Sary Levy Carciente: Del progreso a la felicidad


DESARROLLO, POLÍTICA Y SOCIEDAD: DEL PROGRESO A LA FELICIDAD
SARY LEVY CARCIENTE


El arte consiste en liberar la vida que el hombre ha encerrado

Del progreso a la felicidad
Sary Levy Carciente

El arte consiste en liberar la vida que el hombre ha encerrado
I.                  Introducción
Todos hemos escuchado aquello de que “el dinero no da la felicidad pero aplaca los nervios” mientras alguien que trabaje en la bolsa bien podría decir que quizá sea más cierto su reverso, “el dinero sí da la felicidad, pero destroza los nervios”.
Evidencias empíricas demuestran que no hay relación automática entre crecimiento económico, reducción de la pobreza y aumento del bienestar de las sociedades. De igual manera ya es moneda corriente en los ámbitos académicos señalar que el crecimiento económico no genera necesariamente desarrollo, así como reconocer que los altos niveles de desarrollo tampoco aseguran la felicidad
Paradojas que obligan a revisar los enfoques y estrategias de política en la búsqueda de un mejor futuro para próximas generaciones.

II.               Empecemos con un poco de historia
Desarrollo es uno de esos términos que dicen más por su noción intuitiva que por su definición, siendo que sus asociaciones positivas lo hacen derrotero utópico e ilusión deseada que promete erradicar la escasez, la desigualdad y el atraso
Su construcción como objeto de estudio encuentra sus raíces en la Modernidad, que tendría como principio fundante la Razón, que al ser auto-consciente y con vocación de futuro, se reproduce de forma continua y abre las puertas al concepto del progreso. Con el capitalismo se convierte en el proyecto orientador de sus prácticas sociales; y durante el siglo XIX, progreso, evolución y crecimiento se combinan para dar paso al concepto de Desarrollo, el cual paulatinamente amplía su radio de acción, incorporando dimensiones en su evaluación
Los primeros modelos de desarrollo estuvieron ligados a una noción evolucionista, a una concepción etapista (Rostow, Lewis, Germani), a modelos keynesianos de crecimiento (Harrod, Domar), o a cuerpos de teorías parciales con críticas a fallas estructurales de los diversos sistemas económicos y culturales (Nurkse, Rosenstein-Rodan, Hirschman, Boeke, Hoselitz, Morris, Clark, Mc Clelland). Además de los aspectos teórico-conceptuales, se establecieron elementos referenciales de medición, siendo que el producto per cápita pasaba a ser el indicador para examinar el incremento de la capacidad productiva; y la relación entre las tasas de ahorro e inversión y el crecimiento esperado, lo que medía las potencialidades para lograrlo.
Por su parte, la crítica a la estructura del sistema capitalista tanto en su versión marxista, como la latinoamericana, revisará las relaciones entre las partes del mismo y señalará las fallas de su funcionamiento, como agentes causales del binomio desarrollo-subdesarrollo

III.          Sumando dimensiones: desarrollo social, humano, sustentable
Rápidamente surgieron múltiples cuestionamientos a las políticas de crecimiento económico, en tanto que enmascaraban profundos problemas y el concepto incorpora distintas aristas o dimensiones en su conceptualización y medición.
Las críticas relativas a la pobreza, la desigualdad, el desempleo y del papel de las instituciones, fueron recogidas por el término de Desarrollo Social (Seers, Chenery), Se incorporan así indicadores y mecanismos de medición como: línea de pobreza, pobreza crítica, niveles de desempleo, subempleo, salario mínimo/canasta alimentaria, coeficiente Gini y muchos otros.
Desarrollo con rostro humano (UNICEF) y Transformación productiva con equidad (CEPAL) fueron las nuevas nomenclaturas de los programas de desarrollo, que planteaban un enfoque más amplio, destacando la multidimensionalidad de los problemas sociales y que a su vez favorecieron la identificación de otra serie de determinantes y requisitos, que se expresarían en el Marco Integral del Desarrollo del Banco Mundial (1998).
Las críticas vinculadas al progresivo deterioro del ambiente y los recursos no renovables se recogieron en el concepto de Desarrollo Sustentable (Meadows, Georgescu-Roegen, Jacobs, Mishan, Ehrlich, Mohan), destacando además el considerar a las generaciones futuras como beneficiarias de proyectos de desarrollo.
La falta de respeto a libertades individuales y los derechos humanos fueron recogidos por el concepto de Desarrollo Humano, definido como la expansión y la calidad del conjunto de opciones que pueden elegir los individuos.
El Índice de Desarrollo Humano ha ido desagregándose para incorporar particularidades como las desigualdades de género (Índice de Desarrollo Humano relativo al Género, IDHG, Índice de Potenciación de Género, IPG), destacando aspectos vinculados a la pobreza (Índice de Pobreza Humana de los países en desarrollo, IPH-1,  Índice de Pobreza Humana de los países industrializados, IPH- 2), a la libertades de las poblaciones (Índice de Libertad Humana, ILH,  Índice de Libertad Política, ILP) y otros elementos complementarios (Índice de Responsabilidad Internacional en Derechos Humanos, y el Índice de Adelanto Tecnológico).

