Nelly Arenas: LA VENEZUELA RENTISTA Y SU IMAGINARIO POLÍTICO



Título original
La Venezuela rentista: imaginario político y populismo
Introducción
El texto que sigue intenta mostrar algunas de las claves del imaginario social y político fraguado en Venezuela  a propósito de su condición petrolera rentista,  partiendo de los análisis que sobre el particular han elaborado diversos autores desde perspectivas distintas. Iniciando con la matriz originaria que, desde el mundo de los intelectuales y los políticos se armó en la primera mitad del siglo XX, hasta arribar a las más recientes representaciones encarnadas en el liderazgo “bolivariano”, el trabajo traza en rápida línea los hitos imaginarios fundamentales ligados a la cuestión petrolera venezolana. En atención al  vínculo que esa condición rentista contrajo con el imaginario político, el texto se detiene en algunos códigos del discurso populista, útiles para aproximarnos mejor a dicho vínculo.
La matriz del imaginario: simplificación y encubrimiento
Si está claro que la sociedad venezolana  a lo largo de casi todo el siglo XX y lo que va del XXI, ha sido moldeada por la renta petrolera, ha estado menos a la vista la especificidad de ese moldeo en el territorio de su imaginario social y político. Sabemos muy poco en efecto de la matriz cognitiva que se armó para dar cuenta de nuestra condición petrolera. Esta ignorancia no significa empero que esa plataforma ideológica no fuera eficaz para contribuir al ensamblaje de un conjunto de representaciones sociales a partir del cual el venezolano afrontó, y sigue afrontando, la realidad de país petrolero que le ha tocado vivir. Sí, como sabemos, el imaginario refiere a creencias colectivas compartidas por los miembros de una comunidad las cuales, como ha indicado Cornelius Castoriadis son muy efectivas  en tanto que producen consecuencias en todos los ámbitos de nuestra vida, entonces tendríamos que estar de acuerdo en que, en materia petrolera, ese conjunto de significaciones subjetivas, ha sido responsable de producir decisiones las cuales, ineluctablemente han afectado el curso de nuestra realidad.
Esa matriz cognitiva tuvo como epicentros fundamentales la producción intelectual y política de las primeras cuatro décadas del siglo XX, las cuales se alimentaron mutuamente reproduciendo una visión sobre el asunto petrolero dominada por la simplificación y la victimización. Entre aquellas dos esferas es posible registrar una continuidad  narrativa signada por un reduccionismo que despojó la realidad de su complejidad histórica. Esta simplificación puede apreciarse tanto durante la dictadura de Gómez como después de su muerte, cuando el país comenzó a despertar a la democracia. De este modo, en el manifiesto de la sección venezolana de la Liga antiimperialista de las Américas, publicado en 1926, puede leerse: “Venezuela, pobre sangrando, provee diariamente con millones de dólares las orgías de los petroleros anglo-americanos. Con los pozos de petróleo, el tirano ha entregado la vida misma de la nación y en los obscuros chorros se confunden la sangre de las víctimas y las lágrimas de sus familiares” (en Dávila 1996: 168). Y, más tarde, Rómulo Betancourt en su texto Una República en venta, contenido en su obra fundamental, Venezuela, política y petróleo, dirá que “Venezuela no sólo era tiranía, terror y sangre. Era fundamentalmente petróleo, mucho petróleo. Y hacia Venezuela volcaron sus capitales y sus apetencias codiciosamente,  los hombres de Wall Street”. Estos capitales estarían personificados  en las compañías petroleras a las que Betancourt calificará como “caravana de los subastadores del subsuelo venezolano” (Betancourt, 1969).  No obstante, como en los últimos años han demostrado algunos estudiosos,   durante la dictadura de Gómez,  si bien se produjo un gran número de concesiones, el avance en la legislación a favor de condiciones cada vez más favorables para el país desmienten la  figura de la República vendida construida a la medida del interés ideológico de Betancourt.
Esta simplificación de la realidad petrolera condujo a la demonización de lo extranjero y corresponde a la literatura mostrar los mejores ejemplos. Así, en la novela Elvia, de Daniel Rojas en alusión a la venta de un lago de asfalto por parte de un venezolano a un estadounidense, alguien desea al vendedor buena suerte con estas palabras:“… Ojalá amigo mío salga bien porque con los yanquis ni al cielo. Debemos procurar no hacer nada con gente tan peligrosa, ponerle moralmente una especie de murallas chinescas que nos eviten en lo posible su estrangulante contacto…” (Arenas, 1999:32).
