, admirar y besar las armas. Creo que ningún cuerpo femenino podía concitar tanto cariño.
Los aguanté durante tres encuentros a causa de las chicas, que eran bellas, desenvueltas, elegantes y terriblemente sensuales, tan diferentes a las que yo conocía. Todas hablaban francés, leían novelas y libros de autores extranjeros, tenían un encomiable nivel cultural y sabían provocar de forma sutil el interés de los varones. Pero ante los muchachos del Movimiento Tacuara mostraban un comportamiento sumiso, obediente y dócil; ahí se acababan rápidamente los frutos de las muchas lecturas y de su cultura pretendidamente superior. Era algo paradójico que tardé mucho en comprender. En aquella oportunidad sentí sólo rabia, impotencia y decepción ante aquellas mujeres jóvenes, hermosas e inteligentes, enamoradas perdidamente de unos palurdos ignorantes, desaseados y confusos. Estos breves encuentros debilitaron para siempre mi confianza en el género femenino.