IV.            Desagregando: de lo macro a lo micro, de lo general a lo específico
Una profusión de índices de diversa índole comienzan a aparecer y cada uno trata de medir condiciones y/o variables presentes en distintas dimensiones del desarrollo de los países, unos más amplios otros más específicos, pero definitivamente todas relevantes:
         Tobin y Nordhaus  (en Daly y Cobb, 1994) desarrollan una Medición de Bienestar Económico (MEW, meassures of economic welfare) que ajusta los resultados económicos por las externalidades ambientales, por medio de una corrección de inconveniencias urbanas.
         Por su parte Daly y Cobb (1994) construyen un Indicador de Bienestar Económico Sustentable (ISEW, index of economic sustainable welfare) que ajusta los resultados económicos por el daño ambiental, el agotamiento de recursos naturales no renovables y la distribución del ingreso. 
         Uno de los primeros indicadores que incorpora la dimensión social en su medición es el Índice de Calidad de Vida Física (PQLI, por sus siglas en inglés Physical Quality Life Index) desarrollado por Morris (1979), el cual no intentaba medir el desarrollo sino el bienestar social, definido como las condiciones materiales requeridas para el desarrollo integral de los individuos, entre las que se cuentan: alimentación, salud, vivienda, educación, trabajo y otros. El PQLI resulta del promedio ponderado de tres indicadores: mortalidad infantil, esperanza de vida a la edad de un año y alfabetización adulta.
         El Índice de Capacidades Básicas (ICB) es un índice alternativo desarrollado por Social Watch (a partir de un índice de Calidad de Vida para Action for Economic Reform para la coalición de Social Watch en Filipinas) inspirado en la medida de pobreza de capacidades propuesta por Amartya Sen. Propone añadir a la dimensión económica - vía el ingreso -indicadores de distintas capacidades de la población en salud y educación, asociadas con el desarrollo social.
         Breslow (1996), a partir del ISEW, desarrolla un Indicador de Progreso (GPI, Genunine Progress Indicator) que toma en cuenta el total de costos y beneficios de la producción, mostrando una tendencia decreciente en el progreso desde la década del 70’.
         El Banco Mundial desarrolla el Indicador de Riqueza con el que busca evaluar los niveles de riqueza de las naciones incorporando entre sus elementos el denominado capital humano.
         El Índice de Libertad Económica elaborado por la Fundación Heritage para medir el grado de libertad de los países, partiendo que la misma es un ingrediente básico para el desarrollo.
         El índice anterior ha sido criticado por aquellos que no comparten la dinámicas del capitalismo, surgiendo entonces el llamado Índice de Libertad Económica del Resto de nosotros (EFRU, Economic Freedom of the Rest of us), que intenta medir el impacto de las políticas gubernamentales, reglas e instituciones a partir del sector laboral.
El indicador se resume en tres categorías: liberación de la exclusión o Empleo - medido por el nivel empleo, del desempleo y tiempo de desempleo - liberación del hambre o Ingreso -medido por el nivel promedio de remuneraciones, la productividad de las remuneraciones y el salario mínimo - y liberación de la discriminación y el temor  o Igualdad y Seguridad -medido por la igualdad en la distribución del ingreso, la diferencia de la remuneración por género, la diferencia en la remuneración de empleados y obreros, la tasa de pobreza, el gasto público per cápita en programas sociales, la asistencia social y la estabilidad laboral (Stanford, 1999).
         Destacando la importancia de la institucionalidad, del respeto al Estado de Derecho para favorecer una actividad económica privada que propenda al desarrollo, emerge el rol fundamental del sector privado en el bienestar de la sociedad. Transparencia Internacional desarrolla:
o       Índice de Percepción de la Corrupción (IPC): índice compuesto anual basado en encuestas de especialistas y empresas sobre corrupción y buenas prácticas de gobierno. 
o       Índice de Fuentes de Soborno (IFS): ranking basado en encuesta a ejecutivos que clasifica a 30 de los principales países exportadores por la probabilidad de que sus compañías incurran en pagos de sobornos en el extranjero.
o       Barómetro Global de la Corrupción (BGC): encuesta anual a hogares para conocer sobre percepciones y experiencias relacionadas con la corrupción.
o       Estudios sobre el Sistema Nacional de Integridad (SNI): levantan un diagnóstico de las fortalezas y deficiencias de las instituciones clave en las que se sustentan las buenas prácticas de gobierno y la integridad de un país.
o       El  Informe Global de la Corrupción Mediante un enfoque temático, analiza la corrupción en relación con un sector o un tema de gobernabilidad específico de especial relevancia y vigencia.
         El vínculo entre el sistema de gobierno y el desarrollo es otra arista que la teoría anima a revisar, sin embargo la relación entre democracia y producto per cápita, no es contundente, siendo que afirma la hipótesis tan solo en 30% de los casos (aunque al retirar de la muestra a los países exportadores petroleros, la correlación sube a un 60%). Con este interés la Unidad de Inteligencia de The Economist, elabora un Índice de Democracia.
         Por su parte, el Fondo para la Paz - Organización no gubernamental sin fines de lucro que promueve la prevención de conflicto violento y la seguridad sostenible - desarrolla el Índice de Estados Fallidos, que clasifica a los países por su incapacidad manifiesta de controlar su espacio geográfico y proveer de servicios básicos a sus ciudadanos, además de estar marcado por una degradación económica y ética en su funcionamiento.