Este discurso se proyectó en el tiempo produciendo en el imaginario colectivo una animadversión contra las compañías y contra sus países de origen encubriendo el verdadero problema del país: su incapacidad para hacer frente a las tareas que demandaba la actividad petrolera. “La técnica del extranjero fue brujería inexplicable e inimitable. Un tabú (…)” es una frase de Ramón Díaz Sánchez en Mene, la novela petrolera por excelencia, que recoge bien la ignorancia del nativo frente al “nuevo conquistador” como denominó Díaz Sánchez a los personeros de las compañías. Esta frustración, no asumida por el Estado ni por el liderazgo político, hará imposible, tal como sostiene María Sol Pérez Shael, el desarrollo de procesos de legitimación dirigidos a solventar este déficit. De manera que la cuestión principal, el control de la industria petrolera, se desvió hacia la fácil sustitución simbólica: “no es que no podamos o no sepamos es que estamos dominados” (Pérez Shael, 1993:112).  Eludida entonces la cuestión fundamental, el discurso político se enfiló hacia la liberación nacional. He allí una de las vertientes fundamentales de nuestra identidad política, como ha mostrado Luis Ricardo Dávila.


“Ethos rentista” y populismo
Las organizaciones políticas que emergieron a partir de 1936, una vez desaparecida la dictadura, se constituirán en los mejores portadores y difusores de este discurso. La renta jugará un importantísimo rol en la definición programática de las mismas legitimando la necesidad de extraerla bajo la idea de que aquella se destinaría al disfrute popular. Pero, para que ello fuera posible era necesaria la instauración de la democracia, único sistema capaz de reconquistar el subsuelo venezolano del que nos habían despojado los consorcios extranjeros. Este argumento guiará el discurso de Rómulo Betancourt y de su partido Acción Democrática cuyas metas centrales serán la libertad democrática y la lucha contra el imperialismo.
Conquistada la democracia, bajo el gobierno del Trienio 1945-1948, se producirá la consolidación de lo que Diego Bautista Urbaneja (1999) ha denominado el “ethos rentista”.  Con ello se  nombra un  estado mental colectivo que deviene de la seguridad que tiene el venezolano de saber que el Estado percibe ingentes ingresos en virtud de la propiedad que ejerce sobre  el petróleo, teniendo en consecuencia la obligación  de distribuir lo que le es proporcionado por el “cuerpo natural” de la nación, para decirlo con la metáfora de Fernando Coronil (2002). Así las cosas, es posible hablar de un “derecho primordial” petrolero, como ha sostenido Urbaneja, el cual funciona implícitamente pues no se encuentra consagrado en la Constitución del que se desprenden todos los demás. Habiéndose impuesto la idea del petróleo sólo en su dimensión rentista, el desenlace natural era la cristalización de una relación política entre el Estado y la sociedad necesariamente populista sellada por la acción de distribuir más que de producir.
Como ha indicado Francisco Panizza (2009: 14), “el populismo es un modo de identificación a disposición de cualquier actor político que opere en un campo discursivo en el cual la noción de soberanía del pueblo y su corolario inevitable, el conflicto entre los poderosos y los débiles, constituyen elementos centrales de su imaginario político”. De modo que, en muy buena medida, el lenguaje político democrático venezolano a lo largo de su existencia ha respondido a este código general del populismo pero reforzado  particularmente por nuestra condición petrolera rentista. Esa fue la experiencia del Trienio en la que el discurso político delimitó claramente un “nosotros”, vale decir el pueblo oprimido y despojado de su precioso mineral representado en su partido Acción Democrática, y su opuesto, un “ellos”, integrado por los herederos de la oligarquía gomecista y los consorcios petroleros extranjeros.
Esta pareja de opuestos ha recibido su principal nutriente de un sentimiento de libertad inconclusa que recorre nuestra historia desde la gesta de independencia; es el ideal liberador el que la ha impulsado. Como ha señalado Ana Teresa Torres (2009), Venezuela no alcanzó su libertad plena porque Bolivar no pudo conducirla a su emancipación definitiva de modo que la lucha conducida por el Libertador contra el imperio español deja de ser un hecho histórico para convertirse en una perpetua condición de la patria venezolana. Esta asignatura pendiente reaparecerá una y otra vez en la retórica política para reclamar la presencia nefasta de cualquier equivalente imaginario del colonizador español. Las compañías petroleras vinieron a cumplir esta función y la nacionalización, en vez de asumirse como un acto devenido de la madurez de la nación para manejar la industria petrolera directamente,  se planteó como  la expresión más alta, después de  la independencia, de la saga libertaria inaugurada en 1810. Así sería considerada por su ejecutor, el presidente Carlos Andrés Pérez, cumpliéndose con ello una característica de los populismos, aquella a partir de la cual estos desean reactivar al pueblo más por su esencia que por sus iniciativas y potenciales verdaderos. Y las esencialidades, ya sabemos, portan  una gran  carga mitológica que pertenece más a la dimensión ficcional que a la  real.