V.               De lo objetivo a lo subjetivo: calidad de vida, buen vivir, felicidad
Mientras se revisa la concepción del desarrollo, sus alcances y características, hay también un tránsito de la evaluación de indicadores cuantitativos a la revisión de percepciones cualitativas
Se abren paso conceptos como bienestar, calidad de vida, buen vivir, satisfacción y felicidad. y la mirada desde la alturas y de los objetivos es sustituida por las  percepciones de sus resultados.
Quizá uno de los principales antecedentes de este enfoque es el Desarrollo a Escala Humana de Manfred Max-Neef, que se concibe desde lo micro y con un registro subjetivo. Propone una comprensión de la estructura y dinámica del sistema económico focalizando su atención en las necesidades básica humanas, además de concentrarse en el proceso y no solo en los resultados.
Por su parte, la Fundación Nueva Economía, NEF, elabora un Índice del Planeta Feliz, evidenciando la eficiencia ecológica con la cual logramos calidad de vida. A pesar de su nombre no tiene como finalidad mostrar la felicidad de los ciudadanos de un país, sino cómo los países son capaces de utilizar sus recursos naturales para darle una vida de calidad a sus habitantes.
Quizá uno de los aspectos más interesantes de este índice es el relativo al componente de satisfacción, medido por los resultados de encuestas mundiales realizadas por Gallup,  la World Values Survey Association, WVSA, y los Estudios de Valores Europeos (EVS)
Por su parte lado Veenhoven (2007)  ha desarrollado una aproximación para combinar la satisfacción de vida con la esperanza de vida lo que denomina Años felices de vida (HLY) captando tanto elementos objetivos como subjetivos del bienestar.

Dentro de un paradigma sistémico, una perspectiva holística de desarrollo marcada por la cultura budista, surge otro concepto: Felicidad Interior Bruta. Propuesto por el Rey de Bután, Jigme Singye Wan-chuck, el FIB insiste en la dimensión humana, se enraiza en aspectos culturales, considerando que el solo crecimiento material amenaza las costumbres y  el patrimonio cultural y que el verdadero desarrollo humano se basa en la complementación y refuerzo del desarrollo material y el espiritual.
Desde el otro lado del mundo y con otro enfoque cultural que parte de la cosmovisión andina - la cual incorpora a la idea de bienestar, la naturaleza como sujeto de derecho en convivencia en armónica y equilibrada - surge el concepto de Buen Vivir o Sumak Kawsay, (en quechua ecuatoriano) o Suma Qamaña (en aymara boliviano), que intenta definir esquemas de desarrollo integral individual y comunitario y respetuosos del ambiente.
El concepto aun está en la etapa de identificación de las dimensiones a considerar, y los mecanismos de medición de los elementos que en ellas se incorporen, pero intenta conjugar las exigencias e innovaciones que los indicadores han exhibido a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.