Siembra petrolera y nacionalización
Pero el imaginario petrolero no se acaba allí. Uno de sus hitos más importantes por la proyección que ha tenido es el de la siembra del petróleo. Como se sabe, Arturo Uslar Pietri escribió en 1936 su célebre editorial alentando al país a dirigir los recursos que le ingresaban a cuenta de sus exportaciones petroleras hacia lo que el escritor concebía como  la economía realmente productiva: industria y agricultura. Desde entonces, la sociedad venezolana no ha dejado de lamentarse por no haber acometido esta tarea desperdiciando la riqueza  con la cual la naturaleza le obsequió. El mismo Uslar, años después de haber hecho el llamado, renegará de un liderazgo incapaz de haber obrado conforme a ese desideratum. Juán Pablo Pérez Alfonzo, quien terminará calificando al petróleo como “excremento del diablo”, también se quejará amargamente de que no se hubiese cumplido la siembra: “(…) el dinero ofusca al extremo de hacernos impermeables a toda la dolorosa y larga experiencia en afanoso pero inútil empeño en una supuesta pero imposible siembra del petróleo” (Pérez Alfonso, 1976:210). Juicios como estos desdeñaban el proceso de modernización  adelantado por Venezuela a partir del cual el país superaba la precaria situación social que lo emparentaba con los países más atrasados del continente, como ha señalado Asdrúbal Baptista (1984) en uno de sus trabajos.  Desestimaban, por ejemplo, que en los años 20 la esperanza de vida del venezolano oscilaba entre los 31 y 34 años y en 1980 esta ascendiera a 73 años en las mujeres y a 68 en los hombres. Un imaginario con esta impronta desconocerá en fin, que la modernización adelantada por Venezuela en las décadas posteriores a la dictadura más prolongada que el país haya conocido – la de Juan Vicente Gómez- fue fruto de la voluntad política del liderazgo de invertir socialmente los proventos que generaba el negro mineral.
No obstante, la frase sigue invocando una realidad que se supone permanentemente insuficiente en el tiempo, como señala Pérez Shael quien se interroga sobre la cualidad de aquella admonición Uslariana para mantener su eficacia simbólica por tan largo tiempo.
En paralelo al reclamo de la siembra y las frustraciones que esta imposibilidad fue acumulando en el imaginario colectivo, fue asentándose  la idea de que era necesario nacionalizar la actividad petrolera para que el país alcanzara su soberanía y pleno desarrollo. Se pensaba entonces  que la siembra  sería posible si se nacionalizaba.  Carlos Andrés Pérez diría en los días previos al evento  nacionalizador que “hasta este momento,  Venezuela ha sido un país de rentistas que ha vivido de las divisas extranjeras, mientras que ahora debemos pasar a productores y afianzar una economía propia” (en Rodriguez Gallad, 1977: 245). Con la nacionalización los venezolanos nos convertíamos definitivamente en únicos responsables de nuestro propio destino según palabras de  Celestino Armas dirigente acciondemocratista (Ibidem: 376). Y ese destino se suponía libre de las miserias que agobiaban al pueblo antes del magno acto. Alí Primera, el cantor del pueblo como se le ha llamado, recogía mejor que nadie esas expectativas populares en las estrofas de una de sus canciones más escuchadas a finales de los 70:
Ahora que el petróleo es nuestro/no quiero ver pordioseros/enfermos sin hospitales y muchachos sin liceo.


Contra el imaginario: la Apertura Petrolera
Pero la nacionalización no fue un acto taumatúrgico y, por el contrario, la obstinada realidad de la desigualdad, de la dependencia de las importaciones, de la corrupción, siguió mostrando su dura faz en la cotidianidad del venezolano. La conquista de una sociedad más justa que algunos anunciaron se esfumó tempranamente. Y el imaginario redentor volvió a tomar oxígeno esta vez de la acción aperturista que a inicios de los 90, la cúpula gerencial de PDVSA presentó al país con el fin de desmontar la ideología rentista la cual, como señalara Bernard Mommer (1994), había terminado por considerar a la renta como una categoría superior a la ganancia capitalista. Se trataba de darle cauce a una visión productivista del hidrocarburo a fin de disolver el vínculo rentista entre el petróleo y la sociedad,  vínculo responsable de que la actividad económica adquiriera un carácter distributivo íntegramente. Pero para ello se hacía indispensable la presencia del capital transnacional. De modo que se trataba de enrumbar la actividad petrolera por caminos que contrariaban el espíritu de la nacionalización tal como esta había sido asimilada en el imaginario social.
El sentimiento anti-apertura fue ganando terreno cada vez más en el país, particularmente en los dominios políticos e intelectuales vinculados a la izquierda. Un académico como Carlos Mendoza Potella (1996)  señalaría que “…” el flamígero heraldo del fin de la historia dictaminó que el sueño nacionalizador terminó (…). La Apertura Petrolera constituye el mayor y más lesivo proyecto desnacionalizador (…) Se trata de la revancha definitiva del poder petrolero, que ha visto llegada la hora de acabar de una vez por todas los sueños populistas y socialistoides que todavía obstaculizan la integración del país en el escenario mundial unipolar (…)” (www.soberania.org).
El imaginario petrolero en el socialismo del siglo XXI
Pero ese sueño no se acabó como pensaba Potella. Cabalgando sobre el agotamiento del sistema político inaugurado con el Pacto de Punto Fijo, el movimiento  militar autodenominado bolivariano, esbozaba un proyecto de país en el cual se incorporaban formas comunitarias, cooperativistas y hasta socialistas de producción. Punto central de tal proyecto era la reversión del proceso de apertura petrolera tal como queda claro en la Agenda Alternativa Bolivariana (en Garrido, 2002), uno de los documentos axiales del chavismo.
Este anhelo de los insurgentes será pocos años más tarde uno de los ejes de la campaña electoral de Hugo Chávez. En efecto, Chávez sería el único candidato que en el proceso eleccionario de 1998, se mostraría contrario a la Apertura, logrando recoger en una sola voz -la suya- las distintas opiniones dispersas contrarias a ese programa (Ruiz Méndez, 2010).
Y es que la Apertura fue percibida como una profanación del sagrado interés  nacional. Si el petróleo y la aspiración de su manejo directo por la nación había sido la fuente de donde había bebido uno de nuestros referentes identitarios; si el nacionalismo petrolero  constituía uno de los pilares más sólidos de nuestro imaginario político ¿cómo esperar que  la sociedad metabolizara un esquema como aquél, el cual apuntaba justamente a resquebrajar esos fundamentos? De este modo, la Apertura petrolera contribuyó significativamente a crear lo que pudiéramos llamar, siguiendo a Laclau (1987), una “superficie de inscripción”, en la que una nueva narrativa, la de la reivindicación del pueblo, colmó el vacío de oferta política que sobrevino, una vez colapsado el sistema surgido de Punto Fijo.
El combate populista
Pero  no era sólo el sentimiento nacionalista el que estaba siendo afectado por el esquema en cuestión. También en el imaginario había prendido y Chávez no había hecho sino recogerla y fortificarla, la idea según la cual  la corrupción que carcomía a los viejos partidos era la responsable de que los recursos obtenidos gracias a la venta del petróleo no fluyera hacia los venezolanos. La ecuación era sencilla: la renta pertenece al pueblo pero una elite corrupta se apodera de ella, despojando al resto de la sociedad. La Apertura agravaba ese mal porque si en el pasado la nacionalización se vio como una acción redentora del pueblo desposeído, ahora el producto de aquella –el control de nuestro principal recurso natural- se veía amenazado de perderse otra vez en manos de indeseables extranjeros. Esta díada -aperturistas apátridas y políticos corruptos- agitó todo el sentimiento nacionalista y removió las fibras patrióticas que templaban  nuestra identidad. De manera que el discurso populista radical volvió a instalarse, reproduciendo la lógica de lo que algunos estudiosos han llamado el “tercero incluido” (Martuccelli y Svampa, 1998), para aludir al enemigo, real o ficticio, que debe combatirse, sin el cual la relación líder pueblo no encuentra posibilidad de prosperar.