VI.    La felicidad como objetivo de política pública
Tras revisar este evolucionar de mediciones, indicadores y conceptos, indaguemos sobre el cuerpo teórico que podría responder esta nueva concepción.
Conceptos como Planeta Feliz, Felicidad Interna Bruta, Años Felices de Vida y Buen Vivir evocan rápidamente perspectivas utilitaristas, en tanto que las mediciones del éxito de estos enfoques ponen su énfasis en el provecho de las consecuencias, en la valoración a partir de lo que intrínsecamente es relevante y apreciable para los individuos
Helvetius, Beccaria, Priestley, Mill, Stuart Mill y Bentham son los referentes históricos del Utilitarismo, y su principio se resume como “buscar la máxima felicidad para el mayor número de personas”
J.S. Mill afirma que la búsqueda de la felicidad no es un objetivo meramente individual sino social. Una contribución importante lo constituye su planteamiento sobre las dos manifestaciones del utilitarismo: el del acto y el de la norma. El del acto, enfatiza que, cada vez que se actúa, ha de recurrirse al juicio personal para producir el mayor excedente de felicidad; mientras que, el de la norma, insiste que el juicio ha de recaer sobre las reglas y no en las situaciones específicas.
Esta última es la que nos interesa hoy, pues permite ser considerada guía en las políticas públicas, en particular, si las mismas, tomando en cuenta las transformaciones y ampliaciones del concepto del desarrollo, consideran que el objetivo de las mismas sea lograr la felicidad de los individuos de una sociedad.
Vale entonces recordar que el utilitarismo ha recibido a lo largo de la historia distintas críticas, siendo la más conocida la de Kant, que lo enfrentó con su imperativo moral, que destaca que la persona siempre debe ser el fin de la acción y no el medio.
Más recientemente, Rawls destaca que los principios del utilitarismo condenan a los menos favorecidos socialmente al sacrificio social, permaneciendo sin derecho al reclamo, por lo que en su Teoría de Justicia, los desaprueba totalmente y propone el principio de diferencia o maximin (que permite maximizar la posición social de los menos aventajados sin arriesgar los privilegios de los afortunados, favoreciendo la cooperación social).
La evolución de los indicadores de desarrollo y la profusión de indicadores que pretenden medir percepciones de los individuos sobre su calidad de vida, nivel de bienestar y felicidad, anuncian que estos conceptos subjetivos serán considerados como objetivos/metas para las políticas públicas de los países y del mundo en su conjunto. Esto no es mera especulación
En el 2008 el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, solicitó a una Comisión conformada por Stiglitz, Sen y Fitoussi, la medición del desarrollo económico y el progreso con indicadores más pertinentes para mostrar los resultados que en el bienestar de la población tenían las políticas públicas que se adelantaban. El Primer Ministro inglés, David Cameron solicitó en noviembre del 2010 a la Oficina Nacional de Estadísticas consultar sobre la felicidad de los británicos para realizar ajustes en sus políticas públicas. Estas iniciativas suman concreción en políticas públicas a los avances conceptuales de indicadores de evaluaciones subjetivas de bienestar y felicidad.
Resulta paradójico que sea justamente a partir del desiderátum utilitarista de la máxima felicidad que los nuevos conceptos, que emergen de las críticas a las distribuciones desiguales y con énfasis en los aspectos crematísticos de políticas de basamentos racionalistas, se abran camino para guiar las políticas públicas. Sobre todo, porque el Utilitarismo ha sido emparentado con el liberalismo y el egoísmo individual, elementos criticados a los esquema de desarrollo y consensos políticos acordados en el siglo XX.

Finalmente y a modo de síntesis:
Todo indica que hemos pasado de los planes para el progreso a la búsqueda de la felicidad.
No me cabe duda que todos queremos vivir bien, queremos ser felices. ¿Pero qué significa esto? ¿Tendrá la misma significación para todos? ¿Cómo se refleja en el individuo, la familia, la comunidad, el país, el mundo? ¿Cómo hacer para que exista isomorfismo entre la sensación y los referentes empíricos de vivir bien en el hogar con la sensación y referentes nacionales o globales o en distintos momentos en el tiempo? ¿Cómo lograr que exista un articulado en acciones concretas, medibles, comparables? ¿Tiene la felicidad que incrementarse o tan sólo debe reconocerse?
En un entorno marcado por la incertidumbre, por la plasticidad de sus límites, por la variabilidad de sus dinámicas, por la multiplicidad de los intereses; las probabilidades de éxito se logran por la capacidad de los objetivos de sumar voluntades y la flexibilidad de los medios utilizados para su alcance.
Todo hace prever que la multiplicación de la felicidad será meta de política pública en este siglo y en tanto que ésta es el objeto de la virtud desde la perspectiva utilitarista, se hace necesario revisar con cuidado los soportes teóricos que refieran estas políticas, así como afinar los esquemas para que no sólo se puedan realizar, sino además asegurarnos que los efectos de estas acciones no generen nuevas fallas distributivas o asimetrías, y que los valores de justicia y libertad se ubiquen en guías iniciales junto con la satisfacción de las necesidades materiales.











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