Otra vez la siembra: el mito del recomienzo nacional
“Nunca hubo una gota de petróleo para el pueblo de Venezuela, el petróleo se lo chupó la oligarquía criolla y sobre todo el imperio norteamericano (…)” ha insistido Chávez  suprimiendo así los logros sociales y políticos pretéritos. Este discurso de negación ha anulado todo el recorrido fabuloso que la sociedad venezolana, apalancada por sus elites dirigentes, hizo hacia su modernización a partir de su principal recurso. Esta esfumación del pasado desde la cual los gobiernos populistas prometen comenzar la historia desde ellos mismos desconociendo que, como alguna vez dijera Briceño Iragorri (1951), “la historia no conoce de cesuras porque su ley es la continuidad”, explica que el gobierno de Chávez se haya planteado otra vez, como una originalidad, la Siembra Petrolera. Acción ésta destinada a impulsar el “desarrollo pleno de la nación” tal como indica el Plan estratégico de PDVSA (Pérez, 2006). El imperativo uslariano nutriendo el mito del recomienzo nacional otra vez. 
La Renacionalización del petróleo: “la lucha por la independencia continúa”
Pero para poder sembrar el petróleo se hacía necesario volver a nacionalizarlo. De allí que los líderes del gobierno hablaran de “Renacionalización” y construyeran mediáticamente una gesta libertadora sobre la base de la creación de las empresas mixtas con las cuales se esperaba obtener pleno control sobre el negocio petrolero. El diseño de esta fórmula empresarial se mostró así como un triunfo nacionalista cuando en realidad no se hacía más que erigir una arquitectura jurídica capaz de regular las relaciones con los grandes consorcios petroleros, formalizando el esquema aperturista tan demonizado. El ministro Rafael Ramirez diría a propósito: “No hemos hecho otra cosa que arrebatar las mayores reservas petroleras del mundo de la boca del imperialismo”. De modo que un trámite como el que condujo al diseño mixto, fue convertido en continuación de la lucha independentista que en el imaginario revolucionario no se detiene obedeciendo a la “insuficiencia constitutiva” que rige nuestros orígenes. Insuficiencia por la cual la patria es como si no hubiese quedado consolidada, como si requiriese de la permanente reedición de los mitos que la componen como ha insistido Ana Teresa Torres.
Pese a esta necesidad incesante de consolidación de la libertad patria, Chávez ha intentado mostrarse como el líder que puede rematar la faena emancipadora que ni el propio Bolivar pudo culminar. Así, en un acto en la Academia Militar, el Presidente  clamó por una Fuerza Armada más grande en “moral, mística y convicción” a fin de “proteger” nuestro petróleo, atreviéndose a señalar que “(…) estamos haciendo realidad el sueño que Bolivar no pudo lograr, consolidar la plena independencia (…)” (www.canaldenoticais.com 26-102011). Con estas palabras, el líder se presenta no sólo como el heredero de la obra del Libertador tal como lo ha hecho de ordinario, sino como el héroe capaz de rebasarla intentando interrumpir así el mito de la incompleta libertad que  nos ha acompañado. Esta interrupción no obstante,  debemos suponerla provisional, insostenible, pues irrumpe contra la fuerza histórica que el mito ha poseído.
Atendiendo a esta lógica podemos decir para finalizar,  que la historia del petróleo en Venezuela ha corrido ansiosa persiguiendo sin pausa la soberanía y la libertad. La nacionalización detuvo esa carrera brindando una tregua pero sólo por un breve tiempo. Cualquier desliz a contracorriente del imaginario puede desatar la necesidad de emprender de nuevo el trote libertario. Y este trote solapa la realidad que exige ser encarada de frente y despejadamente en toda su complejidad.  Aunque esta mitología de la libertad puede rendir jugosos frutos político electorales, sustrae demasiadas energías a la tarea de construir  una economía productiva con sentido de permanencia, así como instituciones sólidas en el tiempo.
Una conclusión fundamental
Tal como señaláramos al principio, los imaginarios son efectivos porque crean realidad. En el caso de los imaginarios políticos esto es particularmente relevante porque a partir de ellos se toman decisiones y se diseñan políticas que afectan el orden social. En lo que en este trabajo nos ocupa, nuestra condición petrolera rentista en sus claves imaginarias, debemos concluir que buena parte de nuestra política petrolera del pasado y del presente, sigue fundándose de modo importante en las representaciones que, para bien o para mal, la sociedad venezolana y, en especial sus elites dirigentes, se hicieron del hecho petrolero. Allí reposan parte de los códigos que pueden permitirnos entender, por ejemplo, la persistencia histórica del populismo, del patrimonialismo, del autoritarismo; factores estos que han obstaculizado la creación de ciudadanía y de institucionalidad. De allí la necesidad de ampliar y profundizar en su estudio.
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